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Capítulo 3: El Precio de la Sonrisa

Tres minutos. Abajo el tiempo era una jaula de latón. Mateo ajustó su cronómetro de precisión con un giro seco de la corona. El tic-tac resonó contra sus huesos, un pulso artificial que medía su propia supervivencia. Estaba agazapado en un andamio de madera vieja, oculto tras una gárgola de cobre que escupía hollín. Bajo sus pies, la Plaza de los Ecos se extendía como un tablero de ajedrez frío y perfecto. El aire olía a aceite de ballena quemado y a ese ozono metálico que siempre precede a la Guardia, un aroma que se pegaba a la garganta, un sabor a cobre que no se iba ni con agua. Las tuberías de vapor siseaban a su espalda. El vapor caliente le acariciaba la nuca, recordándole que un solo movimiento en falso activaría los sensores de presión. Debía moverse al ritmo de la ciudad. Respirar cuando las válvulas se abrían. Contener el aliento cuando los pistones bajaban. Eran una manada de sombras acechando en las alturas del Reino. Lucía estaba en algún lugar al otro lado de la plaza, una chispa de fuego lista para estallar. Rafa vigilaba los callejones, su presencia era un ancla de acero en la mente de Mateo. Sentía el vínculo con ellos como un hilo tenso, una conexión que los reclamaba a todos. —Tres minutos para el relevo —susurró para nadie—. El tiempo es lo único que no pueden robarnos. Todavía. Su voz se perdió en el estruendo de los engranajes subterráneos. Miró hacia abajo, donde los ciudadanos caminaban con una elegancia vacía. Sus rostros eran máscaras de porcelana, pulidas por años de olvido institucional. No había prisa en sus pasos, solo una inercia dorada. Entonces la vio. Una florista, joven y de manos ásperas, se detuvo frente a un puesto de caléndulas. Sus dedos temblaron al rozar los pétalos. De entre las flores, extrajo un trozo de papel amarillento. Era una fotografía antigua, un objeto prohibido que irradiaba un calor prohibido. La mujer rompió en llanto. Fue un sonido desgarrador, una disonancia que cortó el aire como un cristal roto. El llanto no era solo tristeza; era un aullido de identidad recuperada. Los nervios de Mateo se tensaron al punto de romperse. Quiso bajar. Quiso gritarle que guardara esa imagen, que la escondiera en el fuego de su pecho antes de que los sensores la detectaran. Pero su cuerpo estaba anclado al andamio. Su misión era observar, no salvar. La rabia fría comenzó a hervir en su estómago, un fuego lento que alimentaba su resolución. —No cierres los ojos, Mateo —se ordenó en un susurro—. Mira lo que nos hacen. El zumbido empezó casi de inmediato. Era una frecuencia alta, un chirrido eléctrico que hacía vibrar sus dientes. La multitud se apartó con una precisión mecánica, dejando un círculo vacío alrededor de la mujer. La Guardia de la Corona emergió de las sombras de los arcos. Vestían armaduras de plata bruñida que reflejaban la luz gris del cielo. En el centro del grupo, un oficial sostenía el extractor de reflejos, un cilindro de cristal y metal, coronado por una lente que parecía un ojo hambriento. El brillo del extractor era tan intenso que le quemó la retina. Tuvo que mirar a través de una lente ahumada para no quedar ciego. —Disonancia detectada en el Sector 4 —dijo el capitán con una voz gélida—. Procedan con la purificación estándar. La florista no intentó huir. Se quedó allí, abrazando la fotografía contra su corazón como si fuera el último trozo de tierra firme en un océano de olvido. Los guardias la rodearon, sus movimientos eran los de una jauría bien entrenada. No había odio en ellos, solo una eficiencia aterradora. El oficial activó el mecanismo. El aire alrededor de la mujer comenzó a ondular, distorsionándose como el calor sobre el asfalto. El olor a ozono se volvió insoportable, asfixiante. Un destello de luz azul brotó del extractor, un rayo líquido que conectó la frente de la mujer con el cilindro de plata. Ella abrió la boca en un grito mudo, su cuerpo arqueándose hacia atrás. Mateo vio cómo su humanidad era succionada, convertida en un fragmento facetado que brillaba con la intensidad de una estrella moribunda. Era un cristal de memoria, una pieza de su alma arrancada para alimentar la paz del Reino. El proceso fue rápido, una cirugía del espíritu que no dejó cicatrices visibles, solo un vacío infinito. Cuando la luz se apagó, la mujer se desplomó. El oficial recogió el cristal con un guante de seda y lo depositó en un contenedor blindado. El contenedor tenía un sello que a Mateo le resultaba familiar, una marca que despertó un eco en su memoria borrada. La florista se levantó lentamente. Sus ojos, antes llenos de un dolor vibrante, ahora estaban apagados. Eran dos pozos de agua estancada. Se arregló el delantal con un gesto distraído y miró las flores. —Gracias por la claridad —dijo ella, con una voz carente de alma. Su risa fue lo peor. Era una risa vacía, sintética, el sonido de alguien que ha olvidado que alguna vez tuvo una razón para llorar. Los guardias se retiraron, escoltando el contenedor hacia un carruaje blindado que esperaba en la esquina. El oficial se detuvo un segundo para ajustar su guante. En su dedo anular, un anillo de oro brilló bajo la luz mortecina. El sello del anillo era una espiral entrelazada con una llave. El corazón de Mateo amenazó con salírsele por la garganta. Era el mismo sello que aparecía en el único boceto que conservaba de su pasado. El carruaje se puso en marcha. Sus ruedas de hierro golpeaban los adoquines con un ritmo fúnebre. No podía perderlos. Saltó del andamio hacia el tejado vecino, sus botas de cuero encontrando agarre en las tejas húmedas. El viento frío golpeó su rostro, pero no lo sintió. Solo sentía la necesidad de seguir ese rastro, de trazar la ruta hacia el Banco de Reflejos. Corrió por las alturas, saltando entre chimeneas que escupían humo blanco. Un foco de vigilancia barrió el tejado, una lengua de luz blanca que buscaba intrusos. Se lanzó al vacío, un salto arriesgado que terminó en un rodamiento perfecto sobre una plataforma de carga. Siguió al carruaje desde las sombras de los callejones superiores. Memorizó cada giro, cada puesto de guardia, cada sensor de movimiento. El transporte se dirigía hacia la Gran Bóveda, el corazón de la arquitectura del olvido. Ese contenedor llevaba lo que ella era. Mateo haría que lo devolvieran. Sentía el peso de su propia amnesia como una cadena que lo unía a esa mujer, a Lucía, a todos los que caminaban vacíos por las calles. Eran una manada rota, pero estaban empezando a recordar cómo aullar. El regreso al taller fue un borrón de esfuerzo y adrenalina. El sabor a cobre en su garganta se volvió más intenso con cada zancada. Cuando finalmente alcanzó la trampilla oculta tras el callejón de los Relojeros, sus pulmones ardían. Bajó por la escalera de caracol, el metal frío bajo sus dedos le devolvió a la realidad. El taller de Paco era un refugio de sombras y tic-tacs asincrónicos. Cientos de relojes marcaban tiempos diferentes, una cacofonía que para Mateo era la única música verdadera. Se quitó la máscara de cuero y la arrojó sobre la mesa de trabajo. Sus manos temblaban tanto que no podía sostener las pinzas de relojero. El horror de la plaza se repetía en su mente como un engranaje atascado. La luz azul. El cristal. El oficial del anillo. Buscó el calor de la estufa de hierro que Paco siempre mantenía encendida. El fuego crepitaba suavemente, ofreciendo un consuelo que el mundo exterior le negaba. Se sentó en su taburete gastado y cerró los ojos, tratando de calmar el pájaro enjaulado dentro de su pecho. —Has vuelto tarde, Mateo —dijo Paco desde la penumbra. Su voz era ronca, cargada de años de tabaco y remordimientos. Apareció entre las estanterías llenas de piezas de repuesto, sosteniendo una tetera de porcelana desconchada. El aroma a té de canela inundó el espacio, mezclándose con el olor a aceite de limón que usaban para limpiar las herramientas. Paco le sirvió una taza sin preguntar. El calor del líquido atravesó la cerámica, calentando sus dedos entumecidos. —He visto una limpieza, Paco —respondió Mateo, su voz apenas un susurro—. En la Plaza de los Ecos. Una florista. Paco suspiró y se sentó frente a él. Sus ojos cansados buscaron los de Mateo, buscando la grieta en su armadura técnica. Él sabía lo que se sentía al presenciar el robo de un alma. Él mismo había ayudado a construir las bóvedas donde guardaban esos tesoros robados. —Es el precio de la sonrisa, muchacho —dijo él, con amargura—. La paz requiere que nadie recuerde por qué odia. O por qué ama. —No es paz, es un cementerio de gente viva —replicó Mateo, sintiendo cómo la rabia volvía a encenderse—. El oficial que dirigía la unidad. Llevaba un anillo. Tenía el sello de mi boceto, Paco. El de la espiral y la llave. El viejo relojero se quedó rígido. La taza de té se detuvo a medio camino de sus labios. El silencio en el taller se volvió denso, solo roto por el latido irregular de un reloj de pared que necesitaba ajuste. Paco dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco. Su mirada se afiló, perdiendo esa neblina de cinismo que solía protegerlo. —¿Estás seguro de lo que viste? —preguntó, su tono era ahora de una seriedad mortal. —Tan seguro como que este reloj está adelantado dos segundos —dijo Mateo, señalando el cronómetro sobre la mesa—. Era él. O alguien vinculado a él. Ese hombre tiene mis recuerdos, Paco. Tiene el fragmento que me falta. Se levantó y caminó hacia su rincón de trabajo. Sacó el croquis que había dibujado durante la observación. Sus trazos eran rápidos, nerviosos, pero precisos. Allí estaba el carruaje, el extractor y, en un detalle ampliado, el anillo del oficial. Paco se acercó y estudió el dibujo bajo la luz de la lámpara de aceite. Sus dedos ásperos rozaron el papel con una mezcla de temor y reverencia. —Ese sello pertenece a la Casa de Zúñiga —murmuró Paco—. Los guardianes personales de Doña Beatriz. Si ellos están involucrados directamente en las limpiezas de calle, es que algo está cambiando. La corona está nerviosa, Mateo. —Que lo estén —dijo Mateo, cerrando los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos—. Porque voy a entrar ahí. Voy a recuperar lo que es mío y lo que le quitaron a esa mujer. —No puedes hacerlo solo, quillo —una voz nueva resonó desde la entrada del taller. Era Rafa. Había entrado sin hacer ruido, su figura imponente llenando el marco de la puerta. Su acento andaluz traía consigo un aire de realidad brutal. Lucía venía tras él, sus ojos brillando con esa chispa de fuego que siempre atraía a Mateo. Dieguito cerró la marcha, moviéndose con la agilidad de un gato callejero. La manada estaba completa. El vínculo entre ellos vibró, una cuerda invisible que los reclamaba para la batalla que se avecinaba. —Mateo tiene razón —dijo Lucía, acercándose a la mesa—. No es solo por sus recuerdos. Mi hermana está en ese banco. Cientos de personas están allí, atrapadas en cristales de luz azul. No podemos seguir mirando desde los andamios. —El plan sigue en pie, ¿no? —preguntó Dieguito, mirando a Mateo con una mezcla de esperanza y miedo—. Usted dirá, patrón. Yo ya tengo las rutas de los conductos de ventilación. Mateo miró a cada uno de ellos. Lucía, con su determinación inquebrantable. Rafa, con su fuerza leal. Dieguito, con su ingenio desesperado. Y Paco, el mentor que buscaba redención entre engranajes oxidados. Eran un grupo de piezas sueltas intentando formar un mecanismo nuevo. Un mecanismo que detendría el reloj del Reino. El calor de la estufa ya no era suficiente; necesitaba el calor de aquella unión, el fuego de una causa compartida. —Entraremos el próximo ciclo de limpieza —dijo Mateo, su voz ganando una firmeza que no sabía que poseía—. Usaremos los planos de Paco y las rutas de Dieguito. Rafa se encargará de la distracción en los muelles de carga. Lucía y yo iremos a las bóvedas centrales. —¿Y si nos pillan? —preguntó Rafa, cruzando los brazos sobre su pecho—. Esos guardias no juegan, quillo. Tienen extractores portátiles ahora. —Si nos pillan, no olvidaremos quiénes somos —respondió Lucía, tomando la mano de Mateo. Su tacto era cálido, una promesa de lealtad que le quemó la piel—. Lucharemos hasta que el último cristal se rompa. Paco los miró a todos, su rostro era una máscara de tristeza y orgullo. Sabía que los estaba enviando a la boca del lobo, pero también sabía que no había otra opción. El Reino de la Perfección se estaba desmoronando desde adentro, y ellos eran las grietas que lo harían colapsar. Se acercó a un armario cerrado con llave y sacó un pequeño frasco de aceite de limón y un paño de seda. —Limpiad vuestras herramientas —dijo, su voz volviendo a ser la del maestro relojero—. Un mecanismo sucio falla en el momento más crítico. El tiempo no perdona los descuidos. Pasaron las siguientes horas en un silencio laborioso. El ritual de mantenimiento les devolvió una sensación de control. Mateo desmontó su cronómetro, limpiando cada engranaje con una precisión obsesiva. Sentía el peso de la responsabilidad sobre sus hombros, una carga que compartía con los demás. No era solo su identidad lo que estaba en juego; era la verdad de todo un pueblo. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de la florista y su risa vacía. Ese era el destino que les esperaba a todos si fallaban. Lucía se sentó a su lado, ayudándole a pulir las lentes de la máscara de observación. Sus dedos rozaron los de Mateo con frecuencia, un contacto que lo anclaba al presente. Había una tensión eléctrica entre ellos, una atracción que nacía del peligro y de la soledad compartida. Ella era el fuego que necesitaba para fundir las cadenas de su pasado. —¿En qué piensas, Mateo? —preguntó ella, hablando bajo para que los demás no escucharan. —En el anillo —confesó él—. En por qué ese oficial tiene la marca de mi familia. O de quien fuera que me cuidaba antes de la Extracción. Siento que estoy a punto de abrir una puerta que no podré volver a cerrar. —A veces hay que derribar la puerta para ver la luz —dijo ella, apretando su mano—. No estarás solo cuando lo hagas. Estamos juntos en esto. Somos una manada, ¿recuerdas? Mateo asintió, sintiendo cómo el nudo en su estómago se aflojaba un poco. El apoyo de los demás era su mayor fortaleza. Ya no era el aprendiz solitario que se escondía tras los relojes de Paco. Era parte de algo más grande, algo que reclamaba justicia en un mundo de mentiras pulidas. La noche avanzaba, y con ella, la hora de la incursión se acercaba. Prepararon las mochilas con cuerdas, ganzúas y los planos detallados. Dieguito revisó sus mapas una última vez, murmurando para sí mismo sobre presiones de vapor y horarios de patrulla. Rafa afiló su daga de acero, el sonido del metal contra la piedra era un recordatorio constante de la violencia que podían encontrar. Valentina llegaría al amanecer con la información final sobre los códigos de acceso de la corte. Todo estaba dispuesto. Mateo se acercó a la ventana alta del taller, la única que daba a nivel de calle. Fuera, la niebla envolvía la ciudad, ocultando las imperfecciones que la Guardia no había podido borrar. El Reino dormía en su paz artificial, ignorando que un grupo de sombras estaba a punto de despertar sus peores pesadillas. Tocó el boceto en su bolsillo, el papel áspero contra sus dedos. El sello de la espiral y la llave parecía brillar con una luz propia en la oscuridad. —Mañana —susurró. —Mañana —repitió Lucía a su espalda. El tic-tac del taller pareció sincronizarse por un instante. Todos los relojes marcaron el segundo exacto al unísono, un latido potente que resonó en las paredes de piedra. Era una señal. El tiempo de la espera había terminado. El tiempo de la acción estaba por comenzar. Mateo se acostó en su jergón, pero el sueño no llegó. Solo vio el anillo de oro y la luz azul del extractor, una danza de sombras que prometía revelaciones y peligros a partes iguales. Al amanecer, el aire en el taller era denso y frío. Valentina entró envuelta en una capa de seda oscura, su rostro era una máscara de elegancia melancólica. No traía buenas noticias. Sus ojos porteños reflejaban una preocupación que intentaba ocultar tras su léxico elevado. Se acercó a la mesa central, donde el mapa del Banco de Reflejos estaba extendido. —Che, la seguridad se ha duplicado —dijo Valentina, dejando caer un sobre sellado—. Doña Beatriz ha ordenado un cierre total de la Bóveda de los Siglos. Dicen que hay un 'contaminante' suelto en la ciudad. —Ese contaminante somos nosotros —dijo Rafa, con una sonrisa sombría. —O lo que representamos —añadió Mateo—. La memoria es el virus que quieren erradicar. Valentina lo miró fijamente. Sacó un pequeño objeto del sobre y lo puso sobre el mapa. Era un pase de acceso de la Guardia de la Corona, manchado con una gota de sangre seca. El sello en el pase era idéntico al del boceto de Mateo y al del anillo del oficial. El corazón le dio un vuelco. —Este pase pertenecía a un oficial que 'desapareció' anoche —explicó Valentina—. Lo encontré en los jardines traseros del palacio. Mateo, el hombre que viste en la plaza. No es un guardia cualquiera. Es el Capitán de la Guardia de Reflejos. Y tiene órdenes directas de Doña Beatriz para encontrarte. El silencio que siguió fue absoluto. La revelación cayó sobre ellos como un mazo de hierro. No solo iban a robar el banco; estaban siendo cazados por el hombre que custodiaba el pasado de Mateo. La columna se le convirtió en acero. Ya no era solo una misión de infiltración. Era un enfrentamiento inevitable. Miró a sus compañeros y vio en sus ojos la misma determinación que ardía en los suyos. —Entonces no le haremos esperar —dijo Mateo, guardando el pase en su delantal de cuero—. Es hora de reclamar lo que nos pertenece. Salieron del taller uno a uno, fundiéndose con la niebla matutina. El camino hacia el Banco de Reflejos estaba lleno de peligros, pero Mateo ya no tenía miedo. El pájaro en su pecho había dejado de temblar; ahora, extendía sus alas de hierro. Mientras caminaban hacia el corazón de la ciudad, una pregunta seguía martilleando en su mente, una duda que solo la verdad podría resolver. ¿Por qué el Capitán de la Guardia llevaba el sello de su familia, y por qué Doña Beatriz estaba tan desesperada por mantenerlo en el olvido? La respuesta estaba tras los muros de cristal del Banco, y Mateo estaba dispuesto a romperlos todos para encontrarla. El precio de la sonrisa era demasiado alto, y hoy, el Reino empezaría a pagar sus deudas. Al llegar a la base de la Gran Bóveda, se detuvieron bajo la sombra de un arco de mármol. El edificio se alzaba ante ellos como un monolito de perfección, sus paredes de piedra blanca brillando con una luz irreal. Los guardias patrullaban las entradas con extractores listos. Mateo miró a Lucía, que asintió con una firmeza que le dio fuerzas. Rafa y Dieguito se separaron hacia los flancos, listos para ejecutar su parte del plan. —Nos vemos dentro —susurró Lucía, desapareciendo entre las sombras de un conducto de vapor. Mateo se quedó solo frente a la entrada principal, el pase de acceso quemándole el bolsillo. Respiró hondo, llenando sus pulmones con el aire frío y metálico de la mañana. El tic-tac de su cronómetro era lo único que lo mantenía cuerdo. Dio el primer paso hacia la luz, hacia el oficial que lo esperaba en la puerta. El hombre se giró, y por un segundo, sus miradas se cruzaron. En los ojos del oficial vio un destello de reconocimiento, una chispa de algo que no era olvido. —Identifíquese —dijo el oficial, su mano bajando hacia el extractor de su cinturón. Mateo sacó el pase y se lo entregó. El oficial lo estudió durante un segundo que pareció una eternidad. Luego, levantó la vista y lo miró con una expresión indescifrable. Su mano derecha, adornada con el anillo de la espiral y la llave, tembló imperceptiblemente. —Pase, ciudadano —dijo con una voz que sonaba a cristal roto—. Le estábamos esperando. Mateo cruzó el umbral del Banco de Reflejos, sintiendo cómo la puerta de hierro se cerraba tras él con un estruendo definitivo. El aire dentro del edificio era gélido y olía a ozono puro. Estaba en el vientre de la bestia, rodeado de millones de recuerdos robados. Pero mientras caminaba por los pasillos de cristal, una sensación de frío absoluto le recorrió la espalda. El oficial no le había pedido su nombre. Sabía exactamente quién era, y lo que era más aterrador, parecía que lo estaba dejando entrar a propósito. ¿Era una trampa o el inicio de una revelación que cambiaría todo lo que creía saber sobre su propia existencia?

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