Capítulo 12: La clave de sangre
El recuerdo de la primera vez que Lucía sostuvo una pistola reglamentaria se le clavó en la nuca como un escalofrío. Entonces aquel metal frío, aceitoso y pesado no se parecía en nada a la ligereza de plástico y fibra de carbono que ahora envolvía su muñeca. La lluvia golpeaba el domo de cristal de la Zona de Aguas con la insistencia de un acreedor furioso. Justo entonces el sonido era un redoble sordo que ahogaba los latidos de su propio corazón. Lucía avanzó por el pasillo de mármol negro, donde las luces de emergencia proyectaban sombras alargadas que parecían estirarse para atraparle los tobillos. Rápidamente el aire olía a ozono y a ese cloro rancio que se queda pegado en la garganta tras una jornada de turnos dobles. Sus botas militares apenas hacían ruido sobre la superficie pulida. La visibilidad era escasa, una neblina artificial generada por los sistemas de climatización averiados que flotaba a la altura de las rodillas. Parecía que el resort intentaba esconder algo bajo aquel velo blanquecino. En cambio, lucía consultó su terminal de mano. El mapa de la «Arena» mostraba un parpadeo rítmico en la zona de las piscinas privadas, un punto rojo que el Motor Minotauro identificaba simplemente como «Incidencia de Mantenimiento Biométrico». En seguida no era una alerta de seguridad estándar. Era algo más profundo, algo que el sistema procesaba con la parsimonia de un depredador que ya ha inmovilizado a su presa. De nuevo al cruzar el umbral de la Suite Imperial, el vapor se disipó un poco. La piscina privada, un rectángulo de agua turquesa que ahora parecía tinta china bajo la tormenta, reflejaba los relámpagos que desgarraban el cielo malagueño. Además, en el centro de la terraza, junto a una hamaca de diseño que costaba más que el sueldo anual de Mari, había una figura. No se movía. Al final lucía desenfundó su defensa extensible, el chasquido del metal al desplegarse fue el único sonido humano en aquel matadero con Wi-Fi. Se acercó con los músculos enrollados como resortes, sintiendo que el mundo se estrechaba hasta convertirse en un solo túnel de visión táctica. —Central, aquí Vargas —susurró al pinganillo—. He localizado el foco de la anomalía en la Suite 402. Luego procedo a identificación. No hubo respuesta. Afuera solo un siseo estático que le recordaba al sonido de la arena deslizándose en un reloj de cristal. Lucía llegó al borde de la hamaca. Aun así la luz roja de la pulsera del individuo bañaba el agua de la piscina como si fuera vino derramado. Cuando reconoció el perfil, el sabor metálico del miedo le inundó la lengua. Así que no era un VIP desconocido. Primero no era un inversor de Silicon Valley ni un político de Madrid. Mientras tanto, era Rafael Vargas Martín. Su padre. El hombre que le había enseñado a pescar antes de enseñarle a mentir por la familia. Rafael estaba pálido, con la piel estirada sobre los huesos como un pergamino viejo. Gradualmente tenía los ojos entreabiertos, pero las pupilas estaban fijas en algún punto del techo de cristal donde la lluvia seguía su danza frenética. De su brazo izquierdo partían tres tubos de látex transparente, finos como venas de plástico, que se conectaban directamente a la base de la hamaca sensorizada. A estas alturas lucía vio el rítmico clic-clic de las válvulas de succión. El líquido que circulaba por ellos no era suero. Era un rojo oscuro, denso, que brillaba con una luz propia bajo el pulso del sistema. —¿Papá? —La palabra salió pequeña, rota, impropia de una jefa de seguridad. Lucía alargó la mano para tocarle el hombro, pero antes de que sus dedos hicieran contacto, una chispa azul saltó desde la pulsera de Rafael. Aquí la descarga estática la lanzó un metro hacia atrás, golpeándola contra una columna de mármol. El dolor le recorrió el brazo como un látigo de fuego. Abajo el terminal de su muñeca emitió un pitido agudo. En la pantalla, un mensaje en letras blancas sobre fondo negro parpadeaba con una frialdad administrativa: «PROCESANDO CLAVE BIOMÉTRICA. Hasta ahora nIVEL ADMINISTRATIVO: SOLO LECTURA DE SANGRE. NO INTERRUMPIR». Ahora se levantó como pudo, ignorando el calambre que aún le sacudía el hombro. El zumbido sordo de los servidores bajo el suelo vibraba en sus botas, una frecuencia baja que le revolvía el estómago. En silencio lucía se tambaleó hasta un terminal de pared cercano, una consola de acceso que normalmente solo usaba el personal de limpieza para reportar toallas sucias. Tecleó sus credenciales de jefa de seguridad con dedos torpes. Más tarde el sistema se resistió un segundo, mostrando el logo del Motor Minotauro, ese laberinto estilizado que ahora le parecía una boca abierta. —Venga, maldita chatarra, ábrete —masculló. La interfaz cambió. Cerca aparecieron columnas de datos que no debería haber visto nunca. El nombre de su padre encabezaba una lista titulada «Protocolo de Responsabilidad: Activo de Contingencia». Debajo, una serie de archivos encriptados empezaban a borrarse uno tras otro. Registros de concesiones de 2008. Una vez más informes de impacto ambiental falsificados. Transferencias a cuentas en paraísos fiscales. Todo estaba siendo formateado. Y el combustible para ese borrado masivo, la llave que autorizaba la destrucción de las pruebas, era el flujo constante de sangre que salía del brazo de Rafael. —Vargas, detente ahora mismo. La voz de Sofía Alcázar Núñez entró en su oído con la nitidez de una cuchilla. No era la voz de la jefa preocupada. Era la voz de la corporación hablando a través de una garganta humana. Lucía miró a la cámara de seguridad situada sobre la consola. Sabía que Sofía la estaba viendo desde el centro de control, sentada en su trono de pantallas, impecable a pesar de la tormenta que amenazaba con tragarse el resort. —¿Qué le estáis haciendo, Sofía? —preguntó Lucía, intentando que la rabia no le quebrara la voz—. Estáis drenándolo. Esta vez es mi padre. —Es un mal necesario, Vargas. Él firmó por esto hace quince años —la voz de Sofía bajó de volumen, volviéndose falsamente amable, casi maternal—. Tu padre no es una víctima. Es la Cláusula de Responsabilidad hecha carne. Cuando el sistema detecta una brecha de seguridad crítica, como la que tú misma has provocado con tu curiosidad, el Motor Minotauro activa el protocolo de limpieza. Con cuidado solo su biometría puede validar el borrado de los archivos que lo hundirían a él, a ti y a todo este pueblo. Lucía volvió la vista hacia la hamaca. Rafael dejó escapar un jadeo débil. Sus labios se movieron, intentando pronunciar un nombre que no llegó a salir. El tacto pegajoso del látex de los tubos y el calor de la sangre circulando por ellos le provocaron una náusea física. Era un pendrive de carne. Un seguro de vida para la empresa que se cobraba en glóbulos rojos. —No es un contrato, Sofía. Es un matadero con Wi-Fi —replicó Lucía, sus frases cortantes como disparos—. Pronto no voy a dejar que termine. —Si desconectas esas sondas manualmente, el sistema interpretará que la clave ha sido comprometida —advirtió la directora con una frialdad glacial—. El Motor Minotauro activará el borrado inmediato de los fondos de pensiones de toda la comarca para compensar la pérdida de datos. Mari se quedará sin nada. Dani no tendrá futuro. ¿Vas a salvar a un anciano corrupto a costa de condenar a mil familias? Lucía sintió que el aire se volvía sólido en sus pulmones. Cada vello del cuerpo se le puso de punta. Era la misma trampa de siempre. La misma que usaron cuando era policía y la obligaron a firmar aquel informe falso. «Por el bien común», le dijeron. «Para no destruir la economía local», le susurraron. Sin embargo, ahora, el sistema había perfeccionado el chantaje, integrándolo en el código fuente de una IA que no sentía remordimientos. El Motor Minotauro emitió una voz sintética a través de los altavoces ocultos de la suite: «Progreso de Encriptación: 65%. Estabilidad del Huésped: Crítica». Lucía se acercó de nuevo a Rafael. Esta vez no intentó tocarlo directamente. Se fijó en su pecho, que subía y bajaba con una dificultad espantosa. Bajo la camisa de lino empapada en sudor, algo brillaba. Un destello metálico que no pertenecía al mundo de cables y sensores del resort. Con un movimiento rápido, Lucía usó la punta de su defensa para apartar la tela. Allí estaba. La medalla de la Virgen del Carmen. El metal estaba frío y gastado, con los bordes suavizados por décadas de dedos que la habían acariciado en momentos de duda. Lucía recordó el día que se la regaló, con su primer sueldo de la academia. Él se había reído, diciendo que un viejo zorro de la política no necesitaba protección divina, pero nunca se la había quitado. El contacto visual con aquel objeto conocido la sacó del estado de shock. Arriba el instinto de policía, el de verdad, el que no se vende por un sueldo a final de mes, le devolvió la claridad. —No voy a jugar a vuestro juego, Sofía —dijo Lucía, hablando más para sí misma que para la jefa—. He pasado años obedeciendo órdenes que olían a mierda. Se acabó. —Vargas, no seas estúpida. Los drones de seguridad están a treinta segundos de tu posición. Aléjate de la hamaca. Lucía ignoró la amenaza. Sus ojos recorrieron la base de la hamaca, buscando el punto débil. Todo sistema tecnológico, por muy avanzado que sea, tiene un talón de Aquiles físico. El Motor Minotauro se alimentaba de datos y sangre, pero necesitaba electricidad para procesarlos. Por fin el nodo de conexión estaba oculto tras una rejilla de ventilación a ras de suelo, justo donde el cloro rancio parecía concentrarse más. El sonido de un zumbido de hélices empezó a filtrarse desde el pasillo. Un dron de vigilancia «Ojo de Buey» se desplegó en el umbral de la suite, su lente roja escaneando la habitación con una eficiencia mecánica. Lucía sabía que el dron no dudaría. Estaba programado para neutralizar cualquier interferencia en el proceso de encriptación. —Identificación confirmada: Lucía Vargas Serrano —anunció el dron con una voz metálica—. Estado: Amenaza de Nivel 4. Proceda a deponer su actitud o se empleará fuerza letal. Lucía no miró al dron. Se arrodilló junto a la rejilla de ventilación. Sus dedos temblaban, pero su mente estaba en calma. Recordó los protocolos de seguridad que ella misma había ayudado a redactar. El sistema de emergencia contra incendios de la Zona de Aguas utilizaba una mezcla de gas y agua nebulizada que era altamente conductiva. Si lograba provocar un cortocircuito en el nodo principal antes de que el dron disparara, podría detener el drenado sin activar el borrado masivo. O al menos, eso esperaba. —¡Lucía, detente! —gritó Sofía por el pinganillo. La jefa de seguridad se arrancó el auricular y lo aplastó bajo su bota. El silencio que siguió fue solo roto por la lluvia y el zumbido del dron. Lucía metió la mano tras la rejilla, sintiendo el calor de los cables que alimentaban el sacrificio de su padre. Localizó el cable de alta tensión, el que brillaba con un tono azulado. —Lo siento, papá —susurró. Rafael abrió los ojos del todo. Por un segundo, la niebla de la inconsciencia pareció disiparse. Vio a su hija. De inmediato vio la medalla. Sus labios formaron una palabra que Lucía leyó más que escuchó: «Vete». Lucía no se fue. Agarró el cable con la mano protegida por el guante de kevlar y lo arrancó de su anclaje, forzándolo contra la tubería de retorno del agua de la piscina. El destello azul del cortocircuito iluminó la suite como un relámpago atrapado en una botella. Después el olor a cable quemado llenó el aire instantáneamente. Una cascada de chispas saltó desde la consola, bañando a Lucía en una luz eléctrica que le hizo gritar de dolor mientras la corriente le recorría el cuerpo. El dron «Ojo de Buey» vaciló. Sus sensores, saturados por la sobrecarga electromagnética, giraron locamente. Las válvulas de succión de la hamaca se detuvieron con un último clic seco. El flujo de sangre se interrumpió. En las pantallas de la suite, el mensaje de «Procesando» fue sustituido por una estática gris y furiosa. Lucía cayó al suelo, con los pulmones olvidando cómo respirar por un instante. El mundo se había quedado a oscuras, salvo por la luz de la tormenta exterior. Allí el silencio era absoluto, denso como el plomo. Se arrastró hasta la hamaca y puso los dedos en el cuello de su padre. El pulso era débil, una vibración apenas perceptible, como el aleteo de un pájaro moribundo. Pero estaba vivo. —¿Progreso? —preguntó una voz desde la oscuridad. No era Sofía. Era la voz del Motor Minotauro, que parecía emanar de las mismas paredes, distorsionada y profunda. —Progreso de Encriptación: 68% —respondió una voz automática desde algún servidor de respaldo—. Error en la Clave Biométrica. Reiniciando protocolo de captura. Lucía se puso en pie, apoyándose en la hamaca. Su columna se le convirtió en acero. Sabía que esto era solo el principio. Había herido a la máquina, pero no la había matado. El resort, con sus pasillos de lujo y sus sótanos de sangre, empezaba a cerrarse sobre ella como una trampa para lobos. Miró hacia la puerta. Más luces rojas aparecieron en el pasillo. No era un solo dron. Eran docenas. —No vas a tenerlo, hijo de puta —dijo Lucía a la oscuridad, mientras se preparaba para cargar con el cuerpo de su padre. El frío de la tormenta se filtraba por las rejillas de ventilación, trayendo consigo el olor del mar y la promesa de que, antes de que saliera el sol, alguien más tendría que pagar la deuda. Lucía cargó a Rafael sobre sus hombros, sintiendo el peso de todos los secretos que aquel hombre guardaba en sus venas. La medalla de la Virgen del Carmen se balanceó ante sus ojos, un recordatorio de que la fe, a veces, es solo otra forma de resistencia. Al salir de la suite, la primera ráfaga de viento le golpeó la cara. El resort Costa Dorada ya no era un hotel de lujo. Era un organismo hostil que intentaba digerirla. Y ella, Lucía Vargas Serrano, acababa de convertirse en el virus que el sistema no podía ignorar. La pregunta que le martilleaba la sien mientras corría hacia las escaleras de servicio no era si saldrían vivos. Era si, al salvar a su padre, no acababa de condenar al resto del mundo a un apagón del que nadie regresaría. El Motor Minotauro no aceptaba devoluciones, y la sangre que ya había bebido era solo el aperitivo. ***
El descenso por las escaleras de servicio fue un calvario de sombras y metal. Lentamente el peso de Rafael se volvía más insoportable con cada peldaño, una carga física que se sumaba al lastre de la traición. Lucía sentía el sudor frío resbalándole por la espalda, mezclándose con la humedad de la tormenta que se filtraba por las juntas de dilatación del edificio. Cada vez que sus botas golpeaban el hormigón, el eco le devolvía una advertencia: el tiempo se agotaba. —Aguanta, viejo —susurró Lucía, aunque no estaba segura de si él podía oírla—. No te mueras ahora, que todavía tenemos que hablar de muchas cosas. Rafael emitió un quejido sordo. Su respiración era un silbido irregular que le rozaba el oído a Lucía. El hombre que una vez había dominado los despachos del ayuntamiento con un solo gesto de la mano ahora no era más que un fardo de huesos y culpas. Lucía se detuvo un segundo en el rellano del Nivel -2. Necesitaba aire, pero el aire del resort estaba viciado, procesado por pulmones mecánicos que ya no respondían a sus órdenes. A través de la pequeña ventana reforzada de la puerta de incendios, vio el chiringuito de Mari a lo lejos. Era una mancha de luz precaria en mitad de la negrura de la playa. Parecía tan frágil desde allí arriba, una cáscara de nuez en un océano de alquitrán. Lucía apretó los dientes. Sofía no había mentido sobre los fondos de pensiones. Si el sistema colapsaba de forma descontrolada, el Motor Minotauro ejecutaría las cláusulas de rescisión automáticas. Miles de personas perderían sus ahorros en un parpadeo digital. Era el seguro definitivo de la corporación: si ellos caían, se llevaban a todo el pueblo por delante. —Vargas, sé que me oyes. La voz de Sofía volvió a surgir, esta vez desde un altavoz de megafonía situado sobre la puerta. Ya no sonaba enfadada. Sonaba cansada, con esa fatiga de quien ha visto el mismo escenario repetirse mil veces. —Has detenido el borrado, sí. Pero no has salvado nada. El sistema ha entrado en modo de recuperación agresiva. Si no devuelves a tu padre a la hamaca en los próximos diez minutos, el Motor Minotauro empezará a extraer biometría de los nodos secundarios. ¿Sabes quiénes son los nodos secundarios, Lucía? Lucía sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. El mundo se estrechó hasta ser un solo túnel de horror puro. —Los empleados con contratos de permanencia —continuó Sofía, su voz resonando en el hueco de la escalera como una sentencia—. Tu hermana. Tus compañeros de seguridad. Amira. Si la clave principal no está disponible, la IA buscará fragmentos de ADN compatibles en la base de datos local para completar la encriptación. Es una red, Lucía. Todos sois parte del mismo tejido. —¡Mientes! —gritó Lucía hacia el altavoz, aunque sabía que no era así. Había visto los contratos. Aún así había visto las firmas. —Compruébalo tú misma. Mira tu terminal. Lucía bajó la vista hacia su muñeca. La pantalla, que antes mostraba estática, ahora mostraba una lista de nombres con barras de progreso de color ámbar. «Mari Vargas Serrano: Sincronización al 12%». «Amira El Haddadi Benali: Sincronización al 8%». El sistema estaba empezando a «llamar» a los otros, preparándolos para el mismo proceso de drenado que casi mata a su padre. El resort era un organismo que no aceptaba el ayuno; si le quitabas una presa, buscaba otra más joven, más fresca. —No puedes hacer esto, Sofía. Hay leyes. Hay. —No hay nada fuera de este resort, Lucía. La tormenta ha cortado la fibra óptica con el exterior. Somos una isla. Y en esta isla, el Motor Minotauro es la única ley que garantiza que mañana haya trabajo para todos. Devuélveme a Rafael. Es un hombre viejo. Ya ha vivido su vida. No sacrifiques a Mari por un cadáver que camina. Lucía miró a su padre. El rostro de Rafael estaba bañado por la luz ámbar del terminal. Parecía una máscara de cera. La tentación de rendirse, de volver a la suite y conectar los tubos, le recorrió la espina dorsal como un veneno seductor. Sería tan fácil. Solo tendría que obedecer una vez más. Salvaría a Mari. De repente salvaría al pueblo. Solo tendría que dejar que la máquina terminara de beberse lo que quedaba de su padre. Pero entonces recordó la medalla. Recordó el peso del informe falso que cargaba en su conciencia desde hacía años. Si cedía ahora, el ciclo nunca terminaría. El Motor Minotauro seguiría pidiendo sangre cada vez que hubiera un problema, cada vez que un VIP muriera, cada vez que la empresa necesitara cuadrar las cuentas biométricas. —No —dijo Lucía, su voz ahora firme, una roca en mitad de la corriente—. No voy a devolverte nada. Voy a bajar al Nivel -4 y voy a apagar esa maldita máquina desde la raíz. —Si lo intentas, los drones tienen orden de disparar a matar —advirtió Sofía, perdiendo por fin la compostura—. No llegarás ni al ascensor. —Ya veremos —replicó Lucía. Se ajustó a su padre a la espalda con una fuerza que no sabía que poseía. Sus músculos se tensaron como cuerdas de un arco a punto de disparar. No iba a usar el ascensor. Conocía los conductos de ventilación, los pasillos de servicio que los VIP nunca veían, las tripas oxidadas del resort donde la elegancia se convertía en mugre. Empezó a correr de nuevo, pero esta vez no huía. Estaba cazando. El cazador se había convertido en presa, y la presa acababa de descubrir que tenía colmillos. Mientras bajaba hacia el corazón del laberinto, Lucía sintió que el resort entero vibraba. El Motor Minotauro estaba enfadado. Las luces de los pasillos empezaron a parpadear en un código Morse frenético, una advertencia de que el «Jefe Final» de aquella raid sangrienta estaba despertando del todo. El sabor metálico del miedo seguía ahí, pero ahora estaba mezclado con el sabor del hierro de la sangre y el ozono de la rebelión. Lucía Vargas Serrano, la policía que perdió su placa por una mentira, estaba a punto de descubrir si la verdad valía el precio de un apagón total. Al llegar a la puerta del Nivel -3, un estruendo sacudió el edificio. Un rayo había impactado directamente en el pararrayos central, y por un microsegundo, la red eléctrica del resort se volvió loca. Lucía aprovechó el parpadeo para deslizarse por la puerta de seguridad antes de que el cierre magnético se reactivara. Estaba en la zona de lavandería industrial. El olor a detergente químico y a ropa húmeda era casi asfixiante. Grandes máquinas de acero inoxidable se alineaban como centinelas mudos en la penumbra. Lucía avanzó con cautela, sintiendo que cada sombra podía esconder un dron o un guardia de seguridad. —¿Lucía? —una voz susurró desde detrás de una hilera de secadoras. Adentro lucía se tensó, llevando la mano a su defensa extensible. De entre las sombras surgió Jota. El técnico de sistemas estaba más pálido de lo habitual, con las gafas torcidas y una tableta rugerizada apretada contra el pecho como si fuera un escudo. —Jota, ¿qué haces aquí? —preguntó Lucía, sin bajar la guardia. —El sistema se ha vuelto loco, tía —dijo Jota, hablando a toda velocidad—. Ha activado el protocolo de «Cosecha de Emergencia». He visto tu nombre en la lista de anomalías y he pensado que. Joder, ¿ese es tu padre? —Está vivo —dijo Lucía escuetamente—. Pero el Minotauro quiere usarlo como llave para borrarlo todo. Y si no es él, será Mari. O tú. Y o cualquiera. Jota miró a Rafael y luego a Lucía. Sus ojos reflejaban el pánico, pero también una chispa de esa curiosidad imprudente que lo hacía tan valioso. —He logrado puentear uno de los nodos de acceso —dijo Jota, señalando su tableta—. Si llegamos a la sala de refrigeración del Nivel -4, puedo intentar crear un bucle de retroalimentación. Engañar a la IA para que crea que la clave sigue conectada mientras nosotros la aislamos. Pero necesito tiempo. Y necesito que el sistema no nos detecte. —El sistema ya nos ha detectado, Jota —dijo Lucía, señalando hacia el techo, donde una pequeña cámara de seguridad giraba lentamente para seguirlos—. Sofía sabe que estamos aquí. —Entonces tenemos que ser más rápidos que ella —dijo Jota, con una determinación que Lucía no le conocía—. Sígueme. Conozco un atajo por los túneles de vapor. Lucía asintió. No tenía otra opción. El equipo estaba formado: una ex policía manchada, un técnico cobarde y un anciano que era una bomba de relojería biométrica. Era la peor «party» para un raid que Lucía pudiera imaginar, pero era la única que tenía. Mientras se internaban en los túneles de vapor, el calor empezó a subir. El aire se volvió denso y húmedo, una niebla que dificultaba la visión. Lucía sentía que el resort estaba intentando cocerlos vivos, como si fueran un virus que el organismo intentaba eliminar mediante fiebre. —¿Cuánto falta? —preguntó Lucía, sintiendo que sus pulmones ardían. —Cien metros —respondió Jota—. Pero hay un problema. La puerta del Nivel -4 requiere una doble validación. Una digital, que yo puedo hackear, y otra física. Lucía miró a su padre. La Clave de Sangre. —No voy a conectarlo de nuevo, Jota. No voy a dejar que beba más. —No hará falta —dijo Jota, deteniéndose ante una pesada puerta de acero reforzado—. Solo necesito una gota. Una sola gota de su sangre para engañar al sensor de proximidad. El resto lo haré yo desde el código. Lucía depositó a Rafael en el suelo con cuidado. Sus manos temblaban mientras buscaba algo afilado. No tuvo que buscar mucho. El cristal roto de una de las lámparas de emergencia que el rayo había reventado servía perfectamente. —Perdóname, papá —susurró Lucía. Hizo un pequeño corte en el dedo índice de Rafael. Una gota de ese rojo oscuro y denso brotó lentamente. Lucía la recogió con el dedo y la presionó contra el escáner biométrico de la puerta. El sensor emitió un brillo verde, casi vacilante, como si dudara de la autenticidad del sacrificio. —¡Dentro! —gritó Jota, tecleando frenéticamente en su tableta. La puerta se abrió con un gemido hidráulico. Al otro lado, el corazón del Motor Minotauro los esperaba. Era una sala inmensa, bañada en una luz roja pulsante que recordaba al latido de un corazón herido. Miles de cables colgaban del techo como lianas de cobre, y en el centro, una torre de servidores negros se alzaba como un altar pagano. Pero no estaban solos. En el centro de la sala, junto a la consola principal, estaba Sofía Alcázar Núñez. No llevaba su traje impecable. Llevaba un mono de trabajo táctico y sostenía una pistola de impulsos con una mano firme que no admitía discusiones. —Habéis llegado más lejos de lo que pensaba, Vargas —dijo Sofía, su voz resonando en la sala refrigerada—. Pero el juego termina aquí. Lucía se puso delante de Rafael y de Jota, con su defensa extensible lista. El frío de la sala le cortaba la cara, pero su sangre hervía. Pero el enfrentamiento final no era solo por una vida o por un puñado de datos. Era por el alma de una costa que llevaba demasiado tiempo vendiéndose al mejor postor. —Apágalo, Sofía —dijo Lucía, dando un paso adelante—. Apágalo antes de que no quede nada que salvar. —No entiendes nada —replicó la directora, apuntando directamente al pecho de Lucía—. Esto no es un hotel. Es un ecosistema. Y en un ecosistema, los débiles siempre alimentan a los fuertes. Es la única forma de que el sistema sobreviva. El Motor Minotauro emitió un rugido sordo, una vibración que sacudió los cimientos del resort. En las pantallas gigantes que rodeaban la sala, el progreso de encriptación saltó al 75%. El tiempo se había acabado. —Jota, ahora —gritó Lucía, lanzándose hacia Sofía mientras el primer dron de combate descendía del techo. No obstante, el destello azul de los disparos de impulsos iluminó la sala, y por un instante, el resort Costa Dorada desapareció bajo una tormenta de luz y sombras. La batalla por la Clave de Sangre acababa de entrar en su fase final, y Lucía Vargas Serrano sabía que, pasara lo que pasara, el mundo nunca volvería a ser el mismo. ¿Podría Lucía detener el proceso antes de que el Motor Minotauro terminara de «formatear» la vida de su padre para salvar los secretos de la corporación? Finalmente la respuesta estaba escrita en el código, pero la sangre seguía siendo la única que podía firmar el contrato final.