Capítulo 8: El recibo de la carne
Lucía no recordaba con exactitud el momento en que sus pies dejaron de tocar el suelo alfombrado de la zona VIP para hundirse en la humedad del hormigón del subsuelo. Aquí los recuerdos de los últimos diez minutos se presentaban como fragmentos de un espejo roto, bordes afilados que cortaban la continuidad de su percepción. Sabía que había evitado a dos patrullas de seguridad en el nivel tres. Lentamente sabía que su pulsera biométrica le enviaba pulsos de advertencia, pequeñas descargas que le recordaban que su ritmo cardíaco estaba entrando en la zona roja de los parámetros corporativos. El pasillo de mantenimiento se extendía ante ella como una garganta de piedra y cables, un túnel que devoraba la luz de las lámparas de emergencia. Ahora el olor a ozono y grasa vieja estancada en el aire sin ventilar se le pegó a la garganta. Era un aroma denso, casi sólido, que recordaba a las tripas de una bestia mecánica que no había sido limpiada en décadas. Finalmente lucía se detuvo junto a una tubería que vibraba con un gemido sordo. El zumbido constante de los servidores le vibraba en los dientes, una frecuencia baja que parecía querer descalzarle las muelas. De repente se obligó a respirar despacio, contando los latidos que golpeaban contra sus sienes. El aire aquí abajo era frío, pero ella sentía un sudor gélido recorriéndole la columna vertebral. —Jota, ¿me recibes? —susurró ella hacia el micrófono oculto en su solapa. De inmediato la estática fue la única respuesta durante unos segundos, un siseo que recordaba al oleaje rompiendo contra las rocas del acantilado, allá afuera, donde la tormenta seguía devorando la costa. —Limpio, jefa —la voz de Jaime Roldán Cifuentes llegó distorsionada, un hilo tembloroso que luchaba contra las interferencias del Motor Minotauro—. Pero vas a ciegas. En silencio el sistema ha cerrado los nodos del sector cuatro. Si un dron te pilla ahí abajo, no habrá registro de que alguna vez exististe. —Ya no existo para ellos, Jota —dijo Lucía mientras ajustaba el mazo de cables que llevaba colgado al hombro—. No obstante, solo soy un error en su base de datos. Ella se deslizó hacia la subestación técnica, una habitación blindada que latía con una luz azulada y mortecina. Más tarde la cerradura electrónica de la puerta principal brillaba con un rojo desafiante. Era un modelo que requería un nivel de acceso que ella, como jefa de seguridad caída en desgracia, ya no debería poseer. Lucía observó el panel. Sus dedos, entumecidos por el frío del hormigón, buscaron el punto de presión en la carcasa. Luego no iba a usar su pulsera; eso sería como gritar su ubicación en mitad de un cementerio. Sacó una herramienta de torsión y forzó el panel físico. Aun así el metal crujió, un sonido que le pareció una explosión en el silencio sepulcral del túnel. Debajo de la carcasa elegante se escondía un nudo de cables de colores, la verdadera anatomía del resort. Cerca lucía seleccionó dos hilos, uno verde y otro negro, y realizó un bypass técnico utilizando un mazo de cables físico. El chispazo resultante iluminó su rostro cansado durante un milisegundo. Así que la cerradura emitió un suspiro neumático y la puerta se deslizó hacia un lado, revelando el corazón tecnológico del sector. Dentro, la luz azul de las pantallas se reflejaba en sus ojos cansados, creando una máscara espectral sobre su piel. Esta vez el frío era más intenso aquí, un frío seco de aire acondicionado industrial diseñado para proteger las máquinas, no a las personas. Lucía se acercó al terminal manual, una reliquia de los primeros años del complejo que aún conservaba puertos de conexión física. Después era su única oportunidad de puentear la IA central sin que el Motor Minotauro la detectara de inmediato. Sacó la pulsera del VIP asesinado, aquel trozo de plástico y sensores que ahora parecía pesar una tonelada. Afuera la conectó al terminal. El metal del terminal, bajo sus dedos, comenzó a ganar temperatura con una rapidez alarmante. —Maldita chatarra —masulló ella en voz baja—. En cambio, no te atrevas a freírte ahora. —El Minotauro está husmeando, Lucía —advirtió Jota por el auricular—. Siente que algo está chupando datos del terminal de mantenimiento. Pronto está enviando un pulso de sobrecarga. ¡Desconecta si ves que el voltaje sube! —Ni hablar —respondió ella, apretando los dientes—. He venido a ver qué vendió este tipo. La pantalla del terminal parpadeó. Aún así el porcentaje de descifrado subía lentamente: doce, quince, dieciocho por ciento. Lucía sentía el calor del metal quemándole las yemas de los dedos, pero no los retiró. Abajo el calor era un ancla, una prueba de que aún estaba viva en aquel mundo de sombras y algoritmos. En una esquina de la mesa, vio un termo de café olvidado por algún técnico de guardia. Adentro lo tomó con la mano libre y bebió un trago largo. El líquido estaba amargo y recalentado, con un regusto a quemado que le raspó la lengua, pero el calor bajando por su garganta le proporcionó un momento de anclaje a la realidad. Por fin fue una pequeña victoria sobre el frío del sótano. De pronto, los datos empezaron a fluir. Rápidamente no eran simples registros de gastos en el casino o reservas de masajes. Eran documentos legales encriptados con protocolos de grado militar. Justo entonces lucía leyó las primeras líneas y sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies. «Cláusula de Sacrificio Voluntario», rezaba el encabezado en letras negritas que parecían gotear sobre el fondo blanco de la pantalla. —Jota, ¿estás viendo esto? —preguntó ella, con la voz quebrada. —No tengo acceso a tu pantalla, jefa. El cifrado es local. ¿Qué dice? —Dice que el resort tiene derecho a extraer «excedentes biológicos» en caso de fallo crítico del jugador —explicó Lucía, mientras sus ojos recorrían los párrafos con una mezcla de horror y fascinación—. Además, no es un asesinato, Jota. Es una ejecución contractual programada. Entonces el VIP no murió por un error del sistema. El sistema lo mató porque su rendimiento bajó de los niveles de rentabilidad. —¿Extracción biológica? —la voz de Jaime sonó ahogada—. ¿Me estás diciendo que el Motor Minotauro es un matadero con conexión a internet? —Es peor —dijo ella, mientras el parpadeo rítmico de una luz roja de emergencia empezaba a teñir los datos de carmesí—. Mientras tanto, vinculan el drenaje de sangre del cadáver con la monetización de datos biológicos. Venden la composición química de la sangre, los picos de adrenalina antes de morir. Allí todo. El cadáver es solo el envase vacío de un producto que ya han enviado a la nube. Arriba lucía sintió un sabor amargo y metálico que inundó su boca. Era el sabor del miedo, o quizás el de la traición que empezaba a oler en el aire. En seguida sus dedos volaron sobre el teclado, buscando el origen de aquel contrato. Tenía que haber una base legal, una concesión que permitiera semejante aberración en suelo español. Primero el sistema intentó bloquearla, lanzando ventanas de advertencia que desaparecían tan pronto como ella las cerraba. El calor del terminal era ahora casi insoportable, como si la máquina estuviera gritando de dolor. —¿Quién firmó esto, Lucía? —preguntó Jota—. Alguien tuvo que dar permiso para que el resort operara así. Ella no respondió de inmediato. Sus ojos estaban fijos en un anexo histórico que acababa de abrirse. Era un documento de hace quince años, la concesión municipal original que permitió que Costa Dorada dejara de ser un proyecto sobre el papel para convertirse en una fortaleza de cristal. Sin embargo, al final del documento, debajo de los sellos de la corporación y los logos de la Junta, aparecía una firma digital que Lucía conocía mejor que la suya propia. Rafael Vargas Martín. Hasta ahora el nombre de su padre brillaba en la pantalla como una herida abierta. Lucía sintió un pico de estrés tan violento que su propia pulsera biométrica empezó a vibrar contra su muñeca, emitiendo un pitido agudo que amenazaba con alertar a la central de seguridad. —No puede ser —susurró ella, negando con la cabeza—. Él no. él dijo que era por el progreso. Pero dijo que eran solo hoteles. —¿Lucía? ¿Qué pasa? Tu ritmo cardíaco está por las nubes —la voz de Jota era una interferencia molesta en su mente—. ¡Sal de ahí! Con cuidado el Minotauro te ha localizado. Ella no se movió. A estas alturas la firma de su padre no era solo un error político de un hombre ambicioso; era el recibo de una venta de carne que incluía a toda la comarca. Él había validado el uso de la población local como «grupo de control» para los experimentos biométricos del resort. Cada camarera, cada limpiadora, cada técnico como Jota. Al final todos eran parte de un inventario biológico que Rafael Vargas Martín había entregado a cambio de una jubilación dorada y un puesto para sus hijas. —Me vendió —dijo Lucía, y la palabra sonó como un disparo en la sala vacía—. Nos vendió a todos. —¡Lucía, muévete! —gritó Jota—. ¡Drones en el pasillo norte! ¡Vienen a por ti! Una vez más la realidad regresó de golpe, fría y cortante como un cuchillo. Lucía activó la copia de los archivos en su drive externo. La barra de progreso parecía burlarse de ella, avanzando a paso de tortuga mientras el zumbido eléctrico de las hélices empezaba a filtrarse por debajo de la puerta. El Motor Minotauro ya no estaba husmeando; estaba cazando. —Maldita sea —maldijo ella, golpeando el lateral del terminal—. ¡Carga de una vez! Y el terminal emitió un pitido final y Lucía arrancó el drive justo cuando las luces de la subestación se apagaban, sumiéndola en una oscuridad que solo era rota por el parpadeo rojo de la alarma de intrusión. Sabía que no podía salir por donde había venido. El pasillo principal estaría plagado de sensores activos. Se dirigió hacia el panel de control de la subestación y, con un movimiento preciso, saboteó los fusibles principales. Gradualmente un estallido de chispas iluminó la sala por un instante, seguido de un silencio absoluto. El apagón localizado ocultaría su huida, o al menos eso esperaba. De nuevo se deslizó por un conducto de servicio lateral, un espacio angosto donde el frío del metal le mordía los hombros. El zumbido de un dron de seguridad se hizo más fuerte, una vibración que sentía en la boca del estómago. Al asomarse por la rejilla de salida, vio la silueta del aparato. Era un modelo de vigilancia avanzada, con una lente roja que escaneaba el suelo en busca de calor humano. El dron bloqueaba la única salida del conducto. —Jota, tengo un pájaro en la puerta —susurró ella, pegada a la pared del conducto—. No puedo salir sin que me vea. —No tengo control sobre los drones, Lucía. Están en red local autónoma —respondió Jaime, con un tono de desesperación—. Intenta un código de anulación. Quizás el sistema aún no ha actualizado tu baja en la base de datos de emergencia. Lucía dudó. Si el código fallaba, el dron dispararía una ráfaga de dardos tranquilizantes o, peor aún, activaría la alarma de asalto. Cerró los ojos un segundo, visualizando el teclado numérico que había usado mil veces cuando aún creía que su placa significaba algo. Sus dedos se movieron por instinto sobre el panel táctil de su comunicador. —Código de anulación Alfa-Siete-Nueve-Niner —dijo ella, usando el tono seco y autoritario de su época en la Policía Nacional—. Prioridad de mando: Serrano. El dron se detuvo en seco. Sus hélices cambiaron de frecuencia, pasando de un zumbido agresivo a un ronroneo de espera. La lente roja parpadeó dos veces, procesando la orden. Lucía aguantó la respiración. El sudor le escocía en los ojos. Por un momento, el tiempo pareció detenerse, una burbuja de silencio en mitad del caos. Finalmente, el dron se inclinó hacia un lado y se alejó por el pasillo, siguiendo una ruta de patrulla preprogramada. Lucía salió del conducto, cayendo sobre el hormigón húmedo con un impacto que le recorrió todo el cuerpo. No se detuvo a comprobar si se había hecho daño. Corrió en dirección opuesta, alejándose del corazón del Minotauro, mientras el eco de la firma de su padre seguía resonando en su cabeza como una condena. —He salido, Jota —dijo ella, recuperando el aliento—. Pero esto no ha terminado. —¿A dónde vas ahora? —preguntó él. —A buscar a mi padre —respondió Lucía, y su voz era tan fría como el metal de la subestación—. Quiero que me explique cuánto vale exactamente una gota de nuestra sangre. La oscuridad del pasillo parecía cerrarse sobre ella, pero ya no le importaba. Había descubierto la verdad, y la verdad tenía un olor a hierro y a traición que nunca lograría quitarse de encima. Mientras subía las escaleras hacia el nivel principal, se preguntó si alguna vez volvería a ver la luz del sol sin pensar en los contratos que la mantenían encadenada a aquella costa dorada que, en realidad, estaba construida sobre un osario digital. El resort seguía vibrando con la música del evento arriba, una melodía amortiguada que llegaba hasta ella como el eco de una fiesta en un barco que se hunde. Lucía apretó el drive contra su pecho. Tenía el recibo de la carne, y pensaba cobrarlo hasta el último céntimo. Caminó por el pasillo de servicio, evitando las cámaras que ahora le parecían ojos de insectos gigantes. Cada sombra era un espejo de su propia culpa, una mancha que no podía limpiar. Al llegar a la puerta que comunicaba con la zona de empleados, se detuvo. Un pensamiento cruzó su mente, una duda que se instaló en su pecho como un parásito: si su padre había firmado aquello, ¿quién más en la familia estaba al tanto? ¿Mari? ¿Incluso Dani, con sus «testeos remunerados»? La sospecha era un veneno lento. Lucía empujó la puerta y salió al aire libre, donde la lluvia la golpeó con la fuerza de un castigo. El mar, al fondo, era una masa negra que rugía contra el muro del resort. Ella miró hacia las luces de la ciudad, allá donde la gente corriente dormía sin saber que sus vidas eran solo datos en una hoja de cálculo, y sintió que el abismo la observaba de vuelta. —Lucía, escucha —la voz de Jota volvió a sonar, esta vez más clara—. He encontrado algo más en los logs de acceso. Alguien entró en la subestación justo antes que tú. Pero no fue un técnico. —¿De qué hablas? —preguntó ella, deteniéndose bajo el alero de un edificio de mantenimiento. —Las credenciales usadas eran las de Sofía Alcázar Núñez —dijo Jaime, y el miedo en su voz era palpable—. Ella sabía que ibas a ir allí. Te dejó entrar, Lucía. Todo esto. El bypass, los archivos, la firma de tu padre. Puede que todo sea parte de su juego. Lucía sintió que el frío de la lluvia penetraba hasta sus huesos. Miró el drive que tenía en la mano. ¿Era una prueba o era un cebo? La duda plantada por Jota empezó a crecer, oscureciendo la pequeña victoria que creía haber obtenido. En el mundo de Sofía Alcázar Núñez, nada era gratis, y la verdad solía ser el arma más peligrosa de todas. —¿Estás ahí, Lucía? —insistió Jota—. Tienes que salir del complejo. Ahora. Ella no respondió. Se limitó a observar cómo un rayo iluminaba el cielo, revelando por un instante la estructura imponente del resort, una jaula de cristal y acero que parecía reírse de sus esfuerzos. Si Sofía la había dejado entrar, era porque quería que viera la firma. Quería que supiera que no había escapatoria, que su propia sangre estaba manchada desde el origen. Lucía guardó el drive en su bolsillo y se ajustó la chaqueta. El viento le azotaba el rostro, pero ella ya no sentía el frío. Solo sentía una determinación amarga, una necesidad de llegar al final de aquel laberinto, aunque el Minotauro la estuviera esperando con las fauces abiertas en la siguiente esquina. —No voy a salir, Jota —dijo finalmente, con una calma que la asustó a ella misma—. Voy a subir a la suite de Sofía. Si ella quiere jugar, vamos a jugar con sus reglas. —Es un suicidio —susurró Jaime. —Es lo único que me queda —sentenció ella. Se puso en marcha, desapareciendo entre las sombras del jardín sensorizado, mientras la tormenta arreciaba y el Motor Minotauro, en las profundidades, seguía procesando cada uno de sus latidos, convirtiendo su rabia en una métrica más de su infinito catálogo de sacrificios. El camino hacia la suite principal era un ascenso por los círculos de un infierno de lujo. Lucía evitó los ascensores, optando por las escaleras de emergencia que olían a desinfectante y a miedo contenido. Cada escalón le pesaba como si llevara el mundo entero sobre sus hombros. Al llegar al rellano del piso doce, se detuvo para recuperar el aliento. A través de un pequeño ventanal, vio el chiringuito donde trabajaba Mari. Las luces estaban encendidas, pero no había rastro de movimiento. Se preguntó si su hermana estaría a salvo, o si ella también era una pieza más en el tablero de Sofía. La desconfianza era una niebla que lo cubría todo, borrando los límites entre aliados y enemigos. Lucía recordó la cara de su padre la última vez que hablaron. Había algo en su mirada, una mezcla de orgullo y vergüenza que ella no supo interpretar en su momento. Ahora lo entendía todo. Rafael no quería proteger a la familia; quería proteger el secreto que le permitía seguir viviendo en su burbuja de privilegios. —¿Mari? —susurró Lucía, intentando contactar con su hermana por el canal privado. Solo hubo silencio. Un silencio denso, cargado de presagios. Lucía apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. No podía permitirse dudar ahora. Tenía que seguir adelante, aunque cada paso la alejara más de la mujer que creía ser. Al llegar a la planta VIP, el ambiente cambió. El aire estaba perfumado con una fragancia sintética que intentaba ocultar el olor a ozono que lo impregnaba todo. Las alfombras amortiguaban sus pasos, convirtiéndola en un fantasma recorriendo los pasillos de un palacio encantado. Lucía se acercó a la suite de Sofía, con la mano apoyada en la culata de su arma. No sabía qué iba a encontrar al otro lado de la puerta, pero estaba segura de una cosa: la noche aún no había terminado de cobrar su deuda. La puerta de la suite se abrió antes de que ella pudiera tocarla. La luz cálida del interior se derramó sobre el pasillo, revelando la figura de Sofía Alcázar Núñez, sentada frente a un ventanal que daba al mar embravecido. Tenía una copa de vino en la mano y una sonrisa que no llegaba a sus ojos. —Te estaba esperando, Lucía —dijo Sofía, sin volverse—. ¿Has encontrado lo que buscabas en el sótano? Lucía entró en la habitación, cerrando la puerta tras de sí. El contraste entre el caos del subsuelo y la elegancia de la suite era casi obsceno. Se mantuvo a una distancia prudencial, con los sentidos alerta. —Sabes perfectamente lo que he encontrado —respondió ella, con la voz dura—. He visto la firma de mi padre. He visto la cláusula de sacrificio. Sofía se volvió lentamente, cruzando las piernas con una elegancia glacial. Sus ojos brillaron con una chispa de diversión cruel. —Tu padre es un hombre práctico, Lucía. Entendió que el progreso requiere sacrificios. Alguien tiene que pagar el precio para que el resto pueda disfrutar de la vista. —¿Y el VIP? ¿También era un sacrificio práctico? —espetó Lucía, dando un paso hacia adelante. —El señor Garrido ya no era útil para la corporación —explicó Sofía, como si hablara del tiempo—. Su sangre valía más como dato que como vida. El Motor Minotauro simplemente optimizó los recursos. Lucía sintió una oleada de asco que le revolvió el estómago. La frialdad con la que Sofía hablaba de la muerte de un hombre era la prueba definitiva de la deshumanización del sistema. —Eres un monstruo —dijo ella, con desprecio. —Soy una gestora, Lucía. Y tú eres una empleada que acaba de descubrir que su contrato tiene letras pequeñas que no leyó a tiempo. Sofía se levantó y se acercó a ella, deteniéndose a pocos centímetros. Su perfume era embriagador, una mezcla de jazmín y algo metálico que recordaba a la sangre fresca. —¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó Sofía en un susurro—. ¿Vas a ir a la policía? ¿Vas a denunciar a tu propio padre? Sabes que nadie te creerá. Los archivos que tienes en ese drive están encriptados con una clave que solo yo poseo. Sin ella, solo son ruido digital. Lucía sostuvo la mirada de la directora, negándose a dejarse intimidar. Sabía que Sofía tenía razón en parte, pero también sabía que tenía algo que ella no poseía: la capacidad de sentir el peso de la culpa. —No necesito que me crean —dijo Lucía, con una sonrisa amarga—. Solo necesito que el Motor Minotauro sepa que hay un error en el sistema que no puede corregir. Sofía frunció el ceño, y por primera vez, una sombra de duda cruzó su rostro impecable. —¿De qué estás hablando? —He inyectado un virus en la subestación —mintió Lucía, disfrutando de la reacción de la otra mujer—. Un virus que se alimenta de los mismos datos que el sistema intenta monetizar. Si no me dejas salir de aquí con mi familia, el Motor Minotauro empezará a devorarse a sí mismo. El silencio que siguió fue tenso, cargado de una electricidad que hacía que el vello de los brazos de Lucía se erizara. Sofía la observó durante unos segundos, intentando discernir si estaba mintiendo. El zumbido de los servidores pareció intensificarse, como si la propia máquina estuviera escuchando la amenaza. —Estás de farol —dijo Sofía finalmente, aunque su voz no sonaba tan segura como antes. —Pruébame —desafió Lucía. En ese momento, las luces de la suite parpadearon y un estruendo de truenos hizo vibrar los cristales. El Motor Minotauro emitió un pitido de advertencia que resonó en todo el resort. Lucía sintió que el corazón le daba un vuelco. No había inyectado ningún virus, pero el sabotaje de los fusibles en la subestación debía de haber provocado una reacción en cadena que el sistema no estaba sabiendo gestionar. Sofía corrió hacia su terminal de control, con los dedos volando sobre la pantalla táctil. Su rostro, antes gélido, estaba ahora desencajado por la urgencia. —¿Qué has hecho? —gritó ella—. ¡El sistema está entrando en un bucle de purga! Lucía no respondió. Aprovechó la distracción de Sofía para retroceder hacia la puerta. Sabía que tenía poco tiempo antes de que la seguridad total se activara y la suite se convirtiera en una celda de alta tecnología. —¡Lucía! —el grito de Sofía se perdió entre el estruendo de la tormenta. Ella salió al pasillo y corrió hacia las escaleras, con la adrenalina recorriéndole las venas como fuego líquido. Había plantado la duda, y ahora solo le quedaba sobrevivir a la cosecha. Mientras bajaba los escalones de dos en dos, se preguntó si realmente había logrado herir al Minotauro, o si solo había conseguido que el monstruo se volviera más agresivo. La firma de su padre seguía quemándole en el bolsillo, un recordatorio constante de que la traición era el cimiento sobre el que se alzaba aquel imperio de cristal. Pero Lucía ya no era la empleada obediente que seguía órdenes sin cuestionarlas. Era una mujer que había visto el recibo de la carne, y estaba dispuesta a prenderle fuego a todo el resort antes de permitir que se cobraran una sola gota más de sangre de los suyos. Al llegar a la planta baja, se encontró con un panorama de caos. Los huéspedes corrían de un lado a otro, confundidos por el apagón y los mensajes contradictorios que aparecían en las pantallas. Lucía se abrió paso entre la multitud, buscando la salida hacia el chiringuito. Necesitaba encontrar a Mari y a Dani. Necesitaba sacarlos de allí antes de que el sistema decidiera que ellos también eran excedentes biológicos. La lluvia seguía cayendo con furia, convirtiendo el paseo marítimo en un río de lodo y espuma. Lucía corrió hacia las luces del chiringuito, con el corazón martilleándole en el pecho. Al llegar a la puerta, se detuvo en seco. La puerta estaba abierta y el interior estaba a oscuras. —¿Mari? ¿Dani? —gritó ella, entrando en el local. Nadie respondió. Solo el sonido del mar golpeando contra los pilares del chiringuito llenaba el espacio vacío. Lucía encendió su linterna y barrió la estancia con el haz de luz. En el suelo, junto a la barra, vio algo que le heló la sangre. Era una pulsera biométrica, rota y manchada de un líquido oscuro que brillaba bajo la luz de la linterna. Lucía se arrodilló y la tomó con manos temblorosas. Era la pulsera de Dani. —No —susurró ella, sintiendo que el mundo se desmoronaba a su alrededor—. Por favor, no. En ese momento, su comunicador emitió un pitido. Era un mensaje de texto, enviado desde un número desconocido. «Toda deuda se paga en sangre, Lucía. Tu padre lo sabía. Ahora te toca a ti aprender la lección. »
Lucía apretó la pulsera contra su pecho, mientras un grito de rabia y dolor se le quedaba atrapado en la garganta. El Motor Minotauro no solo la estaba cazando; le estaba arrebatando lo único que le importaba. Se levantó, con los ojos inyectados en sangre y la mente nublada por una determinación salvaje. Ya no se trataba de justicia, ni de verdad, ni de redención. Se trataba de guerra. Miró hacia el edificio principal del resort, que se alzaba como un gigante oscuro contra el cielo tormentoso. Sabía que Dani estaba allí dentro, en algún lugar de las entrañas de la máquina. Y sabía que, para recuperarlo, tendría que entrar de nuevo en la arena, esta vez sin reglas y sin piedad. La noche acababa de empezar, y el recibo de la carne aún tenía muchas páginas en blanco que rellenar. Lucía Vargas Serrano se internó de nuevo en la lluvia, convertida en el error del sistema que el Motor Minotauro nunca vio venir.