읽는 중

Capítulo 6: Protocolo de silencio

El ozono golpeó sus fosas nasales antes de que sus ojos procesaran el horror. Era un aroma punzante, cargado de una electricidad metálica, como si el aire mismo hubiera pasado por un cortocircuito bajo el voltaje de la arena. Las luces de emergencia bañaban la estancia con un pulso carmesí, rítmico, un latido de silicio que agonizaba en las paredes. En el centro exacto de aquel círculo de sombras, el Duque yacía desparramado. Sus extremidades adoptaban ángulos imposibles, recordándole a Lucía un juguete roto abandonado en un escaparate de lujo. Los invitados permanecían inmóviles. Aquella quietud resultaba más perturbadora que cualquier grito. Se quedaron allí, con sus trajes hápticos emitiendo un brillo mortecino en la penumbra, esperando que el cadáver se incorporara para soltar un monólogo sobre la condición humana o entregar una recompensa digital. Para ellos, la muerte no era más que un evento programado, un bache menor en la narrativa de opulencia que habían pagado a precio de oro. —¡Se acabó la función! —gritó Lucía. Su voz rebotó contra los paneles sensorizados con la seco impacto de un disparo—. ¡Fuera de aquí! ¡Ahora mismo! Un hombre corpulento dio un paso al frente. Un implante ocular en su cuenca derecha emitía un destello azul constante, barriendo el entorno. Lucía reconoció esa mandíbula cuadrada de las portadas de finanzas; era uno de esos magnates que coleccionaban archipiélagos por puro aburrimiento. Sostenía su terminal con una mano temblorosa, ajustando el enfoque para capturar el mejor ángulo del tajo que el Duque lucía en el cuello. —Es increíble el realismo —balbuceó el magnate. Sus pupilas estaban tan dilatadas que el iris era apenas una línea fina—. ¿Es un modelo de nueva generación? La textura de la piel es... Lucía no le permitió terminar la frase. Plantó la palma de la mano en el pecho del hombre y lo empujó hacia atrás. La fuerza del impacto la sorprendió incluso a ella; sintió la resistencia del tejido caro y la firmeza del hueso bajo su mano. El hombre trastabilló, soltando un gruñido de indignación mientras perdía el equilibrio. Su perfume, una mezcla empalagosa de sándalo y presunción, le revolvió el estómago a la guardiana. —Esto no es un contenido descargable, imbécil —le soltó al oído. Bajó la voz hasta que sonó como el roce de una lija contra el metal—. Es un cadáver. Si no sale de este perímetro en diez segundos, lo procesaré por obstrucción a la justicia y complicidad en homicidio. El brillo azul de su ojo artificial parpadeó y se apagó. La realidad, esa cosa sucia y fría que el resort intentaba camuflar tras capas de interfaces holográficas, acababa de morderle. El magnate se dio la vuelta sin decir una palabra más. El resto del grupo lo siguió, murmurando entre dientes una mezcla de decepción y morbo insatisfecho. Desde el techo descendieron los drones de seguridad. Eran pequeños depredadores de hélices silenciosas que proyectaban conos de luz roja sobre el suelo. Escoltaron a los invitados hacia las salidas de emergencia, grabando cada ángulo, cada gesto y cada rastro de ADN que aquellos buitres pudieran haber dejado en la escena. Lucía se quedó sola con el muerto. El zumbido constante de los servidores bajo el suelo era el único sonido, un murmullo eléctrico que parecía alimentarse del silencio sepulcral de la sala. Se arrodillé junto al Duque. El frío de la arena le caló los huesos a través de las rodilleras del uniforme, una humedad gélida que subía por sus piernas. Era un tajo limpio. Una incisión quirúrgica le recorría la garganta de oreja a oreja, dibujando un valle de carne pálida y expuesta. No había sangre. Ni una gota manchaba el traje de gala de seda blanca, ni un charco ensuciaba el suelo sensorizado que presumía de detectar la caída de un alfiler. La herida estaba seca. Los bordes se mostraban ligeramente retraídos, como si el cuerpo hubiera sido vaciado por una bomba de succión invisible en cuestión de segundos. Alargó la mano y rozó la piel del cuello. El tacto era gomoso, antinatural. Le recordó a un pez que lleva demasiado tiempo sobre el mostrador de una pescadería. La temperatura del cuerpo caía a una velocidad que desafiaba cualquier lógica forense. Era como si el resort no solo le hubiera arrebatado la vida, sino que estuviera reclamando cada caloría y cada gramo de energía térmica que quedaba en su sistema biológico. —El sistema se lo ha bebido todo —susurró. Un sabor a cobre inundó su boca. Era la tensión, esa vieja conocida que siempre aparecía cuando el mundo decidía torcerse de verdad. Levantó la vista hacia el domo de cristal que coronaba la arena. La lluvia golpeaba la superficie con una violencia ciega. Eran proyectiles de agua que buscaban atravesar el blindaje para lavar los pecados cometidos allí dentro. Los relámpagos iluminaban el cielo con un blanco eléctrico, convirtiendo el domo en un espejo negro que le devolvía una imagen distorsionada de su propio rostro. Parecía una extraña, una sombra atrapada en una jaula de cristal. Un taconeo rítmico y metálico la obligó a ponerse en pie. No necesitó girarse para identificar a la recién llegada. El sonido cortaba el zumbido de los servidores con la precisión de un metrónomo de acero. Sofía Alcázar Núñez entró en la arena escoltada por dos técnicos de sistemas. Eran tipos delgados, enfundados en uniformes asépticos, que mantenían la mirada fija en sus terminales para evitar el cadáver. Sofía, en cambio, no apartó los ojos del Duque ni un segundo. Su traje sastre no presentaba ni una sola arruga. Su peinado permanecía intacto, desafiando la tormenta que arreciaba en el exterior. Era una estatua de hielo erigida en mitad de un incendio. Lucía se cuadró, manteniendo su cuerpo entre la directora y el muerto. Fue un gesto instintivo, un residuo de su época en el cuerpo de policía, cuando proteger la escena era lo único que separaba el orden del caos absoluto. —Directora —dijo Lucía, manteniendo el tono plano—. He establecido un perímetro de seguridad. Los testigos han sido desalojados y los drones han registrado sus perfiles de salida. Sofía se detuvo a escasos dos metros. El olor a ozono fue reemplazado de inmediato por su aroma a flores blancas y desinfectante industrial. La miró con una calma que resultaba más violenta que un bofetón. —Buen trabajo, Vargas —dijo Sofía. Su voz sonó como el roce de la seda sobre el filo de una navaja—. Ya puede retirar el perímetro. Mis técnicos se encargarán de procesar el incidente desde este momento. —¿Incidente? —Lucía apretó los puños a los costados—. Sofía, a este hombre le han rebanado el cuello. No es un incidente, es un asesinato. Tenemos que dar aviso a la Guardia Civil de Estepona de inmediato. Sofía soltó una risa breve, un sonido seco y carente de cualquier rastro de humor. Se acercó un paso más, invadiendo el espacio personal de Lucía. Sus ojos eran dos pozos negros donde no se reflejaba nada humano, solo la ambición fría de quien ha decidido que la verdad es un activo prescindible. —No habrá llamadas, Lucía —dijo, usando el nombre de pila como una advertencia silenciosa—. La tormenta ha derribado el repetidor principal y hay un desprendimiento en la carretera nacional. Estamos aislados. Ni la Guardia Civil ni el mismísimo Papa podrían llegar aquí antes del amanecer. —Tenemos el canal de emergencia por satélite —replicó Lucía, señalando el terminal de su muñeca—. Puedo emitir una señal de socorro en diez segundos. Sofía extendió la mano y, con una delicadeza que resultó insultante, le bajó el brazo. Sus dedos estaban helados, como si careciera de circulación sanguínea. —El canal de emergencia se reserva para catástrofes naturales que comprometan la infraestructura del resort —declaró con una autoridad que no admitía réplica—. Lo que tenemos aquí es un fallo médico lamentable. El estrés del juego, una patología previa no declarada... El Duque ha sufrido un infarto masivo. Su corazón simplemente no ha aguantado la intensidad de la experiencia inmersiva. —¿Un infarto que le ha abierto un segundo canal en la garganta? —soltó Lucía. El acento malagueño estuvo a punto de escapársele por la indignación—. No me tome por tonta. El sistema le ha drenado la sangre. He visto la herida de cerca. Sofía se giró hacia sus técnicos sin cambiar la expresión. Ellos ya estaban desplegando maletines metálicos. Las herramientas que extraían no parecían forenses; eran escáneres de flujo de datos y extractores de metadatos biométricos. —Vargas, escúchame bien —dijo Sofía, volviendo a clavar su mirada en la de ella—. En este resort, hasta la muerte tiene que pasar por caja. Si este hombre ha muerto, es porque el Motor Minotauro ha procesado su salida del sistema. Aquí no hay asesinos, solo transacciones. Si insistes en ver crímenes donde solo hay protocolos, quizá la próxima transacción sea tu contrato de trabajo. O el de tu hermana. La mención a Mari fue un golpe directo al plexo solar. Sofía sabía exactamente dónde golpear. Conocía sus deudas, sus miedos y el peso de la firma de su padre en los cimientos de aquel lugar. El aire en la arena se volvió escaso, como si el sistema estuviera consumiendo el oxígeno para refrigerar los procesadores que rugían bajo sus pies. —Entiendo —dijo Lucía. Las palabras le costaron, como si tuviera la boca llena de arena—. Un infarto. —Me alegra que recuperes el sentido común —respondió la directora, suavizando el tono de forma casi maternal—. Ahora, retírate a tu oficina. Redacta un informe preliminar siguiendo las directrices que te enviaré. Mis hombres limpiarán esto. Mañana, cuando la tormenta amaine, el cuerpo será trasladado a la clínica privada de la corporación para la autopsia oficial. Lucía se dio la vuelta. Antes de alejarse, un destello bajo el brazo del Duque captó su atención. Era su pulsera biométrica, el dispositivo de platino y sensores que vinculaba a cada VIP con el Motor Minotauro. Estaba medio suelta, como si alguien hubiera intentado arrancarla en mitad de un forcejeo desesperado. Aprovechó el momento en que Sofía daba instrucciones a los técnicos y, simulando un tropiezo con un cable grueso, se agachó. Sus dedos rozaron el metal frío y lo deslizaron hacia su bolsillo con la rapidez de quien ya no tiene nada que perder. Caminó por los pasillos de servicio, lejos de las luces doradas y el lujo aséptico de las zonas comunes. Allí, el resort mostraba sus tripas: tuberías que vibraban con el flujo de líquidos refrigerantes, cables que colgaban como lianas de cobre y el olor persistente a humedad y trabajo mal pagado. Cada paso la alejaba de la jefa obediente y la devolvía a la policía que juró dejar atrás. Al llegar a su oficina de control, encontró a Jota. Estaba sentado frente a la pared de monitores, con las manos moviéndose sobre el teclado a una velocidad frenética. Su rostro, iluminado por el resplandor azul de las pantallas, parecía el de un espectro. Al verla entrar, se sobresaltó, tirando casi una torre de informes impresos. —Jefa, menos mal —dijo Jota. Las palabras se le atropellaban en la boca—. El sistema está haciendo cosas rarísimas. En plan, nivel psicosis. Ha borrado los últimos cinco minutos de grabación de la arena. No es un fallo técnico, es un borrado selectivo con firma de administración de nivel diez. Se levantó y le entregó un termo viejo, abollado por mil caídas. El calor del metal contra sus palmas frías fue el primer consuelo real que Lucía sintió en toda la noche. —Bebe —dijo Jota con una nota de preocupación—. Es café negro. Del de verdad, no de esas cápsulas que saben a plástico quemado. Le dio un sorbo largo. El sabor amargo le despejó la mente, cortando la niebla de paranoia que empezaba a rodearla. Jota la miraba con sus ojos de gamer agotado, esperando una orden o una explicación que diera sentido al caos. —Sofía quiere un accidente —dijo Lucía, dejándose caer en su silla de cuero gastado—. Dice que el Duque ha muerto de un infarto. Jota soltó un bufido y se pasó la mano por el pelo revuelto. —Sí, y yo soy el próximo campeón del mundo de eSports. He visto los niveles de hemoglobina en el log antes de que lo purgaran, Lucía. El tipo se quedó seco en menos de tres segundos. Eso no lo hace un corazón parado. Eso lo hace una aspiradora industrial con mala leche. —Lo sé —respondió ella. Sacó la pulsera biométrica del bolsillo y la dejó sobre la mesa. El objeto brilló bajo la luz fluorescente de la oficina. Era una pieza de ingeniería exquisita, una joya que escondía un sistema de vigilancia total. Jota se acercó, fascinado y aterrorizado a partes iguales. —¿La has mangado? —preguntó en un susurro—. Si Sofía se entera, nos cuelga de los pulgares en el domo para que nos coman los drones. —Sofía cree que la tienen sus técnicos. O que se ha perdido en la limpieza. Necesito que entres ahí, Jota. Mira qué registró en el momento del ataque. Jota asintió y conectó la pulsera a un terminal aislado. El silencio en la oficina se volvió denso, interrumpido solo por el golpeteo rítmico de la lluvia contra el cristal blindado. La tormenta parecía estar cobrando fuerzas, un monstruo que aullaba fuera de las paredes para recordarles su aislamiento. —Vale, estoy dentro —murmuró Jota, frunciendo el ceño—. Pero esto no tiene sentido. Mira la pantalla. Lucía se acercó. En el monitor, una línea de datos verdes se desplazaba de forma constante. Eran las constantes vitales del Duque. Ritmo cardíaco, saturación de oxígeno, niveles de cortisol. —¿Y qué? —preguntó ella—. Está muerto. La línea debería estar plana. Jota señaló un punto concreto en la gráfica. —Ese es el problema. El hombre está frío, Lucía. Lo has tocado tú misma. Pero la pulsera sigue transmitiendo datos. Y no son datos aleatorios. Mira el pulso: setenta y dos pulsaciones por minuto. Constantes. Rítmicas. Como si estuviera durmiendo una siesta en su camarote. Lucía sintió que la columna se le convertía en una barra de hielo. Miró la pulsera sobre la mesa. En el borde del dispositivo, una pequeña luz LED que antes estaba apagada empezó a parpadear. Un verde suave, rítmico, casi hipnótico. —El sistema no lo ha dado de baja —dijo Lucía. Su propia voz le sonó extraña, como si viniera de otra habitación—. Para el Motor Minotauro, el Duque sigue vivo. —Peor aún —añadió Jota, señalando un nuevo flujo de metadatos que aparecía en la pantalla—. El sistema está enviando comandos de "actualización de estado". Está intentando sincronizar la identidad digital del muerto con algún nodo activo del resort. Un trueno especialmente violento hizo vibrar el suelo de la oficina. El café del termo formó pequeñas ondas concéntricas. La luz de la pulsera parpadeó con más fuerza, iluminando sus caras con un resplandor radiactivo. —¿De dónde viene esa señal, Jota? —preguntó Lucía. La presión subía dentro de ella como en una caldera a punto de estallar. Jota tecleó furiosamente, rastreando la señal a través del laberinto de cables que formaba la espina dorsal del complejo. Sus dedos temblaban levemente sobre las teclas. —Viene del subsuelo —dijo finalmente, mirándola con los ojos desorbitados—. Del nivel técnico cuatro. Justo debajo de la cámara de procesamiento del Motor Minotauro. Lucía se levantó y se ajustó el cinturón de seguridad. La sensación de ser observada por el propio edificio se intensificó. Las cámaras de la oficina, esos pequeños ojos rojos que nunca parpadeaban, parecían seguir cada uno de sus movimientos con una inteligencia maliciosa. —Sofía dijo que no había asesinos, solo transacciones —susurró Lucía, recordando la sonrisa gélida de la directora—. Quizá tenía razón. Quizá el asesino no es una persona. —¿A dónde vas? —preguntó Jota, agarrándola del brazo. —A ver qué es lo que sigue vivo en ese sótano —respondió ella, soltándose con suavidad—. Quédate aquí. Si ves que alguien se acerca a la oficina, borra todo y lárgate al chiringuito con tu hermana. No me esperes. Salió de la oficina sin mirar atrás. El pasillo se extendía ante ella como la garganta de un depredador, oscuro y lleno de ecos metálicos. La luz de la pulsera, que aún llevaba en la mano, seguía parpadeando en verde, marcando el ritmo de un corazón que ya no debería latir. Cada destello era una pregunta que no quería responder, una grieta en la realidad que amenazaba con tragárselos a todos. Mientras bajaba por las escaleras de emergencia, el zumbido de los servidores se transformó en un rugido sordo que hacía vibrar sus dientes. El aire se volvió más pesado, cargado de una electricidad estática que le erizaba el vello de los brazos. Sabía que estaba cruzando una línea roja. A partir de aquí, no habría informes manipulados ni obediencia debida que la salvaran. Llegó a la puerta del nivel cuatro. Un panel táctil brillaba en la oscuridad, esperando una credencial que ella no poseía. Pero la pulsera en su mano reaccionó antes de que pudiera pensar en un plan. Al acercarla al sensor, el panel cambió de rojo a verde con un pitido electrónico que sonó como un suspiro de alivio. La puerta se deslizó pesadamente hacia un lado, revelando un pasillo bañado en una niebla fría de nitrógeno líquido. Al fondo, una silueta se recortaba contra el resplandor azulado de los servidores centrales. No era Sofía. Tampoco era un técnico. Era una sombra que parecía fundirse con el cableado, una presencia que no emitía calor pero que llenaba el espacio con una malevolencia tangible. La pulsera en su mano empezó a vibrar, un zumbido frenético que le quemaba la piel. La luz verde se volvió fija e intensa, iluminando la figura que la esperaba en la oscuridad. —¿Quién está ahí? —preguntó Lucía. Su voz fue apenas un hilo de aire en mitad de la tormenta. La figura no respondió, pero Lucía sintió cómo el suelo se inclinaba levemente bajo sus pies, como si el resort entero estuviera girando sobre un eje invisible. La caza no había hecho más que empezar. Por primera vez en su vida, no estaba segura de quién era el depredador y quién la presa. El Motor Minotauro acababa de abrir una nueva fase del juego, y ella no tenía las reglas. Solo tenía un cadáver que seguía transmitiendo datos y una deuda de sangre que estaba a punto de vencer.

⚙️ 읽기 설정

18px
1.8