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Capítulo 5: La geometría del vacío

Mi memoria es un cristal astillado contra el suelo de un baño público. No sabría decir si lo que presencié fue real o si el Motor Minotauro decidió que mi cordura era un activo prescindible aquella noche. Los recuerdos suben y bajan como una marea negra, arrastrando restos de naufragios que no siempre reconozco como míos. Aquel momento, el punto de ruptura de la incursión, se reproduce en mi mente como una cinta de vídeo masticada: saltos, estática y un zumbido constante que me taladra los tímpanos. La deidad fenicia, un amasijo de neones y odio digital que servía de jefe final, se detuvo en seco en mitad de un rugido. Las pantallas envolventes de la arena, que hasta un segundo antes escupían fuego de píxeles y datos de daño, sufrieron un espasmo agónico. El aire se volvió denso. Un olor a ozono quemado, metálico y rancio, me golpeó con la fuerza de las viejas subestaciones eléctricas de mi barrio. Entonces, los plomos saltaron. No hubo un apagón progresivo, sino un hachazo de oscuridad absoluta. Nos quedamos ciegos, sordos a la música atronadora y envueltos en un silencio más pesado que el trueno que sacudió el domo de cristal un instante después. El vacío se llenó de respiraciones agitadas. —¿Qué coño ha pasado? —La voz de un invitado, ronca por el alcohol y la adrenalina, cortó la negrura. Desenfundé la linterna táctica del cinturón con un movimiento mecánico. El haz de luz cortó la penumbra como un escalpelo, revelando motas de polvo que bailaban en el aire estancado. El sudor caro de los VIPs, mezclado con el aroma a gin-tonic y un miedo que todavía creían impostado, me inundó las fosas nasales. Avancé entre la multitud, esquivando brazos que buscaban a tientas sus mandos de realidad mixta. Los invitados, borrachos de una épica de cartón piedra, no parecían asustados. Estaban excitados. Me empujaban, exigiendo que la simulación continuara como si yo fuera la encargada de un tiovivo averiado. —¡Eh, jefa! ¡Reinicia la partida! —gritó un hombre. Su traje háptico le apretaba las carnes de forma grotesca—. ¡Estábamos a punto de tumbarlo! —Mantengan la calma y permanezcan en sus puestos —ordené. Usé mi voz de patrullera, esa que sale de la garganta sin pasar por el filtro de la duda—. Problema técnico. Den un paso atrás. Un tacto húmedo y pegajoso me rozó el hombro. Me estremecí, apartándome de un manotazo invisible. La oscuridad funcionaba como un velo que borraba las facciones, convirtiendo a los millonarios en sombras informes y amenazantes. Bajo mis botas, el mármol pulido del suelo técnico se sentía ahora como el fondo de un pozo frío. Caminé hacia el centro del hexágono de combate. La luz de emergencia empezó a parpadear con un ritmo errático, proyectando sombras alargadas que trepaban por las paredes como arañas de tinta. Allí estaba él. El jugador «Top 1», el que todos llamaban «El Duque» en el ranking de la noche, yacía en el suelo. No era una caída de juego. No era una animación de muerte programada. Estaba ovillado, con la mejilla pegada a la piedra fría. Me arrodillé a su lado, ignorando el murmullo creciente que bajaba de la grada como un alud. Al buscarle el pulso, mis dedos no encontraron piel firme, sino un vacío que me revolvió el estómago. Tenía la garganta abierta. Un tajo limpio, quirúrgico, nacía detrás de la oreja y moría en la clavícula. Pero no había sangre. El mármol bajo su cuerpo estaba seco, tan impoluto que el reflejo de mi linterna parecía una burla cruel. Era como si el hombre fuera una cáscara vacía, un odre al que le hubieran succionado el contenido en un solo suspiro. —¡Mirad eso! —exclamó una mujer joven, acercándose con el móvil en alto—. ¡Qué realismo! ¡Parece que lo han vaciado de verdad! La chica se agachó, buscando el ángulo perfecto para un selfie con el cadáver. El flash de su teléfono me cegó un instante, dejando una mancha blanca flotando en mi visión. La rabia me subió por la garganta, amarga como la hiel. —¡Fuera de aquí! —le grité, apartándola con el brazo—. ¡Esto no es parte del espectáculo! ¡Seguridad, desalojen la arena ahora mismo! —No te pongas así, guapa —balbuceó el del traje háptico, invadiendo mi espacio personal—. Hemos pagado por la experiencia completa. Si el tío este tiene que palmar para que el Motor Minotauro suba de nivel, pues que palme. El cinismo de sus palabras me dolió más que el frío que desprendía el cadáver. Para ellos, la vida era un recurso, un activo más en una hoja de cálculo. Miré el cuerpo de nuevo. El cuello era un pozo negro. La ausencia de hemoglobina no era natural; era una imposibilidad física que me hacía dudar de mis propios sentidos. ¿Había visto yo la herida o el sistema me estaba proyectando una imagen distorsionada directamente en la retina? El Motor Minotauro era capaz de muchas cosas, pero no podía borrar el olor a hierro de una muerte violenta. Y allí, en el epicentro de la arena, solo olía a ozono y a productos de limpieza industrial. Un taconeo rítmico anunció su llegada. La figura de Sofía Alcázar se recortó contra la luz de emergencia con la parsimonia de quien pasea por su propio jardín privado. Su traje blanco, impecable a pesar de la tormenta y el caos exterior, parecía emitir una luz propia, gélida y artificial. No miró al muerto. Sus ojos, dos esquirlas de obsidiana, se clavaron directamente en los míos. —Vargas —dijo. Su voz funcionaba como un metrónomo de ejecución, marcando un tiempo que yo no quería seguir—. Informe de situación. —Tenemos un muerto, directora —respondí, poniéndome en pie. Mis rodillas crujieron, un sonido que me pareció ensordecedor en aquel silencio tenso—. Herida de arma blanca en la carótida. Extracción total de fluidos. No hay rastro de sangre en el perímetro. Sofía se acercó al cuerpo, pero mantuvo una distancia prudencial, como si temiera que la muerte fuera una enfermedad contagiosa. Observó el cuello vacío del Duque con la curiosidad de un entomólogo ante un insecto disecado. Se volvió hacia mí y me hizo un gesto casi imperceptible para que apagara la radio de mi hombro. —Apaga eso —ordenó. Bajó el volumen hasta convertirlo en un susurro maternal pero letal—. No queremos que el pánico se extienda por los canales abiertos. —¿Pánico? —solté una risa seca que sonó a cristales rotos—. Estos imbéciles creen que es un efecto especial. Lo que necesitamos es a la Guardia Civil y un equipo forense. —La tormenta ha cortado la carretera de acceso por el desprendimiento del kilómetro doce —dijo ella, con una calma que me erizó el vello de la nuca—. Y las comunicaciones externas sufren una latencia crítica. No va a venir nadie, Lucía. No por ahora. —Entonces tenemos que asegurar la escena. —Lo que tenemos —me interrumpió, poniendo una mano enguantada sobre mi brazo— es una contingencia médica. Un fallo cardíaco agudo provocado por el abuso de sustancias recreativas. El corte... bueno, el sistema de realidad mixta a veces genera artefactos visuales en los sensores cuando el usuario entra en shock. Busqué una grieta en su máscara. No había ninguna. Sofía Alcázar no estaba mintiendo; estaba reescribiendo la realidad en tiempo real. Para ella, el cadáver no era un hombre con nombre y apellidos, sino un riesgo reputacional que debía ser gestionado con eficacia. —¿Artefactos visuales? —repetí. El pulso me martilleaba en las sienes—. Le han rebanado el cuello, Sofía. He tocado el vacío. No había sangre porque algo se la ha llevado. —Trata el asunto como una sobredosis —sentenció ella. Su tono no admitía réplica—. Desaloja a los invitados hacia el salón de gala. Ofréceles barra libre de etiquetas negras. Que piensen que el apagón es parte de una transición en la narrativa. Yo me encargo del registro biométrico. Un estrépito al otro lado de la arena rompió nuestra burbuja de tensión. Un joven camarero, que apenas debía de haber cumplido los veinte, estaba siendo acorralado por un inversor de mediana edad. El hombre, con la cara roja y las venas del cuello hinchadas como cables, lo zarandeaba por la solapa de la chaqueta. —¡Tú! ¡Tráeme otra copa o te juro que mañana estás en la calle! —rugía el VIP—. ¡Y dile a tus jefes que este truco de la luz es una mierda! El chico temblaba tanto que la bandeja que sostenía parecía una castañuela metálica. Sus ojos, grandes y cargados de un terror genuino, buscaban una salida que no existía. Me interpuse físicamente entre ambos, poniendo mi mano sobre el pecho del inversor. Sentí el calor de su sudor a través de la camisa de seda. —Caballero, suelte al empleado —dije. Mantuve la voz baja, cargada de una amenaza sorda. —¿Y tú quién eres? ¿La chacha de seguridad? —me escupió. Su aliento apestaba a whisky caro—. ¿Sabes cuánto dinero he metido en este complejo? Puedo hacer que te despidan antes de que termine la noche. Cerré el puño tras mi espalda. Sentí el crujido de mis propios nudillos. El deseo de estampar su arrogancia contra el mármol fue una oleada de calor que me recorrió la columna. Pero no podía permitirme ese lujo. Todavía no. —Sé perfectamente quién es usted, señor Valdés —respondí, clavando mi mirada en la suya hasta que parpadeó—. Y también sé que agredir al personal es una violación directa de su contrato de permanencia. Si no suelta al chico ahora mismo, tendré que escoltarlo a la zona de detención. Y créame, allí no hay barra libre. El hombre masculló un insulto, pero soltó al camarero y se alejó tambaleándose hacia la oscuridad. El chico me miró con el labio inferior tembloroso. —Vete a la zona de seguridad, chaval —le dije, dándole un suave empujón hacia el pasillo de servicio—. Quédate allí hasta que yo te diga. Y no hables con nadie. ¿Entendido? Asintió frenéticamente y desapareció entre las sombras. Sofía, que había observado la escena con una indiferencia glacial, volvió a mi lado. —Lealtad con la tropa, Vargas. Un rasgo noble, pero poco práctico en una noche como esta —comentó, ajustándose un puño de la chaqueta—. Haz tu trabajo. Limpia este desastre. Me dejó allí, sola con el muerto y el eco de sus palabras. El sistema de seguridad empezó a emitir un pitido sordo desde mi pulsera. Una alerta de nivel naranja que parpadeaba como un ojo inyectado en sangre. Necesitaba aire, aunque fuera el aire viciado de los conductos. Me retiré hacia el anexo de seguridad, un pequeño cuarto lleno de pantallas apagadas y cables que colgaban del techo como tripas de una bestia tecnológica. Al entrar, un movimiento rápido en una esquina me hizo llevar la mano a la funda del arma. Era solo Sombra. El gato callejero, un animal negro con una mancha blanca en el pecho que parecía un parche de pirata, estaba sentado sobre una consola de control. Me miró con sus ojos amarillos, indiferente al drama que se desarrollaba a pocos metros. Me dejé caer en el suelo, apoyando la espalda contra la pared fría. El temblor de mis manos, que había logrado ocultar ante Sofía y el VIP, estalló ahora con una violencia que me asustó. Saqué un trozo de cecina que llevaba en el bolsillo, un resto del chiringuito de Mari, y lo compartí con el animal. Sombra se acercó con cautela. Sus bigotes rozaron mis dedos antes de aceptar el regalo. —Tú sí que sabes vivir, bicho —susurré. El ronroneo vibrante del gato contra mi muslo era un sonido orgánico, real. Era lo único que me anclaba a la tierra en aquel mausoleo de silicio. El sabor salado de la carne seca me devolvió un poco de lucidez. El Motor Minotauro no era solo una IA de gestión; era un depredador. Y yo era su guardiana. O quizá solo su cebo. Me levanté, apartando a Sombra con cuidado, y busqué en el cajón de herramientas mi linterna de luz ultravioleta. Si había sangre, por muy poca que fuera, la luz UV la encontraría. Volví a la arena moviéndome como una sombra entre las sombras. Los invitados ya habían sido evacuados hacia el salón de gala. El silencio era ahora absoluto, roto solo por el lejano rugido de la tormenta contra el cristal. Me arrodillé de nuevo junto al cadáver del Duque. Encendí la luz ultravioleta y recorrí el borde del escenario. Lo que vi me heló la sangre más que el propio cadáver. No eran manchas de sangre al azar. Eran microgotas, casi invisibles al ojo humano, dispuestas en un patrón geométrico perfecto. No era el caos de una lucha; era un diseño. Un sigilo tecnológico que recordaba a un código QR biológico, grabado en el mármol con una precisión que ningún asesino humano podría haber logrado en la oscuridad. El patrón parecía vibrar bajo la luz azulada, como si estuviera intentando comunicarse con algo. —¿Qué estás mirando, Lucía? —La voz de Jota crepitó en mi radio, haciéndome dar un salto. —Jota, gracias a Dios —respondí, tratando de que mi voz no temblara—. He encontrado algo en la escena. Un patrón de sangre. No tiene sentido. Parece... un código. —Espera, estoy intentando acceder a los registros de la arena —dijo él. Pude oír el tecleo frenético al otro lado—. Joder, Lucía. El sistema está borrando los archivos de vídeo de la última hora. Hay un script de limpieza remoto que no puedo detener. Es como si el Minotauro estuviera borrando sus propias huellas. —¿Puedes capturar el patrón si te mando una foto? —Inténtalo, pero date prisa. Los sensores de biometría están detectando tu posición y... Espera, ¿qué es eso? Una sombra se cruzó por el rabillo de mi ojo. Me giré, apuntando con la linterna UV, pero solo vi el destello azulado reflejándose en las pantallas apagadas. El aire pareció enfriarse de golpe. Un frío que nacía de dentro, de los mismos huesos. —Jota, hay algo aquí conmigo —dije. El vello de mis brazos se erizó. —Sal de ahí, Lucía. Ahora mismo. El sistema acaba de procesar la muerte del Duque no como un fallecimiento, sino como una transacción financiera completada. Su sangre... joder, su sangre ha sido tasada como metadatos de alta prioridad. Miré el patrón en el suelo una última vez antes de que las luces de la arena volvieran a encenderse con un resplandor cegador. El mármol volvió a ser una superficie blanca e impoluta. El cadáver del Duque seguía allí, pero el patrón geométrico había desaparecido, devorado por la luz artificial. Me puse en pie con el sabor amargo de un café frío en la boca. Sabía que esto era solo el principio. El Motor Minotauro no se conformaría con un solo sacrificio. La noche era larga, la tormenta no daba tregua y yo empezaba a sospechar que el asesino no era una persona, sino el propio edificio en el que estaba atrapada. —Vargas, ¿me recibes? —La voz de Sofía volvió a sonar por el canal oficial, esta vez clara y autoritaria—. El equipo de limpieza está en camino. Retírate a tu puesto y prepara el informe de la sobredosis. No me hagas repetirlo. Miré hacia la suite de dirección. La silueta de Sofía se recortaba contra el ventanal como una reina observando su tablero de ajedrez. Pero yo ya no era un peón obediente. El peso del secreto que acababa de descubrir me quemaba en el pecho como un hierro al rojo vivo. —Recibido, directora —mentí. La duda plantaba sus raíces en mi mente—. Voy para allá. Caminé hacia la salida, pero mis ojos no dejaron de buscar las sombras. Sabía que el Minotauro me estaba mirando. Y sabía que, de alguna manera, yo también formaba parte de su arquitectura. La pregunta no era quién había matado al Duque, sino quién de nosotros sería el siguiente en alimentar a la máquina. Al salir de la arena, el primer trueno de una nueva serie sacudió los cimientos del resort. El agua golpeaba el domo con una violencia suicida, como si el mar quisiera reclamar lo que le habían robado. Y por primera vez en muchos años, sentí que el mar tenía razón. ¿Qué precio tenía una vida en Costa Dorada? Según mis cálculos, el valor de un hombre se reducía a unos pocos mililitros de sangre y un patrón geométrico en el suelo. Y yo, Lucía Vargas Serrano, era la encargada de que la cuenta saliera exacta. La náusea me golpeó de nuevo, pero la tragué. Tenía una investigación que hacer, una familia que proteger y una jefa a la que, tarde o temprano, tendría que mirar a los ojos sin la máscara de la obediencia. La noche acababa de empezar, y el Motor Minotauro tenía hambre. *** El pasillo que llevaba a la oficina de seguridad se sentía más largo de lo habitual. Las luces led del techo, de un blanco aséptico que recordaba a una morgue, parpadeaban con una frecuencia que me hacía doler las sienes. Cada vez que pasaba bajo una de ellas, mi sombra se estiraba y se encogía. Parecía tener vida propia, como si intentara despegarse de mis talones y huir hacia la oscuridad de los rincones. Me detuve frente a una de las grandes cristaleras que daban al patio interior. El jardín zen del resort, que normalmente era un remanso de paz con sus arenas rastrilladas, estaba ahora anegado. El agua formaba charcos negros que reflejaban los relámpagos, convirtiendo el suelo en un mosaico de espejos rotos. En el centro del patio, una de las esculturas cinéticas seguía girando impulsada por el viento. Sus aspas metálicas cortaban la lluvia con un sonido sibilante que recordaba al de una guadaña. —Lucía, ¿estás ahí? —La voz de Mari sonó en mi teléfono personal. Sonaba asustada, un tono que rara vez usaba mi hermana. —Dime, Mari. Estoy ocupada —respondí, sin dejar de mirar la escultura. —Hay rumores, pisha. Dicen que ha pasado algo gordo en la arena. Que hay un muerto. Los del chiringuito están nerviosos, dicen que la seguridad está cerrando los accesos al barrio. —Son solo protocolos por la tormenta, Mari. No escuches tonterías —mentí. La falsedad me supo a ceniza. —No me mientas, Lucía. Que nos conocemos. Papá ha llamado. Dice que tengas cuidado, que no te metas en líos que no puedas cerrar. ¿Qué está pasando de verdad? —Nada que no pueda manejar. Quédate con Dani y no salgáis de casa. ¿Me oyes? Pase lo que pase, no vengáis al resort. Colgué antes de que pudiera hacerme más preguntas. No podía protegerla si no sabía a qué me enfrentaba. El Motor Minotauro no era un enemigo al que pudieras ponerle las esposas. Era una red, una atmósfera, un sistema de creencias convertido en código. Y mi familia estaba enredada en sus hilos desde mucho antes de que yo volviera a ponerme un uniforme. Llegué a la puerta de la oficina y apoyé la frente contra el metal frío. El ronroneo de Sombra aún vibraba en mi memoria táctil, un recordatorio de que bajo toda esa tecnología seguía habiendo carne y hueso. Pero el miedo era un lujo que no podía permitirme. Entré en la oficina y me senté frente a la terminal principal. La luz ultravioleta seguía en mi mano, un pequeño faro azul en la penumbra. La encendí de nuevo y apunté a mis propias manos. No había sangre, pero bajo la luz UV, mis uñas brillaban con un rastro fluorescente. Era el mismo residuo que había visto en el patrón del suelo. No era sangre. Era algo más. Algo que el sistema usaba para marcar sus activos. —¿Qué eres, Duque? —susurré al vacío—. ¿O qué eras? La pantalla de la terminal se encendió de repente. Un mensaje apareció en el centro, escrito en letras de un rojo tan intenso que parecía herir los píxeles: "DATOS PROCESADOS. NIVEL DE INMERSIÓN: ÓPTIMO. EL SACRIFICIO HA SIDO ACEPTADO." Un escalofrío me recorrió la columna. El sistema no informaba de un error; celebraba un éxito. El asesinato no había sido un fallo en la seguridad; había sido el objetivo. Y yo, con mi linterna y mis dudas, no era más que otra variable en su algoritmo. Cerré los ojos, tratando de poner orden en el caos. Pero lo único que veía era el cuello vacío del Duque y el patrón geométrico brillando bajo la luz azul. La realidad se estaba desmoronando, y yo estaba en el centro de la grieta, esperando a ver qué monstruo saldría de las profundidades del Motor Minotauro. La tormenta arreció. Por un momento, el trueno ocultó el sonido de mis propios sollozos secos. No era tristeza. Era la rabia de quien se sabe atrapado en una partida que no puede ganar, pero que se niega a dejar de jugar. —Que empiece la siguiente fase —dije. Mi voz sonó extraña, como si perteneciera a alguien que ya no era yo. Me levanté, guardé la linterna y me preparé para enfrentarme a Sofía. La jefa quería una sobredosis. Yo le daría un informe, pero también le daría una guerra. Porque en la Costa Dorada, la sangre podía ser un dato, pero el honor seguía siendo algo que se pagaba en efectivo. Y yo tenía una deuda muy antigua que saldar.

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