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Capítulo 6: El eco de los días blancos

El aire en el Hogar de los Días Blancos se negaba a ser respirado; simplemente se agotaba en los pulmones. Un rastro punzante de ozono y desinfectante cítrico arañó la garganta de Mateo nada más cruzar el umbral de mármol pulido. Cargaba con la caja de herramientas, sintiendo cómo el borde metálico le golpeaba rítmicamente el costado. Aquel peso era el único ancla de realidad en un palacio diseñado para la ausencia. Todo allí se rendía ante un blanco absoluto: las paredes, los uniformes de fibra sintética y esa luz cenital que caía como una mortaja eléctrica. En aquel espacio no sobrevivían las sombras, pues la Corona no toleraba que nada, ni siquiera el rincón más ínfimo de una estancia, permaneciera oculto. Avanzó por el pasillo principal manteniendo la barbilla pegada al pecho. El mono de mantenimiento, áspero y con olor a aceite viejo, funcionaba como una armadura de anonimato. En un lugar donde los ojos que miran demasiado terminan vacíos, ser invisible era la única forma de seguir existiendo. Se detuvo frente a un cronómetro de pared de dimensiones desproporcionadas. Sus manecillas se deslizaban con una precisión que resultaba casi obscena en su perfección. Al abrir la caja de cristal, el tic-tac le golpeó los oídos como un pulso artificial que intentaba, sin éxito, camuflar el vacío de los corredores. —El mecanismo de cuarzo está sufriendo por la condensación ambiental —declaró hacia el aire estático. No esperaba respuesta, pero era consciente de los micrófonos ocultos tras las rejillas de ventilación. Sabía que cada una de sus palabras estaba siendo pesada en alguna oficina lejana. Un Auditor de Pureza emergió entonces del final del pasillo, deslizándose con una túnica gris que no emitía el más mínimo roce contra el suelo. Se detuvo a tres metros exactos, manteniendo una distancia de seguridad reglamentaria. Su rostro recordaba a una máscara de caliza, carente de cualquier arruga que sugiriera una emoción pasada. Sus ojos, apagados como brasas consumidas, descendieron hasta las manos enguantadas de Mateo. —Proceda con la inspección técnica de inmediato —ordenó el Auditor con una voz despojada de matices. Su forma de hablar era el lenguaje de la perfección obligatoria, una sucesión de datos sin adjetivos. Mateo asintió sin llegar a encontrarse con su mirada y extrajo una aceitera de latón de su equipo. Sus dedos ejecutaron una coreografía aprendida, simulando lubricar engranajes que ya brillaban de limpieza. Mientras tanto, su mente llevaba una cuenta frenética: uno, dos, tres. El Auditor permanecía allí, estático, y Mateo empezó a sentir su escrutinio clavado en la nuca como un estilete de hielo. La piel del cuello se le tensó y el sudor comenzó a perlar la línea del cabello bajo la gorra. —La humedad procedente del solárium está afectando la alineación de los ejes —explicó, forzando una calma profesional que no sentía—. Es imperativo que revise las unidades de la zona norte antes de que el error sea irreversible. El Auditor ladeó la cabeza con un movimiento mínimo, casi imperceptible, que recordó al giro de una cámara de seguridad. —La zona norte se encuentra bajo protocolos de alta sensibilidad —replicó él con frialdad—. Los residentes allí alojados atraviesan una fase crítica de estabilización. —Precisamente por ese motivo mi intervención es urgente —respondió Mateo mientras ajustaba una tuerca con movimientos secos—. Si el ritmo de este reloj varía un solo milisegundo, la frecuencia del ruido blanco de la corona sufrirá una alteración. Eso provocaría una disonancia inmediata en el sistema nervioso de los pacientes. Mencionó el ruido blanco con la reverencia de quien invoca a una deidad antigua. Era ese zumbido omnipresente que emanaba de las paredes, una marea acústica diseñada para erosionar cualquier pensamiento errático o recuerdo prohibido. El Auditor pareció procesar la explicación técnica y, tras un instante de duda, hizo un gesto seco con la mano. Le franqueó el paso y Mateo avanzó hacia el solárium, sintiendo cómo la luz se volvía más agresiva a cada paso. Allí no existían ventanas, solo paneles de una resina traslúcida que filtraba el mundo exterior hasta convertirlo en un resplandor lechoso. En el centro de la estancia, sentada en una silla de mimbre sintético, se encontraba Doña Elvira. Parecía una estatuilla de porcelana olvidada en un desván, frágil y extrañamente estática. Sus manos, nudosas y marcadas por venas azuladas, se movían con una cadencia hipnótica sobre una mesa de metal. Estaba absorta en la tarea de organizar cientos de botones de colores, clasificándolos por diámetros, tonalidades y texturas. Los desplazaba por la superficie metálica con una urgencia que rayaba en la desesperación silenciosa. Era como si intentara recomponer los fragmentos de una vasija rota cuya forma original ya no alcanzaba a imaginar. —Buenos días, señora —dijo Mateo, depositando la caja de herramientas sobre el suelo con un golpe sordo. Elvira detuvo su movimiento de golpe. Sus ojos eran de un azul tan pálido que parecían transparentes, y lo observó como si fuera una aparición que acababa de materializarse entre la bruma. —El registro de entrada no ha sido debidamente notificado en el sistema —murmuró con una voz quebradiza—. Mi índice de afecto se encuentra fuera de catálogo en la jornada de hoy. Aquel lenguaje le dolió a Mateo más que un golpe físico; era una herida abierta en la identidad de la anciana. Utilizaba términos de archivista para intentar comunicar su confusión, usando el único vocabulario que la Corona le había permitido conservar tras vaciarle la memoria. Se sentó frente a ella y extrajo de su bolsillo un viejo reloj de plata, con la esfera rayada y las agujas inmóviles. Se lo mostró con la palma de la mano abierta, como quien ofrece un tesoro. —He venido para que me ayude a reparar este objeto, Doña Elvira. En el taller dicen que no hay nadie que entienda mejor la lógica de los mecanismos. Ella tomó el reloj entre sus dedos temblorosos y el contacto con el metal frío pareció despertarla de un letargo. Se lo llevó al oído, cerrando los ojos con fuerza, como si el silencio del aparato fuera un ruido insoportable. —Este archivo presenta una corrupción severa —sentenció ella, y una tristeza profunda empañó su voz—. Los datos han dejado de fluir y el tiempo se ha quedado atrapado en un folio anterior que ya no podemos leer. —Podemos encontrar la solución juntos —le aseguró Mateo en un susurro. Sacó las pinzas y un destornillador de precisión, comenzando a retirar la tapa trasera del reloj. El sonido metálico de sus herramientas sobre la mesa era el único puente que los unía en aquella sala aséptica. Por el rabillo del ojo, vio que el Auditor se mantenía a una distancia prudencial, vigilando cada uno de sus gestos. Debía ser extremadamente cauteloso; cada movimiento tenía que parecer puramente técnico, aunque cada pieza que desplazaba fuera un mensaje cifrado. —Fíjese en este resorte, Doña Elvira —señaló un muelle espiral de acero—. Actúa igual que un conducto de ventilación. Si se obstruye, el aire vital no llega al corazón del sistema y todo se detiene. Ella lo observó con una intensidad renovada, mientras sus dedos acariciaban nerviosamente un botón de color rojo intenso. —Los conductos —repitió ella en un aliento apenas audible—. Los niveles inferiores del Banco de Reflejos disponen de siete entradas de aire principales. Todas están numeradas correlativamente, pero todas permanecen vacías de recuerdos. El corazón de Mateo martilleó contra las costillas con una fuerza inusitada. Estaba funcionando. Utilizaba la analogía del reloj para extraer la información logística que necesitaba, apelando a lo que quedaba de la antigua brillantez de Elvira. Ella había sido la jefa de archivos del Banco y conocía sus entrañas mejor que los propios arquitectos, aunque ahora solo pudiera expresarse mediante códigos fragmentados. —¿Y qué ocurre con el nivel de seguridad cuatro? —preguntó, fingiendo que ajustaba un rubí sintético en el mecanismo—. Me han informado de que el escape de áncora en esa zona es extremadamente complejo de calibrar. Elvira frunció el ceño y sus manos se movieron con frenesí entre los botones esparcidos. —El nivel cuatro no posee un escape; es un bucle cerrado de información. El acceso solo es posible a través del espejo situado en el vestíbulo sur. Pero el mapa... el mapa se ha extraviado en la sección de bajas definitivas. De pronto, su expresión se transformó por completo. Un destello de algo antiguo, una chispa de autoridad y consciencia, cruzó sus pupilas. Lo miró fijamente a los ojos. Mateo estaba manipulando un tornillo diminuto, un gesto que Paco le había obligado a repetir mil veces en el taller. Inclinó la cabeza hacia la izquierda, un tic nervioso que lo asaltaba siempre que la concentración llegaba a su límite. —¿Eres tú de verdad? —preguntó ella, y su voz ya no era la de una burócrata. Era la voz de una madre que busca desesperadamente a su hijo en mitad de una ventisca—. Has vuelto a por el té. El té de tila siempre termina por enfriarse si no llegas a la hora acordada. Mateo sintió como si un chorro de nitrógeno líquido le recorriera las venas. El Auditor dio un paso hacia la mesa, atraído por el cambio drástico en la entonación de la anciana. La situación pendía de un hilo; si ella mostraba una emoción excesiva, la declararían impura y la arrastrarían a las celdas de reajuste. —Sí, he regresado —contestó en voz muy baja, aceptando el papel que le otorgaba—. Lamento profundamente la tardanza, pero el trabajo en la torre del reloj me retuvo más de lo previsto. Elvira sonrió, y fue una visión desgarradora. Era una sonrisa rota, cargada de una luz que no tenía cabida en aquel entorno estéril. Se estiró hacia una tetera de cerámica que descansaba en una bandeja cercana. Aunque sus manos no dejaban de temblar, había una determinación férrea en sus movimientos. —Toma, hijo mío. Bebe un poco. Está amargo, como los días de lluvia que pasamos juntos. Le sirvió una taza de infusión. El líquido era oscuro y desprendía un aroma a tierra mojada y flores secas. El sabor resultó ser terroso y estaba mal colado, pero en aquel instante a Mateo le pareció la verdad más absoluta que había probado en su vida. El calor de la porcelana contra sus palmas le devolvió la sensibilidad de los dedos. Elvira se inclinó hacia él, simulando que le enseñaba un botón dorado de especial valor. —Bajo la mesa —susurró con una rapidez asombrosa—. El dibujo de la estructura técnica. Lo tracé cuando todavía poseía las palabras necesarias para nombrar las cosas. Mateo lanzó una mirada fugaz. Pegado a la parte inferior del tablero metálico, había un trozo de papel de estraza, rugoso y desgastado por el tiempo. El Auditor se encontraba ya a solo dos metros de ellos, y su presencia se proyectaba como una sombra que amenazaba con devorar aquel frágil momento de conexión. —La excitación emocional de la residente está superando los límites permitidos por el protocolo —sentenció el Auditor, y su voz sonó como el cierre de una celda—. Técnico, dé por finalizada su labor de inmediato. —Solo estoy evaluando la respuesta del sujeto ante estímulos mecánicos externos —replicó Mateo sin levantar la vista, manteniendo un tono firme y desapasionado—. La reparación del reloj funciona como un ancla cognitiva para ella. Es un procedimiento estándar de mantenimiento ambiental que debería conocer. Mintió con una fluidez que le provocó un escalofrío interno. El Auditor extrajo un escáner metálico de su cinturón y el aparato emitió un zumbido agudo que le erizó el vello de los brazos. Lo pasó cerca de sus manos, y el frío del dispositivo le recordó lo cerca que estaba del abismo. El mapa bajo la mesa parecía quemarle la punta de los dedos. —Muestre el objeto reparado para su validación —exigió el Auditor. Mateo le entregó el reloj de bolsillo. Había logrado que el volante recuperara su oscilación rítmica y el tic-tac sonaba ahora con una fuerza inusitada en aquella sala silenciosa. El Auditor examinó la pieza con una desconfianza gélida. Mateo aprovechó ese segundo de distracción para deslizar su mano bajo la mesa, rozar el papel de estraza y arrancarlo con un movimiento seco. Lo ocultó bajo el doble fondo de su caja de herramientas antes de que el Auditor volviera a mirarlo. —El objeto es funcional —concluyó el Auditor, devolviéndole el reloj—. Sin embargo, la residente debe ser procesada de inmediato. Ha manifestado signos evidentes de apego emocional no regulado. Elvira se encogió en su asiento y la luz de sus ojos se apagó de nuevo. Se aferró a la manga de la chaqueta de Mateo con una fuerza que lo sorprendió, dejando sus nudillos blancos por el esfuerzo. El miedo en su rostro era una mancha de humanidad que el mármol no podía absorber. —¡No! —exclamó ella con desesperación—. El índice de desorden es aceptable. Solo estoy... organizando los botones de la memoria para el archivo central. El Auditor extendió su mano enguantada para sujetarla del brazo, con la clara intención de conducirla a las salas de silencio. Mateo no pudo contenerse. Se interpuso físicamente entre el burócrata y la anciana, plantando los pies con firmeza sobre el suelo pulido. Utilizó su estatura y su supuesta autoridad técnica para intentar intimidarlo. —Si la retira en este preciso instante, interrumpirá un ciclo de calibración oficial ordenado por la Corona —dijo, bajando la voz hasta que sonó como el roce de dos piedras—. ¿Está usted dispuesto a explicarle personalmente a Doña Beatriz por qué el sistema de cronometría del Hogar ha fallado bajo su supervisión directa? El nombre de la antagonista actuó como un conjuro de parálisis. El Auditor retrocedió un paso, pues la mención de Doña Beatriz Elvira de Zúñiga y Mendoza siempre evocaba un terror reverencial en los rangos inferiores. El burócrata dudó, alternando su mirada entre la anciana, el reloj que seguía latiendo en la mano de Mateo y su propia expresión de desafío. —Tiene exactamente cinco minutos —siseó el Auditor con veneno en la voz—. Transcurrido ese tiempo, la residente será trasladada a la enfermería para una limpieza profunda de residuos emocionales. Se alejó unos metros, pero sus ojos no se apartaron de ellos. Mateo se volvió hacia Elvira, quien lo observaba con una gratitud que le resultó más dolorosa que cualquier castigo. Sus manos seguían aferradas a su ropa, como si él fuera el último resto de un naufragio. —Esos hombres vestidos de gris —susurró ella, con una chispa de ironía recuperada—. Siempre caminan con prisa por olvidar aquello que nunca han tenido el valor de saber. Una pequeña carcajada nerviosa escapó de la garganta de Mateo. Era una conexión prohibida, un secreto compartido en mitad de una tormenta de nieve blanca. Por un breve instante, dejó de ser Mateo el rebelde y ella dejó de ser la archivista vaciada. Eran simplemente dos seres humanos resistiendo. —Debo marcharme —le dijo, sintiendo el peso del mapa en su caja—. Pero le doy mi palabra de que volveré. Ella lo atrajo hacia sí y lo rodeó con sus brazos con una fuerza que lo dejó sin aliento. Fue un abrazo físico, real, cargado de un calor humano que Mateo no sabía que necesitaba con tanta urgencia. Cerró los ojos y se permitió sentir, por un segundo, que no era solo una pieza en un engranaje ajeno. No era un simple relojero buscando los fragmentos de su alma; era alguien que pertenecía a otro ser. —Ten mucho cuidado con las puertas de espejo, hijo —le susurró ella al oído, y su aliento le trajo recuerdos de lavanda vieja—. Tu padre solía repetir que la verdad no se refleja nunca. La verdad siempre se esconde detrás de la plata. —¿Mi padre? —preguntó Mateo, sintiendo un escalofrío que le recorrió la columna. Pero Elvira ya se había soltado. Sus ojos volvieron a ser dos pozos vacíos y carentes de fondo. Regresó a sus botones, moviéndolos ahora sin orden ni concierto, como si la puerta de su lucidez se hubiera cerrado con un golpe seco. —El código de salida es 4-4-2 —declaró con voz monótona—. Por favor, proceda a archivar este encuentro en la sección de datos irrelevantes. Mateo recogió sus pertenencias, asegurándose de que el mapa estuviera a salvo entre sus planos de mantenimiento. Caminó hacia la salida del solárium sin permitirse mirar atrás, sintiendo la mirada del Auditor como un peso muerto en sus hombros. Cruzó de nuevo los pasillos saturados de ozono. La luz blanca seguía hiriéndole la vista, pero ahora llevaba una brújula oculta en el bolsillo. Al alcanzar la puerta principal, se detuvo un instante. El ruido blanco de la corona continuaba zumbando desde las rejillas, una marea acústica que pretendía borrar cualquier rastro de su paso por allí. Sin embargo, el tic-tac del reloj de Elvira seguía resonando con fuerza dentro de su cabeza. Salió a la calle y el aire exterior, aunque contaminado por el hollín y el humo de las fábricas, le pareció el más puro que había respirado jamás. Se alejó del Hogar de los Días Blancos con paso rápido, ansioso por llegar al taller de Paco. Necesitaba ver a Lulú, a Rafa y a Dieguito para confirmar sus sospechas. Se internó en un callejón sombrío y desplegó el mapa de estraza. Los trazos de Elvira eran de una precisión arquitectónica asombrosa; había dibujado los niveles inferiores del Banco de Reflejos con un detalle que rozaba la obsesión. Pero en la esquina inferior derecha, junto a la firma del diseñador original de los sistemas de seguridad, aparecía un nombre que lo dejó paralizado. No era el nombre de un extraño. Era un nombre que había escuchado en susurros temerosos en el taller, el nombre de un hombre que supuestamente había perecido durante la Gran Extracción. —Esto no puede ser posible —murmuró, sintiendo que el suelo se inclinaba bajo sus pies. Si el hijo de Elvira era quien sospechaba, su incursión en el Banco de Reflejos ya no era una simple búsqueda de identidad. Se trataba de una trampa meticulosamente diseñada por alguien que conocía cada uno de sus pasos antes incluso de que él decidiera darlos. La puerta de la verdad estaba entornada, pero lo que vislumbraba al otro lado era un espejo que solo devolvía oscuridad. Observó la torre del Banco, que se erigía en el horizonte como un monolito de cristal y acero. Allí dentro aguardaban sus recuerdos, la mujer del jardín y, según el mapa de Elvira, el arquitecto de su propio olvido. El ritmo de su corazón se aceleró, pero ya no contaba los segundos para huir. Contaba las piezas que le faltaban para completar el mecanismo de su propia vida. Guardó el mapa y se mezcló con la multitud. La ciudad seguía funcionando con su perfección artificial, ignorando que uno de sus engranajes acababa de empezar a girar en sentido contrario. La rebelión ya no era solo un asalto; era un descenso a los infiernos de una memoria que se negaba a ser borrada. Mateo poseía la llave para abrir la última puerta, aunque esa puerta lo condujera directamente a las fauces del lobo. El susurro de Elvira seguía vibrando en su interior, una mezcla de lavanda y miedo que lo cambiaba todo. Caminó más rápido, ignorando la sombra de la torre que caía sobre él. El fuego de una verdad que quemaba el papel de estraza en su mano lo protegía del frío. El juego de los espejos había comenzado, y no pensaba apartar la vista hasta que el último cristal estallara en mil pedazos.

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