Capítulo 10: El rostro prestado
Polvo y cobre viejo. La casa segura apestaba a ambas cosas. Elara apoyó el hombro contra la pared de piedra del pasadizo oriental, contando latidos hasta que el sonido de la persecución se desvaneció en la nada. Tres días de huida. Tres días descifrando los secretos de la Corona mientras le temblaban las manos y la visión se le emborronaba en los bordes. Tres días evitando lo único de lo que no podía escapar.
De sí misma.
Cassian había salido a revisar el perímetro: su naturaleza insomne lo volvía útil para esas tareas, aunque ella sospechaba que también necesitaba distancia de lo que habían descubierto. El trono devoraba. El panteón no había abandonado sus puestos. Habían sido devorados. Cada revelación cargaba con un peso, y ese peso los estaba aplastando a los dos.
Se separó de la pared. Le dolían las piernas con un agotamiento que le calaba hasta los huesos y que ninguna cantidad de descanso podía curar. La deuda temporal se acumulaba, los intereses se capitalizaban en carne y sangre y años que ella aún no había vivido.
La sala de lavado estaba al final de un corredor estrecho. Agua. Necesitaba agua. Necesitaba quitarse de la piel la mugre de la huida, sentirse limpia aunque solo fuera por un momento.
El espejo de bronce colgaba sobre la palangana como un juez silencioso.
Elara había evitado las superficies reflectantes desde la bóveda. Había captado destellos: sombras periféricas que no encajaban con su recuerdo, la insinuación de algo torcido en la colocación de sus hombros o en la caída de su pelo. Pero no había mirado. No de verdad.
La luz gris del amanecer se filtró por una grieta en la piedra. Cayó sobre la superficie de bronce, iluminando lo que ella se había negado a ver.
La mano se le alzó sin pensamiento consciente. Los dedos tocaron el frío marco metálico.
El rostro que la miraba no era el rostro que ella había llevado consigo a la bóveda.
Canas se entretejían en un cabello que tres días atrás era negro como la tinta. La plata le corría desde las sienes como escarcha que se extiende por un cristal, propagándose en vetas hacia la coronilla. Líneas le surcaban la piel alrededor de los ojos: ojos que habían visto demasiados futuros, futuros que ella nunca viviría porque los había gastado para sobrevivir.
—Eso no...
La voz se le quebró. La estancia se tragó las palabras.
Apretó la palma plana contra el bronce, viendo cómo su reflejo hacía lo mismo. El frío se le filtró en la piel. Poco a poco la mujer del espejo imitó el gesto, y Elara sintió cómo la distancia entre ambas se desplomaba. No había ambas. Solo ella. Solo este rostro prestado, llevando su expresión como una máscara.
—Cinco minutos. —Contó con dedos temblorosos—. Treinta segundos. Tres minutos.
La contabilidad. Tenía que contabilizarlo. Tenía que entender la matemática de su propio robo. Cinco minutos para romper el cifrado de la Corona. Treinta segundos para esquivar la hoja envenenada. Tres minutos para escapar de la bóveda mientras los sellos temporales se desplomaban a su alrededor.
Cada préstamo se le había tallado en la carne con precisión quirúrgica.
—¿Cuántos años es eso?
El espejo no ofreció respuesta. Pero su cuerpo había calculado la suma en la única moneda que conocía.
Se inclinó más cerca. Las líneas alrededor de su boca se habían profundizado. La piel bajo la mandíbula se había aflojado. ¿Cuándo había pasado eso? ¿Cuándo se había convertido en esta desconocida que llevaba la expresión dolorida de su madre?
Un eco temporal centelleó en el borde de su visión. Una luz espectral palpitó junto a su reflejo; no en el espejo, sino en el propio aire. Oyó su propia voz riendo desde un futuro que nunca habitaría. Clara y despreocupada, la risa de una mujer que aún no había aprendido el precio de pedir prestado.
Elara se dio la vuelta.
El eco se desvaneció, dejando solo los muros de piedra húmeda y el fantasma de un sonido.
—Elara.
Cassian estaba en el umbral. El rostro se le quedó flojo. La máscara controlada que llevaba como una armadura se resquebrajó, y ella vio el impacto asentarse en la súbita quietud de su cuerpo. Su mirada se deslizó de su cabello a su cara y a sus manos, inventariando los cambios con la precisión de un erudito que examina un manuscrito dañado.
Ella esperó el cálculo. El instante en que él sopesaría la utilidad que aún le quedaba frente al coste que ya había pagado. Lo había visto hacer valoraciones así antes: al decidir qué informantes sacrificar, qué alianzas perseguir, qué verdades decir y cuáles ocultar.
Él cruzó la cámara en tres zancadas.
Sus brazos se cerraron alrededor de ella antes de que pudiera encogerse. La atrajo contra su pecho, una mano acunándole la nuca, los dedos enredándose en el cabello veteado de gris que ella aún no había aprendido a aceptar.
—Te veo. —Su voz era áspera. Sin guardas. Nada que ver con los tonos medidos que usaba al negociar—. Te veo, Elara. No los años. No el coste. —Su aliento tembló contra su sien—. A ti.
Ella permaneció rígida en su abrazo. El tejido áspero de su capa de viaje le raspó la mejilla. Olía a humo y a aire de invierno y a algo, por debajo, que era simplemente él: cálido y sólido e inesperadamente real.
—Entonces eres el único.
Las palabras se le escaparon antes de que pudiera detenerlas. La voz le tembló en cada sílaba.
Él no la soltó. Si acaso, su agarre se apretó, como si pudiera mantenerla entera a fuerza de pura voluntad. Como si los años que ella había perdido fueran algo que él pudiera devolverle con tal de aferrarse lo bastante fuerte.
—Oí ecos. —Su confesión llegó en voz baja, dicha contra su pelo—. En el corredor. Tu voz, riendo. Una versión futura de ti que ya no existe.
Elara cerró los ojos. Los ecos temporales estaban filtrándose. Ya no solo para ella: otros podían percibirlos ahora. La deuda estaba creciendo, y sus intereses se derramaban en el mundo.
—Está empeorando.
—Lo sé.
Su mano pasó del cabello al hombro, afianzándola. Se apartó lo justo para mirarle la cara. En sus ojos oscuros había algo que ella no supo nombrar: tal vez pena, o culpa, o el terrible peso de saber que su búsqueda había exigido ese precio de su carne.
—Tres días. —Trazó con el pulgar la línea junto a su boca—. Tres días, y envejeciste una década.
—Cinco minutos. —Oyó la defensiva en su propia voz y la odió—. Cinco minutos por la Corona. El cifrado estaba en capas. Tuve que desentrañar cada una antes de—
—Sé lo que hiciste. —Se le tensó la mandíbula—. Estuve allí.
—Entonces sabes que era necesario.
La palabra quedó suspendida entre ambos. Necesario. Como si la necesidad pudiera deshacer lo hecho. Como si el trono, la Corona, toda la guerra de sucesión justificara el robo de años a una vida que aún no se había vivido.
—¿Lo era?
Ella se apartó. Sus brazos cayeron, y la ausencia de su calor se sintió como un segundo robo.
—¿Qué querías que hiciera? ¿Dejar la Corona? ¿Permitir que los otros la encontraran primero?
—Habría querido que me dijeras el precio. —Su voz se afiló—. Te desplomaste después de la cámara. Apenas lograste atravesar el pasadizo oriental. Y ahora…
Hizo un gesto hacia ella. Hacia las canas en su cabello. Hacia las líneas de su rostro.
—Ahora sigo siendo útil. —Oyó la amargura en su propio tono—. Todavía puedo ayudarte a reclamar tu trono.
—¿Eso es lo que crees que es esto? —Él dio un paso más cerca—. ¿Crees que te veo ahí de pie, envejecida antes de tiempo, y calculo el valor que te queda?
—Creo que eres un aspirante a un trono divino. —Sostuvo su mirada—. Creo que lo has sacrificado todo por ese asiento. Tu posición. Tu reputación. Tu sueño, por los dioses… No has dormido en años, ¿verdad? ¿Qué son unos pocos años míos comparados con lo que tú ya has entregado?
Algo se movió en su expresión. La máscara se deslizó un poco más, y ella vislumbró el agotamiento en carne viva que había debajo. No era insomne por elección. El peso de su linaje se lo exigía, igual que su habilidad exigía su propio precio terrible.
—Yo di esas cosas de buena gana. —Bajó la voz—. Tú no elegiste esto. Te estabas ahogando en un archivo cuando te encontré, y yo te arrastré a una guerra que nunca pediste pelear.
—Yo elegí. —Las palabras le salieron más duras de lo que pretendía—. Cada préstamo. Cada riesgo. Los elegí.
—¿Lo hiciste? —Inclinó la cabeza—. ¿O hice que sintieras que no tenías otra opción? ¿Como si negarte significara abandonar no solo a mí, sino a todos los que dependen de que se detenga a los otros aspirantes?
La pregunta cayó como un golpe. Abrió la boca para negarlo, pero las palabras no le salieron. Porque él tenía razón. Al menos en parte. El primer préstamo había sido instinto: salvar un pergamino de un estante que se venía abajo, estirar la mano hacia un futuro en el que el estante todavía estaba en pie y arrancar ese instante para traerlo al presente. Pero el segundo préstamo. El tercero. Los minutos desesperados robados para sobrevivir a intentos de asesinato y defensas de cámara acorazada y a la maquinaria implacable de una guerra de sucesión que apenas entendía. ¿Habían sido elección o necesidad? ¿Y había alguna diferencia cuando la alternativa era la muerte?
—No me arrepiento.
La mentira le supo a ceniza.
Cassian le estudió el rostro. Fuera lo que fuera lo que vio allí, hizo que su expresión se ablandara hasta convertirse en algo casi tierno.
—Eres una mentirosa terrible, Archivist.
—Eso me han dicho.
Otro eco titiló a través de la cámara. Esta vez lo oyeron ambos: un fragmento de conversación que aún no había ocurrido. Dos voces discutiendo sobre direcciones en un lugar en el que nunca habían estado. Las palabras se disolvieron en silencio antes de que ella pudiera captar su sentido.
—Los ecos se están volviendo más fuertes. —Elara se rodeó con los brazos—. Otros los percibirán. Los otros Claimants, sus agentes… cualquiera sensible a la distorsión temporal.
—Lo sé.
—¿Qué pasa cuando se den cuenta de lo que puedo hacer? ¿De lo que he hecho?
La mirada de Cassian se desvió hacia el espejo de bronce. Miró su reflejo: el cabello gris, el rostro surcado de líneas, los ojos que sostenían el peso de décadas de más de lo que deberían.
—Entonces nos aseguramos de que no vivan lo suficiente para contárselo a nadie.
La frialdad de su voz la sorprendió. Aquel era el Claimant al que había conocido al principio: el noble calculador que sacrificaría cualquier cosa por el trono. Pero bajo esa frialdad oyó otra cosa. Algo protector.
—¿Se supone que eso debe consolarme?
Él volvió la vista hacia ella. Su mano se alzó, vaciló y luego le acunó la mejilla. La palma, cálida contra su piel helada.
—Se supone que debe recordarte que no estás sola en esto. —El pulgar le rozó la línea junto al ojo—. Sea lo que hayas entregado, sea lo que hayas perdido, yo daré más para protegerte. Eso no es cálculo. Eso no es ambición. —La voz se le hundió hasta casi un susurro—. Es elección.
Ella quería creerle. Ese deseo la asustó más que el espejo. Porque creer significaba confiar, y confiar significaba vulnerabilidad, y vulnerabilidad significaba otra cosa que podían arrebatarle. Otra cosa que podía empeñar.
—A tus enemigos no les importarán tus elecciones. —Ella dio un paso atrás, y la mano de él se retiró—. Solo verán lo que yo puedo hacer. Lo que ya he hecho.
—Entonces nos aseguraremos de que vean otra cosa. —Él se irguió, y parte de la máscara controlada regresó—. Nos aseguraremos de que vean a un Claimant y a su Archivist, nada más. Ninguna habilidad temporal. Ningún futuro prestado.
—¿Y los ecos?
—Los manejamos. —Se le tensó la mandíbula—. Solo pides prestado cuando sea absolutamente necesario. Y cuando lo hagas…
—Pago el precio. —Señaló su reflejo—. Como siempre he hecho.
—No sola.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos. Una promesa. Una advertencia. No supo decir cuál.
Otro eco onduló a través de la cámara. Este traía el sonido de su propia voz, pronunciando palabras que todavía no había dicho: «El trono tiene hambre. Lo devorará todo. Incluso a ti».
Cassian lo oyó. Ella lo vio oírlo: la leve tensión en los hombros, la forma en que sus ojos siguieron el sonido hasta su origen aun cuando se desvanecía.
—Ese futuro. —Su voz fue cuidadosamente neutra—. ¿Es seguro?
—Ningún futuro es seguro. —Pensó en la bóveda, en la encriptación de la Corona revelando la verdad sobre el panteón—. Pero algunos son más probables que otros.
—El trono consumió a los dioses. —Habló despacio, como si probara el peso de cada palabra—. Estás diciendo que intentará consumir a quien se siente en él después.
—Estoy diciendo que la Corona me mostró lo que les pasó a los últimos. —Sostuvo su mirada—. No abandonaron sus tronos. Los devoraron. Y todo lo que dejaron atrás —el poder, el hambre, la necesidad de una conciencia que lo canalice—, eso es lo que tú estás intentando reclamar.
Él asimiló aquello. Ella lo observó procesar la información, observó al erudito que llevaba dentro sopesar las implicaciones frente al reclamante que llevaba dentro, que necesitaba ese poder para sobrevivir.
—¿Y tú? —Su voz fue queda—. ¿Qué te dice tu don sobre tu propio futuro?
La pregunta la hirió más hondo de lo que él sabía. Ella no había mirado. No había intentado robar un atisbo de su propio destino. La idea de verse aún más vieja —o peor, de no ver nada en absoluto— le heló el estómago.
—No lo sé.
Otra vez la mentira. Se le estaba dando mejor.
Él la estudió el rostro, y ella se preguntó si sería capaz de saborear la ceniza en su lengua.
—Descansa. —Dio un paso hacia la puerta—. Haré la primera guardia. Nos movemos al mediodía.
—Cassian.
Se detuvo en el umbral. La luz gris atrapó los planos afilados de su cara, las sombras bajo los ojos que parecían no ahondarse nunca, por mucho tiempo que pasara sin dormir.
—Gracias. —Las palabras le supieron insuficientes—. Por verme. Por...
—No. —Su voz se volvió áspera—. No me des las gracias por el mínimo indispensable de lo que te mereces.
Se fue. La puerta se cerró a su espalda con un clic suave.
Elara volvió al espejo de bronce. La mujer del reflejo la miraba con unos ojos cargados de demasiado saber. Pelo gris. Rostro surcado de líneas. Años robados de un futuro que quizá no llegara nunca.
Apoyó la palma contra la superficie fría una última vez.
—Sigo aquí —le dijo a su reflejo—. Sigo siendo yo.
El espejo no respondió. Pero en algún lugar de la cámara, otro eco titiló: un vistazo de sí misma de pie en un lugar en el que nunca había estado, llevando una corona que nunca había visto, pronunciando palabras que no alcanzaba a oír del todo.
El futuro se estaba desangrando en el presente. Y con cada gota, sentía que se volvía más ligera.
Se apartó del espejo y no miró atrás.
Afuera, la primera luz verdadera del alba se coló por las grietas de la piedra. En unas horas, volverían a moverse. A correr otra vez. A luchar otra vez. Pero por ahora, en el espacio gris entre la noche y el día, se permitió un momento de quietud.
La deuda crecía. Los ecos se extendían. Y en algún punto de los futuros prestados que había gastado, una versión de ella estaba de pie con una corona, pronunciando advertencias que aún no podía comprender.
Cerró los ojos y dejó que el agotamiento se la llevara.
Lo último que oyó antes de que el sueño la reclamara fue otro eco: no palabras, esta vez, sino un sonido. Un latido. Rápido y asustado y por completo, terriblemente familiar.
Su propio corazón.
De un futuro en el que había dejado de latir del todo.
Y entonces, por debajo de ese ritmo moribundo, otro sonido. Pasos en el pasillo de afuera. Dos pares. Avanzando hacia su puerta con determinación.
Cassian nunca caminaba con nadie.
El latido en el eco se hizo más fuerte. Los pasos se acercaron.
Y Elara comprendió, con la fría claridad de una previsión prestada, que los dos sonidos no eran distintos.
Estaban cazando lo mismo.
A ella.