Chapter 10: El peso de un segundo
El metal estaba frío. Gradualmente mis dedos buscaban un agarre sólido entre las aspas de latón. El aire olía a aceite de ballena rancio y a olvido acumulado durante décadas. Ahora cada movimiento era una medida exacta. Un segundo para avanzar. Por fin dos para asegurar el apoyo. Tres para contener el aliento. Afuera me encontraba en las entrañas del Banco de Reflejos. Los conductos de ventilación vibraban bajo mi peso. A estas alturas eran los pulmones de un gigante de mármol y cristal que respiraba amnesia. —Un paso más, Mateo Sebastián de la Cruz y Valenzuela —me susurré. Mi nombre era mi único ancla. Aún así lo repetía para no perderme en la oscuridad del conducto. El sonido de mi voz chocaba contra las paredes de zinc. Una vez más era un recordatorio de quién era. Un relojero sin pasado buscando su propia cuerda. Hasta ahora los hombros se me subieron hasta las orejas al escuchar un crujido. Un ciclo de limpieza. Aquí las aspas gigantes, situadas apenas a unos metros, comenzaron a girar. El viento generado era seco y caliente. De inmediato traía consigo el roce del metal contra mi ropa. —Izquierda, apoyo, tracción —murmuré rítmicamente. El mecanismo de las aspas aceleró. Arriba con cuidado el calor se volvió insoportable. Era como estar dentro de un horno que procesaba suspiros. Pero mis manos sudaban, amenazando con soltar el borde del conducto. Vi el destello del latón pulido moviéndose hacia mí. Abajo era una danza mortal de engranajes. Me pegué a la pared superior, sintiendo el aire cortante pasar a milímetros de mi pecho. Mientras tanto, mi corazón latía con la precisión de un escape de áncora. Tic. Justo entonces tac. Tic. En cambio, tac. —Sigue adelante —me ordené a mí mismo—. No te detengas ahora. Y logré superar la zona de las aspas. El conducto se ensanchó, permitiéndome gatear con mayor libertad. Llegué a una rejilla de ventilación que daba a la zona de procesamiento. Me detuve. El mármol gélido brillaba bajo las luces de gas. Todo allí era blanco y estéril. Allí un lugar diseñado para que nada, ni siquiera una sombra, pudiera esconderse. Entonces los vi. Aun así dos guardias de cristal avanzaban por el pasillo central. Sus movimientos eran perfectamente sincronizados, carentes de cualquier rastro de humanidad. Arrastraban a un hombre. Su cuerpo se veía pequeño y frágil entre las armaduras translúcidas. No obstante, era Don Francisco Javier Garcés y Aranda. Mi maestro. Cerca de repente mi Paco. Su barba canosa estaba revuelta y su ropa, siempre impecable, se veía desgarrada. —Sujeto 404 en posición —dijo uno de los guardias. Lentamente su voz no tenía inflexiones. Era el sonido de dos piedras chocando entre sí. En silencio paco intentó plantar los pies en el suelo, pero sus botas chirriaron sobre el mármol sin encontrar agarre. —Iniciando borrado selectivo —respondió el segundo autómata. —¡Soltadme, pedazos de chatarra! —gritó Paco. Su voz ronca de fumador llenó el espacio. A pesar del miedo, mantenía ese tono tosco que tanto conocía. Era el sonido de las mañanas en el taller. El sonido de la madera y el aceite. —El orden requiere silencio, sujeto —replicó el guardia. —El orden requiere que os metáis vuestros engranajes por donde no brilla el sol —espetó Paco. Sentí que los puños se me cerraban con un propósito que quemaba. Verlo así, siendo tratado como una pieza defectuosa, me revolvía el estómago. Los guardias lo empujaron hacia una puerta pesada. La Cámara de Purga. Un lugar del que nadie regresaba con su alma intacta. El chirrido metálico de las botas de los guardias sobre el mármol gélido se alejó, dejando un silencio pesado en el aire. Me retiré de la rejilla. Necesitaba un momento. Mis manos temblaban tanto que apenas podía sostener mi propia voluntad. Me oculté en un nicho de mantenimiento, un pequeño espacio entre dos tuberías de vapor. Saqué un pequeño termo de mi mochila. El metal estaba tibio. Al abrirlo, el vapor cálido con aroma a canela y madera inundó el pequeño espacio. Era el té que Paco preparaba cada mañana. —Bebe, Mateo —me dije, con la voz quebrada. El primer sorbo fue como un abrazo. Entonces el sabor a canela me devolvió la sensibilidad a los dedos entumecidos. Recordé el taller. El olor a cedro de las mesas de trabajo. Paco siempre decía que un relojero no solo arregla máquinas, sino que custodia el tiempo de los demás. —«Mateo, un reloj no es solo metal», solía decirme él —recordé en voz alta—. «Es la suma de los momentos que alguien decidió no olvidar». Apreté el termo contra mi pecho. El calor me dio la claridad que necesitaba. No podía fallar. No podía permitir que lo borraran. Pero mi fragmento estaba allí, a solo unos metros. La memoria de mi madre. Finalmente la verdad sobre el incendio. Si salvaba a Paco, perdería mi identidad para siempre. Rápidamente si recuperaba mi identidad, Paco sería solo una cáscara vacía. —¿Qué vale más, Paco? —le pregunté a la sombra—. ¿Quién soy yo o quién eres tú? Guardé el termo y me puse en pie. El tiempo seguía corriendo. Salí del nicho y continué por el conducto hasta la bóveda central. El espacio se abrió en una catedral de cristal y luz sólida. En el centro, sobre un pedestal de obsidiana, brillaba una esfera. Mi reflejo. De nuevo mi pasado. Me acerqué con cautela. El suelo parecía vibrar. Un zumbido eléctrico constante vibraba en mis dientes, una frecuencia que intentaba desestabilizar mis pensamientos. Al entrar en el radio del pedestal, el aire se volvió denso. Era un campo de distorsión temporal. Mis movimientos se volvieron agónicamente lentos. Cada paso pesaba como si arrastrara cadenas de plomo. —Mateo. Sebastián. De la Cruz. Y Valenzuela —leí en la placa del pedestal. Mi nombre estaba grabado allí con una caligrafía perfecta. Era una etiqueta de propiedad. La Corona era dueña de mis recuerdos. Extendí la mano hacia la esfera. La luz sólida quemaba con un frío azulado. Dentro de la esfera, vi imágenes borrosas. Un jardín. Una mujer riendo. El olor a pan recién horneado. Mi madre. —Soy yo —susurré. Así que mi voz sonó extraña, distorsionada por el campo de energía. Estaba tan cerca. Solo tenía que cerrar los dedos y tirar. En ese momento, un grito desgarrador rompió el silencio de la bóveda. —¡No! ¡Ese engranaje no va ahí! —era la voz de Paco. Provenía de la cámara contigua. La máquina de purga se había activado. Pude oler el ozono quemado. El destello azulado de la máquina iluminó las paredes de la bóveda. Paco estaba perdiendo la batalla. Estaba empezando a olvidar. —El escape de áncora. Debe tener. Tres milímetros —balbuceaba Paco. Su voz se volvía más débil con cada segundo. Estaba recitando lecciones de relojería. Era su forma de aferrarse a la realidad. Usaba la técnica como un escudo contra el olvido. —¡Paco! —grité, aunque sabía que no podía oírme. Miré la esfera. Estaba a centímetros de mi palma. Si la tomaba, el sistema de seguridad sellaría la cámara de Paco para siempre. Era un protocolo de emergencia. El Banco protegía sus activos más valiosos sacrificando a los desechables. Y para Doña Beatriz Elvira de Zúñiga y Mendoza, un viejo relojero rebelde era menos que nada. —«Mateo, a veces hay que romper el muelle para salvar el volante» —la voz de Paco resonó en mi mente. Era un refrán que usaba cuando una reparación se complicaba. Se refería al sacrificio. A la necesidad de perder algo para salvar el conjunto. Mis puños se cerraron con un propósito que me dolió en los huesos. Miré mi reflejo una última vez. La mujer del jardín parecía mirarme a los ojos. Me pedía que la recordara. Además, me pedía que no la dejara morir otra vez. —Lo siento —dije, y no supe a quién se lo decía. Me di la vuelta. Le di la espalda a mi pasado. Saqué mi llave inglesa maestra, la que Paco me había regalado el día que terminé mi aprendizaje. Era una herramienta pesada, equilibrada a la perfección. Corrí hacia el núcleo de energía que alimentaba la Cámara de Purga. El campo de distorsión intentó frenarme, pero mi determinación era un vendaval que no entendía de leyes físicas. —¡Paco! ¡Resiste! —grité con todas mis fuerzas. Llegué al panel de control del núcleo. Los cables de cobre brillaban con una intensidad eléctrica insoportable. Lancé la llave inglesa con toda mi alma hacia el engranaje principal del generador de purga. El estruendo del metal rompiéndose fue la música más hermosa que había escuchado jamás. Hubo un destello cegador. Una explosión de chispas azules me lanzó hacia atrás. El olor a ozono se volvió asfixiante. Las sirenas de vapor comenzaron a aullar, un sonido agudo que parecía el lamento de la propia arquitectura del banco. Todo se tiñó de un rojo violento. Las alarmas estallaron, iluminando el mármol con el color de la sangre. —¡Intrusión detectada! —gritó una voz mecánica por los altavoces—. ¡Protocolo de seguridad nivel cinco activado! Me levanté del suelo, aturdido. Mis oídos pitaban. Miré hacia la Cámara de Purga. La puerta se había desbloqueado por el fallo de energía. Paco estaba en el suelo, temblando, pero vivo. Sus ojos estaban abiertos, aunque desenfocados. —¿Mateo? —murmuró—. ¿Eres tú, muchacho? —Soy yo, Paco. Estoy aquí —dije, corriendo hacia él. Lo ayudé a levantarse. Estaba pesado, como si el proceso de purga le hubiera robado la mitad de su peso vital. Sus manos buscaban las mías con desesperación. —Has roto la máquina —dijo, con una pequeña sonrisa—. Te enseñé bien. —No hay tiempo para cumplidos, maestro. Tenemos que salir de aquí. Miré hacia atrás, hacia el pedestal. La esfera que contenía mi identidad estaba vibrando violentamente. Pronto la sobrecarga de energía del sabotaje estaba afectando a todos los sistemas. Vi cómo una grieta cruzaba la superficie del cristal. Mi pasado se estaba rompiendo. —¡Mi reflejo! —exclamé. —Déjalo, Mateo —dijo Paco, agarrándome del brazo—. Si te quedas, nos matarán a los dos. —Pero es mi madre, Paco. Es todo lo que tengo. —Me tienes a mí, quillo —dijo una voz desde la sombra. Era Rafael Montes y Delgado. Rafa apareció por una de las puertas laterales, con su trabuco en la mano. Su acento andaluz era un contraste absurdo en aquel templo de frialdad. —¿Qué hacéis ahí parados? —preguntó Rafa—. Los guardias de cristal vienen de camino. ¡Y no traen precisamente flores! —Rafa, ¿cómo has entrado? —pregunté, asombrado. —Por la puerta, Mateo. Por donde se entra a los sitios —respondió él, con su sarcasmo habitual—. Pero ahora lo importante es salir. ¡Vamos! Ayudé a Paco a caminar, apoyando su brazo sobre mis hombros. Rafa nos cubría las espaldas. Podía oír el chirrido de las botas metálicas acercándose. Eran muchos. Demasiados. —¡Por aquí! —gritó Lucía Fernanda Reyes y Solano. Lulú apareció al final del pasillo, agitando una linterna. Su rostro estaba manchado de hollín, pero sus ojos brillaban con esa determinación temeraria que la caracterizaba. —¡Mateo! ¡Paco! ¡Corred! —nos urgió. —¿Habéis traído a todo el barrio? —preguntó Paco, intentando recuperar el aliento. —Solo a los que no querían que te convirtieran en un vegetal, Don Francisco —respondió Lulú, ayudándome a sostenerlo. Corrimos por los pasillos del banco. El suelo de mármol ahora estaba cubierto de cristales rotos y escombros. Las alarmas seguían aullando. Cada vez que miraba hacia atrás, veía el resplandor rojo de las luces de emergencia. El Banco de Reflejos ya no era un lugar de orden. Era un caos de metal y memoria herida. Llegamos a una intersección. Tres guardias de cristal nos cortaron el paso. Sus lanzas eléctricas chisporroteaban con una luz blanca. —Sujetos identificados —dijeron al unísono—. Procediendo a la neutralización. —¡Atrás! —gritó Rafa, poniéndose delante de nosotros. Disparó su trabuco. El estruendo fue ensordecedor en el pasillo cerrado. Uno de los guardias voló por los aires, su armadura de cristal estallando en mil pedazos. Los otros dos avanzaron, imperturbables. —¡No podemos pasar! —gritó Lulú. —¡Por la derecha! —ordené yo, recordando los planos—. ¡Hay un conducto de descarga de residuos! —¿Basura? —preguntó Paco—. ¿Me vas a tirar a la basura, muchacho? —Es la única salida, Paco. ¡Confía en mí! Corrimos hacia la derecha. Los guardias nos seguían de cerca. Sus movimientos eran mecánicos, incansables. Sentí que aguas negras me subían por las piernas, una sensación de pánico que amenazaba con paralizarme. La habitación parecía encogerse con cada respiración que daba. Llegamos a la trampilla de descarga. Era un agujero oscuro que bajaba hacia los niveles inferiores de la ciudad. El olor a aceite y humedad subía desde el fondo. —¡Primero Paco! —dije. Rafa y yo lo ayudamos a entrar en el conducto. Paco nos miró con una mezcla de miedo y orgullo. —Si muero en un montón de chatarra, os perseguiré para siempre —amenazó, antes de dejarse caer. Lulú fue la siguiente. Luego Rafa. Me quedé solo en el borde de la trampilla. Miré hacia atrás una última vez. Al final del pasillo, vi una figura. No era un guardia. Era una mujer vestida de negro, con una elegancia que helaba la sangre. Doña Beatriz Elvira de Zúñiga y Mendoza. Ella no corría. Caminaba con una calma insultante. Sus ojos se clavaron en los míos. No había ira en su rostro, solo una profunda decepción. Como si yo fuera un reloj que se negaba a dar la hora correcta. —Mateo Sebastián —dijo ella. Su voz llegó a mis oídos a pesar de la distancia y el ruido de las alarmas—. Has roto algo que no puedes arreglar. —He arreglado lo que usted rompió primero —respondí, con un hilo de voz. —Los recuerdos son veneno —sentenció ella, deteniéndose a unos metros—. Solo traen dolor. Yo te ofrecí la paz. —Prefiero el dolor de la verdad a la paz de una mentira —grité. Me dejé caer por el conducto. El descenso fue una caída libre a través de la oscuridad. Esta vez el aire me golpeaba la cara. Sentía el roce del metal contra mi espalda. Era como caer en un sueño del que no quería despertar. Aterricé sobre algo blando. Un montón de sacos de arena y trapos viejos. Paco, Lulú y Rafa ya estaban allí. Estábamos en los suburbios, en la zona de los canales de desecho. El agua sucia corría a nuestro lado, reflejando la luz de la luna que se filtraba por las rejillas superiores. —¿Estáis todos bien? —preguntó Lulú, levantándose. —He tenido mejores aterrizajes —gruñó Rafa, sacudiéndose el polvo—. Pero sigo teniendo todos mis dientes. Paco estaba sentado en el suelo, apoyado contra una pared de ladrillo. Parecía agotado, pero sus ojos tenían una chispa de lucidez que me dio esperanzas. —Mateo —me llamó. Me acerqué a él. Sus manos, nudosas y manchadas de grasa, agarraron las mías. —Lo has perdido —dijo, con voz suave—. Tu fragmento. Más tarde tu identidad. Lo has dejado allí por mí. —No importa, Paco —mentí. El vacío en mi pecho era más grande que nunca—. Lo importante es que estás a salvo. —Importa mucho, muchacho —insistió él—. Un hombre sin pasado es como un reloj sin pesas. No puede marcar el camino. —Encontraremos otra forma —dijo Lulú, poniendo una mano en mi hombro—. Primero no estamos solos en esto. Miré hacia arriba, hacia la imponente silueta del Banco de Reflejos que se alzaba sobre nosotros. Las luces rojas seguían parpadeando. Habíamos escapado, pero la guerra acababa de empezar. Había desafiado a la Corona. Después había saboteado el corazón del reino. —Mateo —dijo Paco, rebuscando en su bolsillo—. Antes de que me atraparan. Logré esconder algo. Sacó un pequeño objeto envuelto en un trapo de seda. Al abrirlo, vi un engranaje de oro. Tenía una marca grabada en el centro. Una espiral y una llave. —¿Qué es esto? —pregunté, tomándolo con cuidado. —Es el plano maestro —susurró Paco—. La clave para abrir todas las bóvedas del banco. No solo la tuya. Todas. Sentí un escalofrío. Aquel pequeño trozo de metal era el arma definitiva contra el olvido. Si lográbamos usarlo, podríamos devolverle la memoria a toda la ciudad. —Pero hay un problema —continuó Paco, su voz volviéndose más débil—. El engranaje está incompleto. Falta la pieza central. La que tú dejaste atrás. Miré hacia arriba. El fragmento de mi identidad. La esfera que vi agrietarse. Ahora entendía por qué Doña Beatriz no parecía preocupada. Ella sabía que, sin mi memoria, el plano maestro era inútil. Yo era la llave. Y la llave estaba rota. —Tenemos que volver —dije, con una determinación que me asustó a mí mismo. —¿Estás loco? —preguntó Rafa—. ¡Acabamos de salir de milagro! —No es solo por mí, Rafa —respondí, mirando a Lulú—. Es por todos. Por tu familia. Al final por la hermana de Lulú. Por todos los que han sido vaciados. Lulú me miró a los ojos. Vi en ellos el reflejo de mi propia lucha. Ella entendía el peso de lo que estábamos pidiendo. —Mateo tiene razón —dijo ella—. No podemos dejar que se salgan con la suya. Si el plano necesita ese fragmento, lo recuperaremos. —¿Y cómo piensas hacerlo, quilla? —preguntó Rafa—. El banco estará blindado. Habrá guardias en cada esquina. —No entraremos por la puerta —dije, mirando el engranaje de oro—. Entraremos por el tiempo. Paco me miró con curiosidad. Una pequeña sonrisa apareció en sus labios. —¿Por el tiempo, dices? —preguntó—. Explícate, muchacho. —Doña Beatriz usa los recuerdos para mantener una paz artificial —expliqué—. Pero los recuerdos no son solo imágenes. Son energía. Si logramos sincronizar este plano con la frecuencia del banco, podríamos crear una resonancia. Una grieta en la realidad. —Eso es teoría avanzada, Mateo —advirtió Paco—. Podrías borrarte a ti mismo en el proceso. —Ya estoy borrado, Paco —respondí—. No tengo nada que perder. En ese momento, un sonido metálico resonó en el túnel. No era el agua. Luego no era el viento. Era el paso rítmico de algo pesado. Algo que no respiraba. —Nos han encontrado —dijo Rafa, cargando su trabuco. Miramos hacia la oscuridad del túnel. Dos luces azules se encendieron en la penumbra. Ojos de cristal. Los guardias no se habían rendido. Estaban rastreando nuestra disonancia emocional. —Corred hacia el taller de Valentina —ordené—. Yo los distraeré. —¡Ni hablar! —gritó Lulú—. No te vamos a dejar solo. —¡Es una orden, Lulú! —grité yo—. ¡Llevaos a Paco! ¡Él sabe cómo activar el plano! Rafa agarró a Paco y comenzó a correr por el túnel lateral. Lulú dudó un segundo. Se acercó a mí y me dio un rápido beso en la mejilla. —No te atrevas a olvidar esto —susurró, antes de seguir a los demás. Me quedé solo frente a los guardias. Saqué mi llave inglesa, la que había recuperado de los escombros. El metal estaba frío, pero mi sangre hervía. Los guardias se acercaron, sus lanzas brillando con una intensidad letal. —Sujeto Mateo Sebastián de la Cruz y Valenzuela —dijeron al unísono—. Su existencia ha sido marcada para la eliminación total. —Intentadlo —respondí, poniéndome en guardia. El primer guardia cargó. Esquivé su lanza por milímetros, sintiendo el chispazo de la electricidad en mi piel. Golpeé su articulación del hombro con la llave inglesa. El cristal crujió, pero no se rompió. Eran más fuertes de lo que pensaba. El segundo guardia intentó rodearme. Me moví con la precisión de un péndulo, usando las paredes del túnel para impulsarme. Era una danza de metal y sombras. Cada golpe que daba era un segundo ganado para mis amigos. —¡Sois solo máquinas! —grité, golpeando el pecho de uno de ellos—. ¡No tenéis alma! —El alma es una variable innecesaria —respondió el guardia, golpeándome con el escudo. Salí despedido contra la pared. El impacto me dejó sin aire. Sentí el sabor metálico de la sangre en mi boca. Los guardias se acercaron lentamente, sus lanzas apuntando a mi corazón. —Fin de la sesión —dijo uno de ellos. Cerré los ojos, esperando el final. Pero el golpe nunca llegó. En su lugar, escuché un sonido agudo, como el de un cristal rompiéndose a gran velocidad. Abrí los ojos y vi una flecha de plata clavada en el cuello de uno de los guardias. El autómata comenzó a soltar chispas y cayó al suelo, inerte. —¿Qué. —balbuceé. —Parece que llegamos justo a tiempo —dijo una voz desde arriba. Miré hacia la rejilla de ventilación. Allí estaba Dieguito, con un arco corto en la mano y una sonrisa de oreja a oreja. A su lado, Valentina María Belgrano y Liniers nos miraba con su habitual elegancia, incluso en mitad de un túnel de alcantarilla. —¿Valentina? ¿Dieguito? —pregunté, sin poder creerlo. —¿Acaso pensaba que lo dejaríamos solo en esta aventura tan poco sofisticada, Mateo Sebastián? —preguntó Valentina, ajustándose sus guantes de seda—. El voseo de mi padre se sentiría muy decepcionado si permitiera que lo borraran de esta manera. —¡Venga, Mateo! —gritó Dieguito—. ¡Hay más de esos tipos viniendo por el otro lado! Me levanté como pude. Valentina me tendió la mano. Su tacto era firme y seguro. —Tenemos mucho de qué hablar, relojero —dijo ella—. Pero primero, salgamos de este agujero. Subimos por una escalera de mano oculta tras una tubería. Valentina conocía cada rincón de los suburbios. Nos llevó a través de una serie de pasadizos secretos que desembocaban en el sótano de una antigua biblioteca. El aire allí olía a papel viejo y sabiduría olvidada. —Aquí estaremos a salvo por ahora —dijo Valentina, cerrando la pesada puerta de hierro—. Los guardias de cristal no pueden entrar en edificios con protección de resonancia histórica. —¿Protección de qué? —preguntó Dieguito, rascándose la cabeza. —Es una tecnología antigua, niño —explicó ella, con un tono maternal pero distante—. Sin embargo, los libros contienen memorias colectivas que confunden sus sensores. Para ellos, este lugar es un ruido blanco. Me senté en un banco de madera, intentando procesar todo lo que había pasado. Mis manos seguían temblando. Miré el engranaje de oro que Paco me había dado. Brillaba débilmente en la penumbra de la biblioteca. —¿Qué es eso? —preguntó Dieguito, acercándose con curiosidad. —Es nuestra única esperanza —respondí—. Pero está roto. —Nada está roto del todo, Mateo —dijo Valentina, acercándose a una de las estanterías—. Solo está esperando a que alguien encuentre la pieza que falta. Ella sacó un libro de cuero gastado y lo puso sobre la mesa. El título estaba borrado por el tiempo, pero en la portada vi el mismo símbolo que en el engranaje: la espiral y la llave. —Este es el diario de mi padre —dijo Valentina, con una nota de melancolía en su voz—. Él fue quien ayudó a Paco a diseñar el Banco de Reflejos. Y él sabía que llegaría un día en que alguien intentaría destruirlo. —¿Tu padre trabajó en el banco? —pregunté, asombrado. —Todos cometemos errores en nombre del progreso, Mateo —respondió ella—. Pero él dejó una salida. Una forma de revertir el proceso. Abrió el libro por una página marcada con un dibujo técnico complejo. Era el esquema del fragmento de identidad. Pero no del mío, sino de uno universal. —El fragmento que viste en la bóveda no era solo tu memoria —explicó Valentina—. Era el catalizador. La pieza que une todas las memorias individuales con el núcleo del banco. Si logras recuperarlo y unirlo a este engranaje, podrás abrir todas las mentes del reino. —Pero se estaba agrietando —dije, sintiendo una punzada de miedo—. En seguida si se rompe. —Si se rompe, el olvido será permanente —sentenció Valentina—. Y Doña Beatriz habrá ganado para siempre. Me puse en pie. El cansancio había desaparecido, reemplazado por una urgencia febril. Sabía lo que tenía que hacer. No era solo por mi madre. Adentro no era solo por Paco. Era por el futuro de todos nosotros. —¿Dónde están los demás? —pregunté. —Están en mi taller, preparando el equipo —respondió Valentina—. Paco está intentando estabilizar el plano maestro, pero necesita tu ayuda. Eres el único que entiende la mecánica del banco desde dentro. —Vamos entonces —dije. Salimos de la biblioteca y nos dirigimos hacia el taller de Valentina. La ciudad de la perfección dormía bajo un manto de silencio artificial. Nadie sabía que, en las sombras, un pequeño grupo de rebeldes estaba a punto de cambiar el destino del reino. Al llegar al taller, vi a Paco trabajando sobre una mesa llena de herramientas. Lulú y Rafa estaban a su lado, ayudándolo en lo que podían. Al verme entrar, Paco levantó la vista. —Mateo —dijo, con un suspiro de alivio—. Pensé que te habíamos perdido. —Todavía no, maestro —respondí, acercándome a la mesa—. ¿Cómo va el plano? —Es una pieza de relojería endiablada, muchacho —dijo Paco, señalando el engranaje—. Tiene más complicaciones que un cronómetro de marina. Pero creo que he encontrado la forma de sincronizarlo. —Necesitamos el fragmento —dije, mirando a Lulú. —Lo sabemos —respondió ella—. Y tenemos un plan para volver a entrar. —¿Volver a entrar? —preguntó Rafa—. ¿Estáis locos de remate? —No entraremos nosotros —dijo Lulú, señalando un pequeño autómata que estaba sobre la mesa—. Entrará él. Era un pequeño pájaro mecánico, hecho de latón y cristal. Sus ojos brillaban con una luz inteligente. —Es un explorador de memoria —explicó Paco—. Puede volar por los conductos de ventilación sin ser detectado. Si logramos llevarlo hasta la bóveda central, podrá recoger los restos del fragmento agrietado. —¿Y cómo lo controlaremos desde aquí? —pregunté. —Ahí es donde entras tú, Mateo —dijo Valentina, sacando un casco de cables y sensores—. Necesitamos que te vincules mentalmente con el autómata. Tus recuerdos del banco servirán de guía. Miré el casco. Sabía lo que significaba. Era una conexión directa. Si el autómata era destruido o capturado, mi mente podría sufrir daños irreparables. —Hazlo —dije, sin dudarlo. Me senté en la silla de operaciones. Valentina comenzó a colocarme los sensores en las sienes. El frío del metal contra mi piel me recordó a la Cámara de Purga. Pero esta vez, yo tenía el control. —Prepárate, Mateo —dijo Paco, poniendo su mano sobre mi hombro—. Esto va a doler un poco. —He sentido dolores peores, Paco —respondí. Valentina activó el interruptor. Una descarga de energía recorrió mi cuerpo. Mi visión se nubló. De repente, ya no estaba en el taller. Estaba volando. Veía el mundo a través de los ojos del pájaro mecánico. El techo de la ciudad pasaba bajo mis alas. —Te escuchamos, Mateo —dijo la voz de Lulú en mi mente—. Guíanos hacia el banco. Volé hacia la imponente estructura de mármol. Los guardias de cristal patrullaban las murallas, pero yo era demasiado pequeño para que me vieran. Entré por el mismo conducto de ventilación que había usado antes. El olor a aceite de ballena seguía allí. —Gira a la izquierda —me ordené a mí mismo—. Segunda intersección. Llegué a la bóveda central. El lugar estaba en ruinas. Los sistemas de seguridad seguían echando chispas. En el centro, el pedestal de obsidiana estaba vacío. La esfera se había roto. —No está —dije, con desesperación—. El fragmento ha desaparecido. —Busca en el suelo, Mateo —dijo la voz de Paco—. Los restos deben estar por alguna parte. Buscamos entre los escombros. Entonces lo vi. Un pequeño trozo de cristal azulado, brillando bajo una viga de metal. Era el corazón del fragmento. —Lo tengo —dije. Hice que el pájaro descendiera y recogiera el cristal con sus garras de latón. En ese momento, una mano enguantada se cerró sobre el autómata. —Te estaba esperando, Mateo Sebastián —dijo la voz de Doña Beatriz. Su rostro apareció ante mis ojos, gigante y distorsionado. Ella sostenía al pájaro con una fuerza sorprendente. Sus ojos brillaban con una luz fría y calculadora. —Pensaste que podrías engañarme con un juguete —dijo ella, apretando el autómata—. Pero yo conozco cada engranaje de este reino. Y ahora, voy a terminar lo que empecé. Sentí un dolor agudo en mis sienes. La conexión estaba empezando a fallar. Doña Beatriz estaba usando el autómata para rastrear mi ubicación real. —¡Mateo! ¡Corta la conexión! —gritó la voz de Valentina. —¡No! —respondí—. ¡Tengo que recuperar el cristal! Luché por mantener el control del pájaro. Hice que picoteara la mano de Doña Beatriz. Ella soltó un grito de sorpresa y soltó el autómata. Aproveché el segundo para salir volando hacia el conducto. —¡No escaparás! —gritó ella. Los guardias de cristal comenzaron a disparar sus lanzas hacia el techo. El aire se llenó de chispas y humo. Volé a toda velocidad, esquivando los proyectiles por milímetros. Sentía que mis pulmones iban a estallar, aunque no eran mis pulmones los que respiraban. Salí del banco y volé hacia el taller. La conexión era cada vez más débil. Veía estática en los bordes de mi visión. El dolor en mi cabeza era como un martillo golpeando un yunque. —¡Ya casi estás, Mateo! —gritó Lulú. Llegué a la ventana del taller y me dejé caer sobre la mesa. El pájaro soltó el cristal y se quedó inmóvil. Valentina desconectó los cables de mis sienes. Me desplomé hacia adelante, jadeando. —Lo. Lo tenemos —dije, señalando el pequeño cristal azul. Paco lo tomó con manos temblorosas. Lo colocó en el centro del engranaje de oro. Las dos piezas encajaron a la perfección. Una luz cálida y dorada emanó del mecanismo, iluminando todo el taller. —Es hermoso —susurró Dieguito, acercándose para tocarlo. —Es la verdad —corrigió Paco—. Y la verdad siempre es hermosa, aunque duela. Miramos el engranaje. Estaba completo. Teníamos la llave. Pero el precio había sido alto. Sentí que algo se había roto dentro de mí durante la conexión. Una parte de mi mente se sentía vacía, como si Doña Beatriz me hubiera arrebatado algo más que un simple recuerdo. —Mateo, ¿estás bien? —preguntó Lulú, tomándome de la mano. —No lo sé —respondí, mirándola—. Siento que. Que he olvidado algo importante. —¿El qué? —preguntó ella, preocupada. —No lo sé —repetí—. Eso es lo malo de olvidar. Que no sabes qué es lo que ya no tienes. Miré el engranaje. La luz dorada parecía pulsar con un ritmo constante. Tic. Tac. Tic. Tac. El tiempo seguía corriendo. Y nosotros estábamos a punto de detenerlo para siempre. —Mañana —dijo Paco, con voz solemne—. Mañana devolveremos la memoria a la ciudad. —Mañana —repetimos todos al unísono. Me acerqué a la ventana y miré hacia el horizonte. El sol estaba empezando a salir, tiñendo el cielo de un color naranja que me recordaba al fuego. Pero no era el fuego del incendio. Era el fuego de la esperanza. Sin embargo, algo me inquietaba. Al mirar hacia el Banco de Reflejos, vi que las luces rojas se habían apagado. El edificio volvía a estar en silencio. Un silencio demasiado perfecto. Demasiado artificial. —Ella nos está esperando —susurré para mí mismo. Sabía que Doña Beatriz no se rendiría tan fácilmente. Ella tenía sus propios planes. Y yo tenía el presentimiento de que el fragmento que habíamos recuperado no era exactamente lo que pensábamos. Miré el cristal azul dentro del engranaje. Por un segundo, me pareció ver una grieta que no estaba allí antes. Una grieta que se hacía más grande con cada latido de mi corazón. —¿Mateo? —llamó Lulú desde la mesa. —Ya voy —respondí. Me alejé de la ventana, pero la sensación de duda no me abandonó. Habíamos ganado una batalla, pero la guerra por nuestra identidad apenas estaba comenzando. Y el precio de la victoria podría ser más alto de lo que cualquiera de nosotros estaba dispuesto a pagar. El engranaje seguía brillando sobre la mesa, una pequeña estrella en mitad de la oscuridad. Pero fuera, en las calles de la ciudad de la perfección, las sombras se hacían cada vez más largas. Y en el centro de esas sombras, Doña Beatriz sonreía, sabiendo que el tiempo, al final, siempre juega a favor de quien lo controla.