Capítulo 7: El latido del bronce
El aire en el taller se espesaba, una mezcla nauseabunda de aceite rancio y esa lavanda omnipresente que se pegaba al paladar. En este rincón del reino, la perfección no era una elección, sino una bota sobre el cuello, una obligación estética que se filtraba hasta en las alcantarillas más profundas. El aroma floral, impuesto por los decretos de Doña Beatriz Elvira de Zúñiga y Mendoza, flotaba en nubes invisibles que intentaban, sin éxito, asfixiar el olor a sudor de los engranajes. Mateo odiaba aquel perfume con una intensidad física. Le raspaba la garganta, recordándole a cada segundo que su vida entera había sido diseñada para ser agradable a la vista, aunque por dentro fuera una cáscara vacía.
Frente a él, sobre el banco de trabajo de madera astillada, descansaba el prototipo de la cerradura de resonancia. La pieza de latón pulido devolvía un reflejo distorsionado de su rostro, una superficie tan lisa que recordaba al hielo negro de los estanques en invierno. No había ojo para la llave. No existían ranuras donde introducir una ganzúa tradicional, ni pernos visibles que pudieran ser manipulados por la fuerza. Parecía un órgano vital arrancado de las entrañas de alguna bestia mecánica, algo que palpitaba con una vida propia y gélida.
Mateo sostuvo el escariador de acero templado. Sus nudillos estaban blancos por la presión. Acercó la punta con la cautela de quien intenta desarmar una trampa para osos. Antes de que el metal tocara el bronce, la cerradura reaccionó. Una capa fina de aceite denso, oscuro como la bilis, brotó de los poros del mecanismo. El latón estaba sudando. Era una respuesta biológica, un mecanismo de defensa que hacía que sus dedos resbalaran sobre la superficie fría.
—Maldita perfección —masculló Mateo. Limpió la herramienta con un trapo manchado de grasa en su delantal—. En este lugar, ni siquiera el acero es capaz de ser honesto.
—¿Sigue peleando con esa cosa, Mateo?
La voz de Lucía Fernanda Reyes y Solano, su querida Lulú, cortó la tensión del taller. Estaba apoyada en el marco de la puerta, con la silueta recortada contra la luz mortecina del pasillo. Su mirada era una mezcla incómoda de lástima y esa admiración silenciosa que siempre lograba que el pulso de Mateo se acelerara por las razones equivocadas. Su sola presencia traía consigo un cambio en la atmósfera, un soplo de aire que no sabía a flores de invernadero ni a metal viejo.
Lulú avanzó hacia el centro de la estancia. El tintineo rítmico de sus pulseras de plata compitió con el tic-tac incesante de los relojes que cubrían las paredes, una cacofonía de segundos que se escapaban.
—No es una pelea —respondió él, sin apartar los ojos del bronce—. A estas alturas, lo llamaría una negociación diplomática. Pero esta cerradura es más terca que un mulo de carga.
—Paco dice que el Banco de Reflejos no guarda secretos, sino que los devora —Lulú se cruzó de brazos, observando el mecanismo con recelo—. Quizás esa pieza no está intentando resistirse, sino que está buscando la forma de comerte las manos.
—Paco siempre ha tenido una inclinación por el drama —mintió Mateo.
Don Francisco Javier Garcés y Aranda, su mentor, rara vez se equivocaba sobre los mecanismos que él mismo había ayudado a parir en sus años de gloria. Mateo volvió a la carga. Sujetó el escariador con una fuerza renovada, buscando un punto de apoyo, un muelle real, cualquier debilidad en la armadura del bronce. El aire se volvió pesado, cargado de una electricidad estática que erizaba los vellos de sus brazos. Intentar forzar lo que nació para ser inviolable tenía un precio. Sintió una resistencia elástica, una presión que le devolvía el empuje, como si estuviera tratando de doblar la rama de un sauce sumergida en brea.
Ignoró la advertencia rítmica que vibraba en su muñeca. Aplicó una presión excesiva, un giro desesperado. Un chasquido seco, similar al de un hueso al quebrarse, retumbó en las cuatro paredes del taller. La punta de la ganzúa de precisión saltó por los aires, describiendo una parábola metálica antes de perderse en las sombras.
Un latigazo de calor le recorrió el brazo. El metal partido le había tajado la yema del dedo índice con la limpieza de un bisturí. La sangre brotó de inmediato, un rojo escandaloso y vibrante que manchó el latón inmaculado. Mateo soltó la herramienta, que cayó al suelo con un estrépito sordo, y se llevó la mano al pecho, apretando la herida con fuerza.
—¡Mateo! —Lulú se lanzó hacia él, atrapando su muñeca antes de que pudiera protestar.
—Estoy bien, Lulú. Es solo un rasguño, un gaje del oficio —dijo, aunque el pulso le martilleaba con una intensidad dolorosa en la punta del dedo.
—No seas necio, que la terquedad no cierra heridas —lo regañó ella. Lo arrastró hacia la pequeña estufa de hierro donde siempre hervía una tetera—. Mira cómo tiemblas. Pareces un pajarito asustado después de una tormenta.
Lo obligó a sentarse en su taburete desvencijado, aquel que crujía bajo su peso como si compartiera sus penas. El mundo de Mateo se estrechó, convirtiéndose en un túnel donde solo existía el fracaso y el dolor punzante. Se sentía pequeño, un impostor que jugaba a ser maestro relojero sin poder recordar quién demonios le había enseñado a sostener una pinza por primera vez. Lulú encontró un trapo limpio y comenzó a limpiar la sangre con una delicadeza que le dolía más que el corte mismo. Sus manos eran cálidas, seguras.
—Toma —dijo ella, extendiéndole una taza de cerámica desconchada—. El té de piñones todavía está caliente. Te ayudará a recuperar el juicio, que parece que lo has dejado en el fondo de esa cerradura.
Mateo aceptó la taza. Dejó que el calor de la cerámica se filtrara en sus palmas frías, buscando un ancla en la realidad. El vapor subió en espirales, trayendo consigo el aroma del bosque, un olor terroso y auténtico que logró rasgar la niebla de lavanda que lo asfixiaba. Se quedó mirando el fuego del pequeño horno donde solía fundir el plomo. El crujido rítmico de la madera al consumirse era el único reloj en toda la habitación que no le exigía nada, que no le recordaba su propia insuficiencia.
—¿Crees que podré hacerlo? —preguntó Mateo. Su voz no era más que un murmullo que se perdía entre el vapor del té.
—Has abierto cajas fuertes que harían llorar de frustración a un ministro, Mateo —respondió Lulú, sentándose en el suelo, a su lado—. Pero esto... esto es harina de otro costal. No estás intentando forzar una puerta de hierro. Estás intentando entrar en la cabeza de alguien.
—En mi propia cabeza, tal vez —corregió él, con amargura—. El Banco de Reflejos tiene mi identidad bajo llave. Si no soy capaz de abrir este prototipo, nunca recuperaré lo que Doña Beatriz me arrancó del pecho.
—A veces —intervino una voz ronca que surgió de la penumbra del fondo del local—, para abrir una puerta no hace falta empujar con el hombro, sino aprender a escuchar el paso de quien camina al otro lado.
Don Francisco Javier Garcés y Aranda, Paco para quienes aún conservaban un gramo de humanidad, emergió de las sombras del almacén. Caminaba con la pesadez de quien carga con demasiados inviernos y demasiados secretos en la espalda. Se rascó la barba gris, descuidada, y clavó en Mateo sus ojos nublados por el humo de mil cigarros prohibidos.
—Esa cerradura no está hecha de acero, muchacho —sentenció Paco, apoyando todo su peso en un bastón de madera de ébano—. Por dentro, está hecha de memoria pura. Reacciona a la intención del alma, no a la fuerza de los músculos.
—He usado todas las herramientas que tenemos, Paco —protestó Mateo, señalando el desastre sobre la mesa—. El escariador se parte como si fuera de cristal, las pinzas resbalan. El metal suda ese maldito aceite cada vez que intento acercarme.
—Porque huelen tu miedo, quillo —intervino Rafael Montes y Delgado, apareciendo tras Paco con un fardo de suministros al hombro—. Esas máquinas nuevas son como perros de presa. Si huelen que vas a por ellas con malas pulgas, muerden. Y muerden fuerte.
Rafa dejó caer el fardo en el suelo con un golpe sordo que levantó una nube de polvo. Su acento andaluz, vibrante y cálido, siempre actuaba como un recordatorio de que el mundo era mucho más vasto y salvaje que las paredes de aquel reino perfumado. Se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano y le guiñó un ojo a Mateo.
—Lo que tú necesitas es ritmo, pisha —añadió Rafa—. Un compás que el metal reconozca como propio. No puedes entrar a empujones en una casa que te conoce mejor que tú mismo.
Mateo guardó silencio, procesando las palabras de sus amigos. Sus manos parecían recordar cosas que su mente insistía en ocultarle, pero su intelecto estaba demasiado ocupado intentando controlar cada movimiento, cada variable. Dejó la taza de té a un lado. El calor del brebaje le había devuelto una calma líquida, una claridad que comenzó a fluir por sus venas como el mercurio. Se levantó sin decir palabra y buscó en el cajón de las herramientas especiales, aquel que solo abría en las noches de insomnio.
Extrajo su estetoscopio de latón, una pieza de artesanía fina que Paco le había regalado años atrás.
—¿Qué tripa se te ha roto ahora? —preguntó Dieguito, asomando su cabeza rizada por la ventana abierta.
Diego Armando Ortiz y Pineda siempre andaba por allí, moviéndose como un duende curioso entre los tejados. Sus ojos brillaban con la expectación de quien espera ver un truco de magia que desafíe las leyes de la física.
—Voy a invitarla a pasar —murmuró Mateo, más para convencerse a sí mismo que para informar a los demás.
Se colocó las olivas del estetoscopio en los oídos, aislándose del mundo exterior. El sonido de la respiración de Lulú y el carraspeo de Paco se desvanecieron. Apoyó la campana de metal sobre el cuerpo frío de la cerradura. Al principio, solo percibió el silencio estéril del vacío, una nada mecánica que resultaba desalentadora. Pero luego, muy en el fondo, en el núcleo mismo del bronce, percibió un latido.
No era el tic-tac previsible de un escape de áncora. Era un susurro asincrónico, un murmullo de voces atrapadas en la aleación, una marea de ecos que chocaban contra las paredes internas. Mateo cerró los ojos. El taller dejó de existir. Ya no había estufa, ni té frío, ni amigos observándolo con el aliento contenido. Solo estaban la cerradura y él, flotando en una oscuridad compartida.
Comenzó a tararear una melodía suave, una canción de cuna que brotó de sus labios sin que supiera de dónde venía. Era un ritmo de tres por cuatro, lento, constante, casi hipnótico. La cerradura emitió una frecuencia discordante, un chirrido agudo que intentó perforarle los tímpanos y desorientarlo. Mateo sintió la vibración del metal en sus propios dientes, un escalofrío que le recorrió la columna vertebral como una descarga.
No se detuvo. Ajustó su tarareo, sincronizando su respiración con el latido interno del mecanismo.
—Tranquila —susurró contra el metal, sintiendo el frío en los labios—. Solo quiero ver qué guardas ahí dentro. No soy un extraño. Soy quien te dio voz.
Buscó una pluma de ave en su mesa de trabajo y la humedeció en aceite de ballena, el lubricante más puro y costoso que poseía, capaz de suavizar hasta el rencor más antiguo. Con una delicadeza que rozaba lo irreal, introdujo la punta de la pluma en el minúsculo poro que antes sudaba aceite. Sintió cómo los tambores reflectantes en el interior comenzaban a girar. No se movían impulsados por engranajes físicos, sino por pura simpatía armónica.
—Eso es —murmuró con una sonrisa triste—. Sigue el compás. No te resistas.
Podía sentir el roce de los discos de cristal en el interior, alineándose como planetas en una conjunción perfecta que solo ocurría una vez cada mil años. Pero entonces, llegó al último perno. Era el guardián final, una barrera que no cedía ante el ritmo ni ante el aceite. El estetoscopio le devolvió un sonido hueco, un vacío voraz que exigía ser llenado con algo más que música.
—Pide un sacrificio —la voz de Paco llegó desde una distancia infinita, como un eco en un pozo.
—¿Un sacrificio? —preguntó Mateo, manteniendo los ojos cerrados para no romper el hechizo.
—El Banco no se abre gratis, muchacho —explicó el viejo relojero—. Tienes que darle algo que valga la pena guardar. Un fragmento de verdad que aún te pertenezca.
Mateo se concentró en el vacío del perno. Buscó en su pecho, hurgando en ese agujero negro que la Extracción le había dejado como herencia. Encontró un destello, un recuerdo minúsculo que había sobrevivido en los márgenes de su mente, como una brizna de hierba en el desierto: el olor a pan quemado en la cocina de su madre, un domingo por la mañana, antes de que el mundo se volviera gris y perfecto. Era un dolor antiguo, una punzada de pérdida que siempre había intentado ignorar para no volverse loco.
Visualizó ese recuerdo, el calor de la cocina, el sonido de una risa lejana, y lo empujó hacia sus dedos, hacia la pluma de ave, hacia el corazón de la cerradura. El metal pareció inhalar, aceptando la ofrenda.
Una luz azul pálida, fría como el hielo de un glaciar, emanó del ojo invisible de la cerradura. El resplandor iluminó sus manos, revelando cada cicatriz, cada mancha de aceite y la venda improvisada en su dedo. Un clic sonoro, más dulce que cualquier melodía que hubiera escuchado jamás, resonó en el taller. La tensión mecánica que le había entumecido los brazos desapareció de golpe. La cerradura se abrió, dividiéndose en dos mitades perfectas que cayeron sobre la mesa como los pétalos de una flor de metal que acabara de florecer.
—¡Lo lograste, por los clavos de Cristo! —gritó Dieguito, saltando por la ventana hacia el interior del taller con una agilidad asombrosa.
Lulú soltó un suspiro de alivio tan profundo que pareció desinflar toda la tensión acumulada en la habitación. Se acercó a la mesa y contempló el interior del mecanismo, donde los cristales aún conservaban un rastro de ese brillo azulado, como si guardaran un pedazo de cielo nocturno.
—Ya sé cómo entrar —dijo Mateo. Sus piernas temblaban tanto que tuvo que sentarse de nuevo. Dejó que el estetoscopio colgara de su cuello como un amuleto inútil. Sus manos aún vibraban con la energía del mecanismo.
Rafa se acercó y le propinó una palmada en el hombro que casi lo manda al suelo.
—Eres un fenómeno, quillo —rio Rafa—. Ni los capitanes de la guardia tienen manos tan finas para estas lides.
—No ha sido solo habilidad —admitió Mateo, mirando a Paco con una intensidad nueva—. Ha sido... como si la cerradura me conociera. Como si me estuviera esperando.
Paco no respondió de inmediato. Se limitó a asentir, pero Mateo vio una sombra de preocupación genuina en sus ojos nublados. El viejo se acercó a la mesa y desplegó el mapa del Banco de Reflejos que habían estado estudiando durante semanas. El pergamino estaba áspero bajo los dedos de Mateo, y la tinta negra brillaba bajo la luz de las velas como si estuviera fresca.
—Esta cerradura que acabas de abrir —dijo Paco, señalando un punto neurálgico en el plano— es solo el modelo de entrenamiento. Es la que protege los archivos de la periferia, los recuerdos de los plebeyos. La cámara principal, donde guardan los Reflejos de la aristocracia y de la propia Doña Beatriz, es diez veces más compleja.
—Pero el principio es el mismo, ¿verdad? —preguntó Lulú, inclinándose sobre el mapa, con un mechón de pelo cayendo sobre su rostro—. Resonancia y memoria.
—En teoría —respondió Paco, encendiendo un cigarro que inundó el aire con un humo acre—. Pero allí arriba, en el corazón del Banco, el aire no solo huele a lavanda. Allí el aire es tan denso que cuesta respirar. Los recuerdos acumulados de miles de personas crean un campo de gravedad emocional. Si no mantienes el ritmo, si te dejas llevar por la tristeza de otros, te perderás en sus pensamientos antes de que pongas un pie en la cámara.
Mateo se fijó en el mapa. Tomó un lápiz de grafito y marcó el punto exacto donde su resonancia había sido más fuerte. Al hacerlo, un frío glacial le recorrió la espalda. La disposición de los tambores que acababa de descifrar coincidía exactamente con un boceto que había encontrado en su viejo cuaderno de aprendiz hacía meses, un dibujo que él no recordaba haber trazado.
—Paco —dijo Mateo, y su voz tembló ligeramente—. ¿Quién diseñó realmente las seguridades del Banco de Reflejos?
El viejo relojero exhaló una nube de humo, evitando el contacto visual.
—Muchas manos trabajaron en esa obra, Mateo. Fue el proyecto estrella de la Corona. Doña Beatriz quería lo mejor, lo más avanzado que la ciencia y la magia pudieran ofrecer.
—No me mientas —insistió Mateo, señalando el mecanismo abierto—. Esta cerradura no solo reaccionó a mi ritmo. Reconoció mi firma. Los pernos se alinearon con la presión de mis dedos antes incluso de que yo supiera dónde ponerlos.
Lulú lo miró con los ojos muy abiertos, su mano volando hacia su boca. El silencio en el taller se volvió tan pesado como el plomo fundido. Incluso Dieguito dejó de juguetear con los resortes, captando la gravedad que emanaba de Mateo.
—¿Estás diciendo que tú... tú construiste eso? —susurró Lulú.
—No lo sé con certeza —respondió él, mirando sus manos como si pertenecieran a un extraño—. Pero si yo diseñé las seguridades del Banco antes de que me robaran la memoria, entonces la llave maestra no es un objeto que podamos fabricar.
—¿Entonces qué es? —preguntó Rafa, frunciendo el ceño con confusión.
—Soy yo —la certeza de esas palabras golpeó a Mateo como un mazo—. Mi propia identidad es la que abre esas puertas. Doña Beatriz no solo me quitó el pasado; me convirtió en el cerrojo vivo de su propia prisión. Me usó para crear la jaula y luego me tiró dentro sin las llaves.
Mateo se levantó y caminó hacia la ventana. Fuera, la ciudad de la perfección obligatoria brillaba bajo la luz de una luna indiferente. Todo parecía en orden, tranquilo, hermoso de una manera artificial. Pero él sabía que bajo esa superficie de cristal, miles de personas vivían con huecos sangrantes en el pecho, con dolores que no podían nombrar porque les habían robado las palabras para expresarlos.
—Si yo lo construí, yo puedo destruirlo —declaró Mateo, volviéndose hacia sus amigos con una chispa de fuego en la mirada.
—Es un suicidio, muchacho —dijo Paco, aunque no había rastro de disuasión en su voz, solo una triste y profunda aceptación—. Entrar en el Banco con tu propia firma es como entrar en una trampa que sabe exactamente cómo cerrarse sobre ti para que no escapes nunca.
—Entonces tendré que ser más rápido que la trampa —respondió Mateo. Se acercó de nuevo a la mesa y tomó el mapa con determinación. Sus dedos recorrieron las líneas de los pasillos, las bóvedas y los conductos de ventilación. Cada trazo parecía despertar un eco en su mente, una sensación de déjà vu que le hacía hervir la sangre—. Dieguito, necesito que verifiques las guardias en el sector norte. Si el mapa es correcto, hay un cambio de turno cada tres horas sincronizado con el reloj de la torre principal.
—A la orden, Mateo —dijo el chico, poniéndose firme con una sonrisa traviesa—. Seré una sombra entre las sombras. Ya sabes que nadie ve a Dieguito si Dieguito no quiere ser visto.
—Rafa, prepara el equipo de escalada y las herramientas pesadas —continuó Mateo—. No entraremos por la puerta principal como invitados. Usaremos los conductos de presión anímica. Son estrechos y están cargados de estática, pero tú tienes la fuerza necesaria para abrir las rejillas desde dentro.
Rafa asintió, sus ojos brillando con una determinación feroz que contagiaba.
—Cuenta conmigo, pisha. Esos capitanes de la guardia van a saber lo que es un andaluz cabreado de verdad.
Lulú puso su mano sobre la de Mateo, deteniendo por un momento su frenesí organizativo. Su tacto era cálido, un ancla necesaria en medio de la tormenta que empezaba a gestarse en su interior.
—¿Y yo qué hago, Mateo? —preguntó ella con voz suave pero firme.
—Tú vas a ser mi brújula, Lulú —le dijo él, sosteniéndole la mirada—. Si empiezo a perderme en los recuerdos de otros, si el Banco intenta devorarme con sus ecos, tú tienes que recordarme quién soy. No dejes que me convierta en otro engranaje de Doña Beatriz. Prométemelo.
Ella asintió solemnemente. No hicieron falta más palabras para sellar el pacto. En ese momento, el taller dejó de ser un refugio para convertirse en un cuartel general. El olor a lavanda seguía allí, pero ahora el aroma del aceite de ballena y el sudor del esfuerzo eran mucho más fuertes, más reales.
Mateo se quedó solo un momento frente a la cerradura abierta. Los cristales reflejaban su rostro, pero era una imagen fragmentada por las facetas del mecanismo. Se preguntó cuántas versiones de sí mismo estaban guardadas en las profundidades del Banco. ¿Seguiría siendo el mismo Mateo cuando saliera de allí? ¿O el dolor de recuperar lo perdido lo rompería para siempre en mil pedazos?
Cerró los ojos y escuchó el tic-tac de los cien relojes del taller. Por primera vez en años, todos parecían latir al unísono, una orquesta de bronce que marcaba el inicio de algo inevitable. El mecanismo se había puesto en marcha, y ya no había forma de detener la caída de los pesos.
—Mañana —susurró para la oscuridad del taller—. Mañana recuperaremos lo que nos pertenece por derecho.
Mientras guardaba el mapa en su jubón, una duda persistente le asaltó. Si él había diseñado el Banco, ¿qué otros secretos habría dejado escondidos en sus muros como trampas para sí mismo? ¿Era su pasado un aliado que le tendía la mano, o su peor enemigo? La respuesta aguardaba allí arriba, en la fortaleza de cristal que vigilaba la ciudad desde la colina, esperando a que el arquitecto volviera a casa para reclamar su obra.
Se acercó a la chimenea y vertió los restos del té de piñones sobre las brasas. Las llamas chisporrotearon, lanzando chispas azules que bailaron en el aire antes de desvanecerse en el hollín. Se sentía como un soldado antes de la carga final, con la columna convertida en una barra de acero y el corazón latiendo con un ritmo que ya no le pertenecía solo a él. El mundo se sentía más real, más crudo, como si la capa de perfección de Doña Beatriz se estuviera agrietando bajo sus pies.
—Mateo —llamó Paco desde la puerta, antes de retirarse a sus aposentos—. Ten mucho cuidado. Los recuerdos son como espejos rotos. Si intentas recogerlos todos a la vez, acabarás desangrado antes de darte cuenta.
—Ya estoy sangrando, Paco —dijo Mateo, mirando su dedo vendado con una sonrisa amarga—. Al menos ahora sé por qué duele.
Se quedó mirando la cerradura una última vez. El resplandor azul se había apagado por completo, pero el metal seguía allí, frío y expectante sobre la madera. Era una puerta abierta, y él acababa de encontrar la llave en su propia sangre. Lo que no sabía era que, al cruzar ese umbral, no solo recuperaría su memoria, sino que despertaría algo que el reino llevaba décadas intentando enterrar bajo capas de perfume y olvido.
La noche avanzaba implacable, y el silencio del taller se volvió absoluto, roto solo por su respiración. Solo quedaba el latido de su propio corazón, un compás constante que le recordaba que, a pesar de los vacíos y las mentiras, seguía vivo. Y mañana, ese latido sería el que derribara los muros del Banco de Reflejos.
Se acostó en el pequeño camastro del rincón, pero el sueño se negaba a llegar. En su mente, los engranajes seguían girando, alineando los fragmentos de un rompecabezas que apenas empezaba a comprender. Doña Beatriz creía que el olvido era la paz, pero Mateo iba a demostrarle que la verdad, por muy dolorosa que fuera, era lo único que podía hacerlos libres.
El viento sopló con fuerza contra los cristales de la ventana, trayendo consigo el eco lejano de las campanas de la catedral. Eran las tres de la mañana. El tiempo se agotaba. Al cerrar los ojos por fin, vio una imagen clara: una mujer de cabellos blancos que le sonreía desde un jardín que ya no existía en ningún mapa. No era un Reflejo artificial; era un recuerdo real, vibrante y cálido. Por ese recuerdo, Mateo estaba dispuesto a prenderle fuego al mundo entero si era necesario.
La cerradura sobre la mesa pareció brillar un instante más bajo la luz de la luna antes de quedar sumergida en la oscuridad total. El aprendiz de relojero se había transformado en el ladrón de memorias, y el reino de la perfección nunca volvería a ser el mismo después del amanecer. Se sumergió en un sueño inquieto, preparándose para el asalto que cambiaría su destino. Mañana, el Banco de Reflejos conocería a su creador, y Mateo conocería, por fin, a Mateo Sebastián de la Cruz y Valenzuela.
El aire en el taller se volvió gélido justo antes de que los primeros rayos de sol asomaran por el horizonte, un presagio silencioso de la tormenta que se avecinaba sobre la ciudad. Pero Mateo ya no sentía el frío. El fuego de la verdad ardía en su pecho con una intensidad que nada, ni siquiera el olvido más profundo impuesto por decreto real, podría apagar jamás.