Capítulo 11: El Silencio de los Engranajes
El vaho de la sopa de cebolla ascendía en espirales perezosas, dibujando fantasmas blanquecinos bajo la luz mortecina del quinqué. Mateo sostenía el cuenco de barro con ambas manos, apretando los dedos contra la superficie rugosa para recuperar la sensibilidad que el metal frío le había arrebatado tras horas de trabajo. El aroma a tomillo inundaba el sótano, una fragancia terrosa que libraba una batalla perdida contra el olor a aceite rancio y ozono que impregnaba sus ropas. Frente a él, la Archivista soplaba su propia ración con una parsimonia que rozaba lo irritante. Sus ojos, dos pozos cargados con el peso de siglos de datos prohibidos, permanecían fijos en el joven.
—Debe ingerir ese alimento, Mateo Sebastián —instó ella, con una voz que recordaba al crujido del papel viejo—. El hambre representa un error de cálculo que no podemos permitirnos en esta fase de la operación.
Mateo no respondió de inmediato. Observó el temblor rítmico de sus nudillos, un espasmo que no lograba controlar.
—Mis manos no dejan de vibrar —confesó él, bajando la vista hacia el caldo—. Es como si un péndulo descontrolado se hubiera instalado bajo mi piel y marcara un tiempo que no comprendo.
La Archivista depositó el cuenco sobre la mesa de madera carcomida. Allí, los planos del Banco de Reflejos permanecían extendidos, semejantes al mapa de un territorio maldito que nadie debería reclamar. Sus dedos, largos y manchados de una persistente tinta ferrogálica, señalaron un diagrama complejo situado en el centro exacto de la mesa. Era el esquema del protocolo que habían bautizado como el «Return JSON». En la jerga técnica de los antiguos arquitectos del sistema, aquellas siglas significaban el Registro de Unión de Objetos de Memoria.
—Este es el comando final —explicó ella, trazando una línea firme sobre el papel amarillento—. No se confunda, no estamos ante una simple llave. Es una orden de restitución masiva. Al insertarlo en el núcleo, el Banco de Reflejos dejará de actuar como una prisión. Se transformará en un cristal fracturado que devolverá cada fragmento de identidad a su legítimo dueño.
Mateo bebió un sorbo de la sopa. El líquido caliente le abrasó la garganta, un dolor necesario que le devolvió una pizca de realidad. El sabor era intenso, real, un contraste violento con la perfección insípida y sintetizada que la Corona servía en los comedores ciudadanos. Aquella sopa sabía a resistencia, a la suciedad de los que se esconden y a una verdad que dolía al tragar.
—¿Y si el sistema lo rechaza? —preguntó Mateo, apartando el cuenco—. He visto cómo operan esos mecanismos de defensa. Son capaces de devorar una mente en cuestión de segundos si detectan la más mínima disonancia emocional en el portador.
La mujer se inclinó hacia delante, permitiendo que la luz del quinqué revelara las arrugas que surcaban su rostro como surcos en un campo agostado.
—Por eso usted es el único individuo capacitado para esta tarea. Su vacío no constituye un fallo de fabricación, Mateo. Es un espacio de almacenamiento que ellos mismos crearon por error. Usted es el recipiente perfecto, un contenedor capaz de transportar el código sin que los sensores de pureza detecten una carga emocional que dispare las alarmas.
Un chasquido seco, casi imperceptible, fracturó la quietud del sótano. La espalda de Mateo se puso rígida, una reacción instintiva grabada a fuego en sus músculos tras años de sobrevivir en las calles del Distrito de los Engranajes Olvidados. Aquel ruido no pertenecía a la naturaleza del refugio. No era el crujido de la madera vieja cediendo al peso de los años ni el goteo constante de las tuberías de vapor que recorrían las paredes. Se asemejaba más al sonido de un cable de acero sometido a una tensión excesiva, justo antes de alcanzar su punto de ruptura definitivo.
—Apague el gas —susurró Mateo, con la voz reducida a un aliento gélido.
La Archivista no cuestionó la orden. Con un movimiento fluido y carente de vacilación, cerró la llave del quinqué. La oscuridad absoluta los envolvió, cargada con el olor a mecha quemada. El silencio que siguió se volvió denso, pesado como una manta de plomo sobre los hombros. Mateo cerró los ojos para agudizar el oído, dejando que su mente mapeara el espacio a través de las vibraciones que subían por el suelo. Había instalado sensores de cuerda en los accesos, una red invisible de hilos de pescar y contrapesos que solo un artesano de la precisión sabría interpretar.
Una vibración irregular recorrió las baldosas, transmitiéndose a través de las suelas de sus botas. No se trataba de un intruso solitario. Eran varios, moviéndose con una sincronía que resultaba antinatural para cualquier ser humano. La Guardia de la Perfección había llegado.
—Están aquí —dijo Mateo, sintiendo cómo su pulso se ralentizaba para entrar en el ritmo de combate—. Han encontrado la brecha en el sellado.
—Imposible —masculló la Archivista en la penumbra, aunque su voz carecía de la convicción de antes—. Este refugio ha permanecido oculto durante décadas.
—La perfección no admite secretos, Archivista. Busque su salida. Debemos movernos ahora mismo.
Un estruendo ensordecedor sacudió los cimientos del edificio. La puerta reforzada del sótano voló en pedazos, convertida en una lluvia de astillas por una carga de presión hidráulica. La luz de los visores de la Guardia cortó la oscuridad como cuchillas de plata, barriendo la estancia en busca de objetivos biológicos. Eran figuras estilizadas, revestidas con armaduras de porcelana blanca que absorbían la luz en lugar de reflejarla. Se movían con la exactitud de un cronómetro de alta precisión.
—¡Corra al conducto de ventilación! —gritó Mateo, mientras su mano encontraba una de sus granadas de humo de fabricación casera.
Lanzó el artefacto contra el suelo de piedra. Una nube espesa de hollín y fragmentos metálicos estalló entre ellos y los agresores, creando una barrera visual que debía proporcionarles unos segundos vitales. El sabor metálico del humo le llenó la boca, áspero y asfixiante como ceniza volcánica. Los guardias, sin embargo, no detuvieron su avance. Sus visores de luz filtrada, diseñados para anular cualquier distracción sensorial, les permitían rastrear sombras térmicas en mitad del caos.
—¡No se detienen! —exclamó la Archivista. Un golpe seco indicó que había tropezado con una pila de libros prohibidos.
Mateo se interpuso entre ella y el primer guardia que emergió de la bruma grisácea. Sacó su llave de tensión, un instrumento de acero templado que solía utilizar para ajustar los muelles reales de los relojes de torre. La clavó con precisión quirúrgica en la articulación del hombro del soldado. El metal chirrió contra la porcelana en un lamento estridente. El guardia no emitió quejido alguno. Simplemente giró su torso con una fuerza inhumana y proyectó a Mateo contra la mesa de trabajo.
El impacto le vació los pulmones. Los planos se dispersaron por el suelo, manchándose con el aceite que se vertía del quinqué volcado. Mateo vio a la Archivista intentar alcanzar el túnel de escape, pero una red de captura, disparada desde la oscuridad, se enredó en sus piernas. Ella cayó al suelo con un golpe sordo que resonó en los oídos de Mateo como una sentencia.
—¡Mateo, márchese! —gritó ella, luchando inútilmente contra los filamentos metálicos que comenzaban a cerrarse sobre su piel, apretando con saña.
—¡No pienso dejarla aquí! —rugió él, intentando ponerse en pie mientras el sótano daba vueltas ante sus ojos.
Se lanzó hacia ella, ignorando el dolor punzante que le recorría las costillas. Dos guardias más aparecieron de la nada. Sus movimientos componían una coreografía macabra de eficiencia técnica. Levantaron sus varas de descarga, que zumbaban con una energía azulada, haciendo que el vello de los brazos de Mateo se erizara. El olor a ozono se volvió insoportable, una advertencia eléctrica de la violencia inminente.
La Archivista lo miró con una determinación que él nunca había visto en sus ojos de tinta. Sus dedos buscaron algo en el interior de su túnica y extrajeron un cilindro de latón sellado con cera roja. Con un esfuerzo supremo, lo lanzó hacia Mateo justo cuando los guardias la rodeaban por completo.
—Si no hay retorno para mí, usted debe convertirse en el Return JSON —sentenció ella. Su voz se mantuvo firme a pesar del pánico que empezaba a asomar en su mirada.
Mateo atrapó el cilindro en el aire. El metal estaba frío y pesado, cargado con el peso de mil memorias robadas. Intentó dar un paso hacia ella, pero un impacto de vapor paralizante la golpeó de lleno en el pecho. Los músculos de la mujer se tensaron en una convulsión final antes de relajarse en una flacidez absoluta. Su mirada se volvió vacía, despojada de la inteligencia y la malicia que la definían.
—¡No mire atrás, Mateo Sebastián! —fue su última instrucción, un susurro que se perdió antes de que los guardias la arrastraran hacia la luz cegadora de la superficie.
Mateo se quedó solo en la penumbra del sótano destruido. Los pasos de la Guardia se alejaban, llevándose a su única aliada, a su mentora, a la mujer que le había enseñado que su vacío era, en realidad, una oportunidad. El silencio que quedó era un espejo empañado donde solo alcanzaba a ver su propia impotencia. No podía permitirse el lujo de la parálisis. El cilindro en su mano vibraba con una urgencia mecánica, recordándole que la misión trascendía cualquier vida individual.
Se arrastró hacia el conducto de ventilación, una boca de sombra que prometía una huida hacia la miseria de los niveles inferiores. El espacio era estrecho y olía a óxido viejo. Al entrar, el metal raspó sus hombros, recordándole su propia fragilidad física. Avanzó a ciegas, guiado únicamente por el tacto de las paredes rugosas y el eco lejano de las botas de la Guardia que aún registraban el edificio superior.
El conducto desembocaba en el sistema de alcantarillado del distrito. Mateo cayó sobre una plataforma de piedra resbaladiza, rodeado por el agua helada que corría con un murmullo indiferente a su tragedia. El frío era cortante, un cuchillo que buscaba el tuétano de sus huesos. Se puso de pie, temblando violentamente, mientras el goteo rítmico del agua imitaba el latido de un corazón aterrado.
Estaba solo. Físicamente solo en las entrañas de una ciudad que deseaba borrar su existencia. Sacó el cilindro de latón de su chaqueta. Sus manos, entumecidas, apenas podían sostenerlo. Rompí el sello de cera con la uña y desenroscó la tapa con un movimiento torpe. Esperaba encontrar un pergamino o una serie de códigos que pudiera memorizar. En su lugar, halló un cristal de memoria parpadeante, una gema tallada con mil facetas que contenía el código de unión.
Al activarlo con un toque de su pulgar, una proyección holográfica mínima iluminó las paredes húmedas de la alcantarilla. El código se desplegó ante sus ojos, una cascada de datos que reconoció de inmediato. Era el protocolo final, la secuencia que abriría las bóvedas del Banco de Reflejos. Sin embargo, al llegar al final de la cadena de datos, su respiración se detuvo. Faltaba una clave esencial. El código estaba incompleto. Un mensaje de error parpadeaba en rojo, proyectando una luz sangrienta sobre el agua sucia.
«Requiere Hash de Identidad Original».
La Archivista no se lo había mencionado. Quizás ella misma lo desconocía. Para ejecutar el «Return JSON», el sistema exigía la clave final que solo podía ser generada por una memoria pura, una que no hubiera sido procesada ni filtrada por el Banco. Esa clave estaba grabada en el fragmento de identidad que la Corona le había arrebatado cuando era apenas un niño. El mismo fragmento que él pretendía recuperar para volver a ser un hombre completo.
—No me olvidaré —susurró Mateo en la oscuridad, cerrando el cilindro con fuerza—. No me olvidaré de ella, ni de lo que represento.
El eco de sus propias palabras fue la única respuesta que obtuvo. El agua seguía su curso, llevándose los restos de su esperanza hacia el mar, mientras él permanecía allí, atrapado entre una misión imposible y una identidad fragmentada. La clave para salvar al reino estaba encerrada dentro de su propia mente, en un lugar al que no podía acceder sin convertirse en el mismo monstruo que intentaba destruir.
Caminó por el túnel con el agua llegándole a los tobillos. Cada paso era una lucha contra el agotamiento y contra el deseo de dejarse caer para que la corriente decidiera su destino. El tic-tac de su reloj de bolsillo, ese ritmo constante y fiel, lo mantenía anclado a la realidad. El tiempo no se detenía para nadie, ni siquiera para aquellos que habían perdido su propia historia.
La alcantarilla se abría en un laberinto de túneles que se cruzaban como las arterias de un gigante dormido. Sabía que debía encontrar un lugar seguro, un rincón donde la Guardia no pudiera rastrear su disonancia. Pero en este reino de supuesta perfección, la seguridad era una ilusión que se desvanecía al primer rayo de sol. Se detuvo frente a una rejilla que daba a un callejón lateral. Arriba, el cielo de la ciudad mostraba un azul eléctrico, artificialmente limpio y desprovisto de nubes. Era una cúpula de cristal que los mantenía a todos bajo vigilancia, un recordatorio constante de que Doña Beatriz Elvira de Zúñiga y Mendoza los observaba desde su trono de olvido.
—Algún día, este cielo se romperá —dijo para sus adentros, apretando el cilindro contra su pecho.
Sintió una punzada de dolor en la muñeca, justo donde la cicatriz de la Extracción marcaba su piel. Era una sensación familiar, un recordatorio físico de lo que le faltaba. La Archivista se había ido, Paco estaba herido o capturado, y él era el único que quedaba con los planos de la libertad. El peso de la responsabilidad era una carga que sus hombros no estaban preparados para soportar, pero no existía otra opción.
El mundo se sentía como un mecanismo que se había quedado sin aceite, chirriando y saltando dientes con cada movimiento. Él era el relojero que debía repararlo, pero le faltaban las piezas esenciales para completar la obra. Se preguntó si Lulú estaría a salvo, si Dieguito habría logrado escapar de la redada masiva. La incertidumbre era un veneno que corría por sus venas, más letal que cualquier descarga eléctrica de la Guardia de la Perfección.
Se sentó en el suelo húmedo, apoyando la cabeza contra la pared de piedra fría. El frío ya no le molestaba tanto; se había convertido en una parte de su ser, una extensión de su propio vacío interno. Saqué el reloj de bolsillo y lo abrió. La esfera brillaba con una luz tenue, marcando los segundos con una precisión que le resultaba reconfortante.
—Cincuenta y nueve, sesenta —contó en voz baja.
Cada minuto que pasaba lo alejaba de la Archivista y lo acercaba al final del camino. Debía encontrar a los demás. Valentina tendría información; tal vez ella supiera dónde llevaban a los prisioneros de la resistencia. Pero confiar en ella era como jugar con fuego en un almacén de pólvora. El cilindro de latón parecía quemarle a través de la tela de su chaqueta. Era el objeto más peligroso del reino, y él era su único guardián. Si la Guardia lo encontraba, no solo lo borrarían a él; borrarían la última oportunidad de que el pueblo recuperara su alma.
Un ruido lejano, como el de una maquinaria pesada poniéndose en marcha, resonó a través de las tuberías. Era el sonido del Banco de Reflejos procesando una nueva carga de memorias. Mateo pudo sentir la vibración en sus dientes, una frecuencia baja que hacía que su mente se sintiera como un sintonizador fuera de estación. Estaban borrando a alguien en ese preciso instante. Tal vez a ella.
Se puso de pie de un salto, impulsado por una rabia repentina que quemó el frío de sus huesos. No podía quedarse allí sentado esperando a que el olvido los consumiera a todos. Si la clave estaba en su propia memoria, entonces tendría que entrar en el Banco no solo como un ladrón, sino como una parte integral del sistema. Tendría que engañar a la máquina más sofisticada jamás creada por el hombre.
—Voy a por ti, Archivista —prometió, aunque sabía que ella ya no podía oírle—. Y voy a por lo que me pertenece por derecho.
Empezó a caminar de nuevo, esta vez con un propósito renovado. Sus zancadas se ensancharon y el cansancio pareció retroceder ante la determinación que se había instalado en su pecho. La alcantarilla ya no era una prisión; era un camino, una ruta secreta hacia el corazón del enemigo. El agua salpicaba a su alrededor, creando un ritmo musical que lo acompañaba en su descenso hacia las profundidades del Distrito de los Engranajes Olvidados.
Al llegar a una intersección de túneles, se detuvo. Una luz tenue se filtraba desde arriba, revelando una escalera de hierro que subía hacia la superficie. No sabía dónde desembocaba exactamente, pero sentía que era el momento de salir de las sombras. Guardó el cilindro con cuidado y empezó a subir, peldaño a peldaño, sintiendo el metal frío bajo sus dedos. Al llegar arriba, empujó la pesada tapa de la alcantarilla y asomó la cabeza.
Estaba en un callejón estrecho, rodeado por edificios altos de ladrillo rojo que parecían inclinarse sobre él. El aire era fresco, cargado con el olor a carbón y vapor de las fábricas cercanas. No había nadie a la vista, pero el silencio era tenso, como una cuerda de violín a punto de romperse bajo el arco. Salió del agujero y volvió a colocar la tapa en su sitio con cuidado de no hacer ruido. Se sacudió el agua de las ropas y se ajustó la chaqueta, intentando parecer un ciudadano común que simplemente regresaba de un turno nocturno agotador.
Caminó hacia la calle principal, manteniendo la cabeza baja para ocultar su rostro. Los carteles de la Corona estaban por todas partes, mostrando rostros sonrientes y lemas sobre la paz y la armonía social. «El Olvido es Nuestra Fortaleza», rezaba uno de ellos. Mateo sintió una náusea repentina al leer aquellas palabras. La fortaleza de Doña Beatriz estaba construida sobre los cimientos de sus vidas robadas.
Se cruzó con un grupo de ciudadanos que se dirigían al trabajo. Caminaban con una uniformidad aterradora, sus rostros desprovistos de cualquier expresión que no fuera una calma superficial y vacía. Eran como autómatas, moviéndose por inercia en un mundo que ya no les pertenecía. Se preguntó cuántos de ellos tendrían sus recuerdos encerrados en el Banco, esperando a que alguien los liberara de su letargo.
—Disculpe —dijo un hombre al chocar ligeramente con él. Su voz era plana, sin rastro de molestia o sorpresa.
—No ha sido nada —respondió Mateo, intentando imitar su tono monótono.
El hombre asintió y siguió su camino sin siquiera mirarlo a los ojos. Aquella interacción le recordó lo fácil que era desaparecer en esta sociedad. Si no causabas problemas y no mostrabas emociones, eras invisible. Era la ventaja estratégica que necesitaba para llegar al Banco de Reflejos.
Llegó a una plaza circular donde una gran fuente de cristal lanzaba chorros de agua hacia el cielo artificial. En el centro, una estatua de Doña Beatriz se alzaba con una mano extendida, como si estuviera bendiciendo a la ciudad. Sus ojos de mármol parecían seguirlo, una mirada gélida que le recordaba que ella era la arquitecta de aquel laberinto de cristal. Mateo se sentó en un banco cercano, observando el movimiento de la plaza. Necesitaba un plan de infiltración. El cilindro de latón era la llave, pero sin la parte final del código, resultaba inútil. Tenía que encontrar la forma de acceder a su propia memoria antes de intentar el asalto final.
—Paco —susurró para sí mismo.
Si su mentor seguía vivo, él sabría cómo recuperar un fragmento específico sin activar las alarmas del sistema central. Paco había ayudado a construir las bóvedas; conocía sus debilidades y sus puntos ciegos. Pero Paco estaba en manos de la Corona, y rescatarlo sería tan difícil como entrar en el propio Banco.
De repente, una mano se posó en su hombro. El primer instinto de Mateo fue golpear, pero una voz familiar lo detuvo en seco.
—No haga ruido, quillo. Camine conmigo y no mire atrás por nada del mundo.
Era Rafael. Su acento andaluz, aunque susurrado con urgencia, era inconfundible. Mateo sintió una oleada de alivio que casi lo hace caer del banco. Se puso de pie y caminó a su lado, manteniendo la vista al frente mientras se alejaban de la plaza de la reina.
—Rafa, ¿estás bien? ¿Dónde están los demás? —preguntó Mateo en voz baja.
—Mal, Mateo. Estamos muy mal. La redada ha sido una carnicería —respondió él, su ritmo musical habitual teñido de una gravedad inusual—. A la Archivista se la han llevado al Nivel 4. Y a Paco... a Paco le están haciendo algo mucho peor.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Lo están usando como procesador biológico, Mateo. Sus recuerdos son tan densos y antiguos que los están utilizando para estabilizar el núcleo del Sol Negro. Lo están consumiendo vivo, bit a bit.
Mateo sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Paco, el hombre que le había enseñado todo sobre la mecánica del alma, estaba siendo utilizado como combustible para la máquina que más odiaba. La rabia que sentía antes no era nada comparada con el fuego que ahora ardía en su interior.
—Tenemos que sacarlos de allí —dijo Mateo, con una voz firme y fría como el acero de sus herramientas.
—Es un suicidio, quillo. Pero supongo que ya lo sabías —Rafa lo miró de reojo, y Mateo vio en sus ojos la misma determinación suicida—. Lulú nos espera en el muelle. Tiene un plan, pero no te va a gustar ni un pelo.
—En este momento, dudo que me guste nada de lo que está pasando —respondió Mateo—. Guíame hasta ella.
Caminaron en silencio por las calles de la ciudad, dos sombras moviéndose a través de un mundo de luz artificial. El cilindro de latón pesaba en su bolsillo, un recordatorio constante de que la verdad tenía un precio altísimo, y que estaban a punto de pagarlo con todo lo que les quedaba. Al llegar a los muelles, el olor a salitre y brea le llenó los pulmones. Era un lugar sucio y ruidoso, el único rincón que la Corona no había logrado esterilizar por completo.
Lulú estaba allí, escondida tras una pila de cajas de madera. Su rostro estaba iluminado por la luz de una pequeña linterna de mano.
—Mateo —dijo ella, lanzándose a sus brazos en un abrazo breve pero intenso—. Pensé que te habíamos perdido en el sótano.
—La Archivista se aseguró de que no fuera así —respondió él, separándose con suavidad—. Me dio esto antes de que se la llevaran.
Le mostró el cilindro de latón. Los ojos de Lulú se abrieron de par en par al reconocer el objeto.
—El Return JSON —susurró ella—. ¿Está completo el código?
—No. Falta la clave de identidad. Mi clave original.
Lulú guardó silencio por un momento, procesando la información. Sabía perfectamente lo que eso significaba. Para terminar la misión, Mateo tendría que enfrentarse a su pasado de una forma que podría destruirlo por completo.
—Entonces no tenemos otra opción —dijo ella, mirando hacia el horizonte, donde la silueta del Banco de Reflejos se alzaba como una montaña de cristal y acero—. Tenemos que entrar esta misma noche. Antes de que borren a la Archivista y consuman lo que queda de Paco.
—¿Cuál es el plan? —preguntó Mateo.
Lulú sonrió, una expresión valiente que no lograba ocultar el miedo que brillaba en sus ojos.
—Vamos a entrar por la puerta principal, Mateo. Como ciudadanos ejemplares que han decidido entregar sus últimos recuerdos voluntariamente.
Mateo miró hacia el Banco, sintiendo cómo el tic-tac de su corazón se sincronizaba con el de su reloj de bolsillo. La batalla final estaba a punto de comenzar. Él no era más que un relojero con un cilindro de latón y un vacío en el alma, pero a veces, para arreglar un mundo roto, se necesita a alguien que no tenga nada que perder.
—Hagámoslo —sentenció.
El viento sopló desde el mar, trayendo consigo el eco de mil voces olvidadas que pedían ser escuchadas. Por primera vez en su vida, Mateo sintió que su vacío no era una ausencia, sino una promesa. Sin embargo, al acariciar el cilindro una última vez, notó algo que no había visto antes. En la base del metal, grabadas con una letra minúscula que solo un ojo experto podría detectar, había tres palabras que hicieron que su sangre se congelara.
«Propiedad de Mendoza».
El cilindro que debía liberar al pueblo no era una creación de la resistencia. Era una herramienta de la propia Doña Beatriz. Mateo acababa de comprender que había caminado directamente hacia una trampa diseñada con una precisión milimétrica. El código no estaba incompleto por accidente; estaba diseñado para que solo él, con su identidad robada, pudiera activarlo. ¿Qué quería la reina que hiciera con el código de unión?
La respuesta estaba en el Banco, y el tiempo se agotaba. Cada segundo que pasaba, el engranaje del destino giraba un diente más. El silencio de los engranajes era más aterrador que cualquier estruendo, porque en ese silencio se escondía la verdad que todos habían olvidado. Se giró hacia Lulú y Rafa, ocultando su descubrimiento. No podía decírselo ahora; necesitaba que siguieran creyendo. Pero en su interior, la duda empezó a crecer como una hiedra venenosa. Si el Return JSON era una trampa, entonces su propia identidad era el cebo. Y él estaba a punto de morderlo con los ojos bien abiertos.
—Vamos —dijo, con una falsa confianza que le dolió en el pecho.
Caminaron hacia la oscuridad, dejando atrás los muelles. El Banco de Reflejos los esperaba con sus paredes de cristal brillando bajo la luna artificial, un monumento a la perfección que pronto se convertiría en su campo de batalla. Mateo Sebastián de la Cruz y Valenzuela sabía ahora que la llave de su libertad podría ser, en realidad, su cadena definitiva. El cilindro en su bolsillo se volvió más pesado con cada paso, un peso muerto que le recordaba que la verdad es un arma de doble filo que siempre corta al que la empuña.