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La penumbra del taller exhalaba un aliento denso, una mezcla de aceite de ballena rancio y el rastro agrio del metal fatigado. Aquel aroma no se limitaba a flotar; se adhería a la piel y a la garganta con la obstinación de un secreto que se niega a ser olvidado. Mateo Sebastián de la Cruz y Valenzuela sostenía el fragmento de reflejo entre el pulgar y el índice, sintiendo cómo la yema de sus dedos captaba un latido que no era el suyo. El cristal no se limitaba a vibrar. Emitía un zumbido sordo, una frecuencia baja que parecía succionar el silencio de la noche hasta dejarlo hueco.
Un frío que no pertenecía al invierno de las calles de Madrid se filtraba desde el núcleo de la gema. Era una helada abstracta, nacida de un vacío que los libros de cronometría no alcanzaban a explicar. Sus manos, endurecidas por décadas de lidiar con la resistencia del latón y la obstinación del acero, se antojaban torpes, casi brutas, ante aquella pureza geométrica. El fragmento apenas alcanzaba el tamaño de una uña, pero al sostenerlo, los hombros de Mateo se hundieron como si cargara un lingote de plomo.
Bajo la luz errática de la sebo de la vela, el cristal devoraba el ámbar de la llama para escupir algo distinto. No existía la refracción simple en aquella pieza. En la faceta principal, una mancha de sombras líquidas se retorcía con vida propia, jirones de un azul profundo que jamás se había visto bajo los cielos plomizos del reino. Mateo intentó tomar aire, pero sus pulmones se detuvieron a mitad de camino, encontrando una resistencia invisible en la atmósfera. Era como si el oxígeno mismo se hubiera vuelto sólido, sospechando del robo que acababa de cometer.
—Un segundo —masculló, forzando a sus cuerdas vocales a trabajar.
El sonido de su propia voz fue un tajo en el santuario de resortes y engranajes que lo rodeaba. Al instante, el cristal respondió con una punzada eléctrica en la yema de los dedos. No fue un dolor imaginario; fue un rechazo físico, la protesta de una materia noble ante el contacto de un hombre manchado por el aceite de las máquinas. Mateo sabía que la prudencia dictaba deshacerse de aquello de inmediato. La Guardia de la Perfección no malgastaba saliva en interrogatorios cuando se trataba de reliquias no catalogadas; su método era la Extracción Total. Si los hombres de gris encontraban ese destello azul en su poder, su mente sería vaciada antes de que el sol tocara las agujas de la catedral.
Se imaginó a sí mismo convertido en uno de esos cascarones que deambulaban por las avenidas de mármol: una estatua de carne con la mirada fija en un horizonte inexistente. Un rastro de escarcha invisible le recorrió la columna vertebral. Sus ojos buscaron la puerta reforzada del taller, escrutando las rendijas en busca de la sombra alargada de un inspector, pero solo encontró la oscuridad habitual. Al otro lado de los muros, el mundo seguía su curso: el tic-tac de diez mil relojes sincronizados por el pulso de la Corona creaba un murmullo hipnótico. Era la paz del reino, una sinfonía metálica construida sobre el olvido sistemático de cada ciudadano.
Un golpe rítmico, pesado y real, sacudió la madera de la entrada. Mateo dio un respingo violento y el fragmento resbaló entre sus dedos, rozando el borde de la mesa antes de que lograra atraparlo contra su pecho. Su corazón, que siempre intentaba emular la cadencia perfecta de sus cronómetros, se desbocó en un galope errático. El sudor le perló la frente, una humedad fría que le escocía en las sienes.
—¡Don Mateo! ¿Sigue despierto o es que los engranajes le han robado el sueño? —La voz, filtrada por el grosor del roble, rebosaba una vitalidad que resultaba casi insultante a esas horas.
Era Diego Armando Ortiz y Pineda. Mateo reconoció la cadencia atropellada y el tono respetuoso del muchacho. El joven explorador siempre se movía como si el tiempo fuera un recurso escaso que debía ser devorado, incluso en una ciudad donde los segundos estaban rígidamente legislados. Con un movimiento que rozó la desesperación, Mateo barrió la mesa de trabajo con la mirada. Sus ojos saltaron sobre las pinzas de precisión, las lupas de aumento y las aceiteras de cristal, buscando un refugio que no fuera evidente.
No podía dejarlo allí, expuesto a la curiosidad de un joven que veía el mundo con ojos de urraca. Se giró hacia el rincón más sombrío, donde el gran reloj de péndulo de la corte aguardaba su ajuste final. Era una pieza de una complejidad pavorosa, un laberinto de nogal y bronce que parecía observar la estancia con juicio. Mateo abrió la portezuela de madera con manos que se negaban a obedecerle del todo. El interior del mueble exhalaba un perfume a barniz antiguo y a tiempo acumulado en capas de polvo fino. El péndulo oscilaba con una inercia hipnótica, un gigante de metal que no entendía de miedos humanos.
—¡Ya voy, Dieguito! —gritó, tratando de estabilizar el temblor de su garganta.
Deslizó el fragmento de cristal en las entrañas del mecanismo. Lo encajó justo detrás del escape de áncora, donde los dientes de la rueda giraban con una precisión que no admitía errores. Era una apuesta suicida. Si el cristal se desplazaba un solo milímetro, el cronómetro real se detendría en seco, enviando una señal de alarma inmediata a todo el distrito. El tic-tac ensordecedor del reloj parecía ahora acoplarse a su propio pulso, una cuenta atrás que resonaba en sus huesos. Cerró la portezuela justo cuando el cerrojo de la entrada principal chirriaba bajo la presión de la llave.
Diego entró con la agilidad de un felino, sosteniendo un cuenco de cerámica del que escapaba un vapor aromático. El muchacho vestía sus ropas de explorador, un conjunto de cuero y tela lleno de remiendos y bolsillos estratégicos que contrastaba con la pulcritud casi quirúrgica del taller de Mateo.
—Su merced va camino de quedarse ciego si persiste en desafiar a las velas —dijo Dieguito, depositando el cuenco sobre la madera manchada de aceite—. Le traigo el sustento. Mi madre siempre dice que un estómago vacío es el mejor aliado de un error de cálculo.
Mateo se frotó las manos contra el delantal de cuero, intentando borrar el rastro del cristal. El olor a laurel y sal del guiso de tubérculos empezó a desplazar la pesadez del aceite de ballena. Era una fragancia cálida, terrenal. Al inclinarse, el vapor empañó sus gafas de aumento de inmediato, transformando su visión en un borrón de luces doradas y sombras que se estiraban por las paredes. Se las quitó con un gesto fatigado, revelando unos ojos enrojecidos por la vigilia.
—Gracias, Diego —respondió Mateo, forzando las comisuras de sus labios hacia arriba—. El cronómetro real arrastra un retraso de dos microsegundos por ciclo. No puedo permitir que el ritmo de la Corona se desvíe por mi negligencia.
Dieguito se apoyó en el banco de trabajo, recorriendo con la vista las piezas desmontadas. Su curiosidad era un arma de doble filo; tenía esa mirada limpia de quien nunca ha sentido el peso de un recuerdo prohibido. Para el muchacho, el vacío mental no era una herida, sino el estado natural de las cosas, una pizarra limpia que la Corona llenaba cada mañana.
—Usted y sus números, Don Mateo. ¿No siente hastío de contar cada suspiro del tiempo? —Diego tomó una pequeña rueda dentada y la hizo bailar sobre la mesa—. A veces, cuando estoy fuera de estas murallas, me da por pensar que el tiempo corre distinto. En la calle, la gente no parece tan... tan exacta.
—La exactitud es la frontera que nos protege del caos, Dieguito —replicó Mateo, rodeando el cuenco caliente con sus dedos entumecidos—. Si el escape de áncora no libera la energía de manera constante, el muelle real se desenrolla en una explosión de metal. Es física, no filosofía.
El calor de la cerámica empezó a devolverle la sensibilidad a las yemas de sus dedos. El primer bocado del guiso fue un ancla necesaria; la sal le rascó la garganta y el sabor terroso de los tubérculos lo devolvió a la realidad tangible del taller. Sin embargo, la culpa actuaba como un nudo corredizo que se apretaba con cada deglución. Se sentía como un parásito, un traidor que aceptaba la hospitalidad de la Corona mientras ocultaba un veneno luminoso en el corazón de sus máquinas más sagradas.
—¿Se encuentra bien? —preguntó Diego, ladeando la cabeza con gesto inquisitivo—. Tiene las manos más inquietas que un pájaro en jaula. Si yo tuviera que ajustar ese volante con ese temblor, ya habría mandado al traste tres espirales.
Mateo dejó el cuenco sobre la mesa con una brusquedad que hizo saltar unas gotas de caldo. El impacto resonó en el taller como un aldabonazo en una catedral vacía.
—Es el café, Diego. He abusado de él para mantener los ojos abiertos —mintió, evitando la mirada demasiado perspicaz del joven—. Además, este cronómetro es una pieza con mal genio. A veces juraría que posee una voluntad propia que se resiste a mis pinzas.
—Las máquinas carecen de voluntad, eso repite siempre Doña Beatriz —comentó el chico, encogiéndose de hombros mientras jugaba con una llave de cuerda—. Ella asegura que todo es un flujo ordenado, como un río que sabe a dónde va. Pero he visto cosas en los barrios bajos, Don Mateo. He visto hombres y mujeres que parecen a punto de quebrarse por dentro, aunque sus relojes de pulsera marquen la hora con la perfección de un ángel.
Un escalofrío genuino recorrió a Mateo. La mención de Doña Beatriz Elvira de Zúñiga y Mendoza siempre invocaba una sombra de autoridad gélida. Ella era la arquitecta de aquel orden inmaculado, la mujer que había decretado que el dolor era un precio demasiado alto para la estabilidad y que la memoria era el combustible de todas las guerras.
—No deberías prestar oído a las fábulas de los barrios bajos —sentenció Mateo, endureciendo el tono—. Tu labor es cartografiar rutas de suministro, no desentrañar la psicología de los desposeídos.
Dieguito guardó silencio, herido por la aspereza de su mentor. Empezó a juguetear con el borde de su chaqueta, un tic nervioso que revelaba su incomodidad ante el cambio de humor del relojero.
—Solo quería decir que... bueno, que a veces la perfección agota —murmuró el muchacho sin levantar la vista—. Pero no me haga caso. Ya sabe que soy un charlatán sin remedio.
—Lo sé —concedió Mateo, suavizando la mirada—. Ahora, marcha a descansar. Mañana el puerto no esperará a que termines de bostezar cuando suene la primera campana.
Diego asintió, recuperando su optimismo habitual con una celeridad envidiable. Se despidió con un gesto rápido y cruzó el umbral, dejando tras de sí un silencio que pesaba más que el plomo. Mateo aguardó hasta que el eco de las botas sobre el pavimento de piedra se desvaneció por completo. Solo entonces, rodeado por el coro de tic-tacs, se acercó de nuevo al gran reloj de péndulo.
La necesidad de ver el fragmento era una sed física. Necesitaba confirmar que la imagen no era un espejismo nacido del agotamiento. Con una pinza de punta fina, recuperó el cristal de su escondite entre los engranajes. El zumbido regresó, vibrando contra sus dientes. Esta vez, la imagen dentro de la faceta era nítida, despojada de la bruma anterior. No era solo un azul abstracto. Era una mujer.
Estaba sentada en un jardín que Mateo no lograba ubicar en ningún mapa de la ciudad. El sol, un sol de verdad y no la luz tamizada de la capital, le acariciaba el rostro. Ella sonreía con una calidez que le provocó un dolor agudo en el esternón, una punzada de algo que no sabía nombrar. Era una sonrisa que cargaba con una historia entera, una vida de pequeñas alegrías y penas profundas que habían sido arrancadas de cuajo de la realidad.
—¿Quién eres? —susurró Mateo, acercando la gema al calor de la vela.
La mujer movió los labios, pero el cristal solo devolvió una vibración rítmica contra su piel. Mateo sintió que sus propios ojos se volvían más oscuros, reflejados en la superficie de aquel tesoro robado. Aquella mujer era una extensión de sí mismo, o quizás de alguien a quien él debería haber amado con todas sus fuerzas. El hueco en su pecho, ese vacío que siempre había intentado rellenar con el ritmo matemático de las máquinas, empezó a palpitar con una agonía nueva. Era un dolor vivo, no la ausencia anestesiada a la que estaba acostumbrado. La semilla del recuerdo estaba rompiendo el asfalto de su adoctrinamiento.
De pronto, se vio a sí mismo empuñando un martillo pesado sobre el banco de trabajo. Un solo golpe certero y el peligro se desvanecería. El cristal se tornaría polvo de vidrio, y él podría regresar a ser el aprendiz ejemplar, el hombre sin pasado que la Corona exigía. Levantó el metal. La luz ámbar arrancó destellos al acero del martillo. Sus músculos se tensaron, listos para ejecutar la sentencia que le devolvería la paz. El aire se estancó en sus pulmones como el preludio de una tormenta.
Miró el rostro de la mujer una última vez. Ella no mostró miedo. Se limitó a observarlo con una paciencia infinita, como si conociera de antemano que él era incapaz de destruirla.
—No puedo —dijo en voz alta, dejando caer el martillo con un estruendo sordo sobre la madera de nogal.
La vibración hizo que las lentes de aumento tintinearan sobre la mesa. Mateo se desplomó en su taburete, cubriéndose el rostro con las manos. El sabor metálico del miedo seguía allí, pero ahora estaba mezclado con una determinación que le quemaba las entrañas. Había cruzado un umbral sin retorno. El fragmento no era solo la prueba de un crimen; era el primer peldaño de una escalera que descendía hacia los sótanos de su propia identidad. No podía devolverlo, y no podía destruirlo.
Tenía que encontrar el resto del mosaico. El Banco de Reflejos, esa fortaleza de cristal y piedra que dominaba el horizonte, contenía lo que le pertenecía. Si para recuperarlo debía desmontar el mundo pieza por pieza, lo haría. Se levantó y caminó hacia la ventana. Desde allí, las torres del Banco se alzaban contra el cielo nocturno, vigiladas por las luces de la guardia que patrullaban los muros como estrellas errantes y carceleras.
—El tiempo no se detiene —murmuró, observando cómo la primera luz del alba empezaba a teñir el horizonte de un gris ceniciento—. Solo se oculta bajo la alfombra de la perfección.
Guardó el fragmento en un compartimento secreto de su cinturón de herramientas, un espacio que ningún inspector pensaría en registrar. El frío del cristal se filtró a través del cuero, recordándole su presencia constante contra su cadera. Mateo se preparó para enfrentar la jornada. Sabía que cada mirada, cada palabra y cada gesto tendrían que ser calculados con la precisión de un cronómetro real. Un solo error, una sola duda que se asomara a sus ojos, y el mecanismo de la Corona lo aplastaría sin contemplaciones.
El taller, que durante años había sido su refugio, ahora se sentía como una jaula de cristal. Cada reloj colgado de las paredes parecía un ojo vigilante, un testigo silencioso de su traición. Pero mientras salía por la puerta y giraba la llave, Mateo experimentó algo que no había sentido en décadas. No era la paz del olvido, ni el orden de la obediencia. Era la chispa peligrosa y brillante de la esperanza.
Caminó por las calles empedradas, evitando los charcos que reflejaban un cielo que se negaba a despertar. La ciudad despertaba con un murmullo ordenado, casi coreografiado. Los ciudadanos salían de sus casas con rostros serenos, sus memorias limpias y sus corazones en calma. Mateo los observaba con una mezcla de envidia y lástima. Ellos no sabían lo que les faltaba; no sentían el peso del cristal contra su piel recordándoles que estaban incompletos.
Se detuvo frente a una fuente de mármol donde el agua caía con un ritmo inmutable. Al asomarse, vio su reflejo fragmentado por las ondas. Era la imagen perfecta de su estado actual: un hombre compuesto por piezas que no terminaban de encajar.
—Pronto —se prometió a sí mismo, viendo cómo su imagen se estabilizaba por un instante—. Pronto recordaré quién era antes de que me enseñaran a olvidar.
El sol terminó de emerger, bañando la ciudad en una luz blanca y aséptica. Mateo aceleró el paso hacia el Palacio de la Perfección. El trabajo del día lo aguardaba, y él tenía un reloj que ajustar, un mundo que engañar y una identidad que reconstruir desde las cenizas del olvido.
La jornada transcurrió bajo una tensión subterránea que le hacía vibrar los dientes. Cada vez que la puerta del taller se abría, sus músculos se tensaban como resortes a punto de saltar. Sus manos, sin embargo, se mantuvieron firmes por pura fuerza de voluntad. Desmontó un cronómetro de marina, limpió cada rubí con una delicadeza extrema y volvió a montar el escape sin un solo error. Era su máscara, su defensa más sólida contra la sospecha.
Al mediodía, un inspector de la Guardia de la Perfección cruzó el umbral. Era un hombre alto, embutido en un uniforme de un gris tan pálido que parecía tejido con ceniza. Sus ojos eran inexpresivos, dos esferas de cristal que escaneaban la estancia buscando cualquier anomalía en el orden establecido.
—Valenzuela —dijo el guardia. Su voz era una línea plana, carente de cualquier inflexión humana.
—Señor —respondió Mateo, inclinando levemente la cabeza sin apartar la vista del volante que manipulaba.
—Se ha reportado una fluctuación en la red de sincronización del sector cuatro. Su taller es el centro de ese nodo. ¿Existe alguna explicación técnica que justifique este desvío?
Mateo sintió que el aire se enfriaba varios grados. El fragmento de reflejo parecía quemarle el costado a través del cinturón.
—El cronómetro real de la corte ha presentado una resistencia inusual en el tren de rodaje, señor —explicó, adoptando su tono más profesional—. Es un problema de viscosidad. El aceite de ballena de la última remesa es ligeramente más denso de lo habitual, lo que genera micro-retrasos que la red detecta como fluctuaciones.
El guardia se acercó al banco de trabajo, observando las piezas con una sospecha instintiva que no necesitaba pruebas.
—La perfección no admite excusas químicas, Valenzuela. Asegúrese de que el ritmo se restablezca antes del toque de queda. Doña Beatriz no tolera las asincronías en su obra.
—Así se hará, señor. La precisión es nuestro credo —recitó Mateo, sintiendo el sabor amargo de la mentira en la punta de la lengua.
Cuando el guardia salió, Mateo tuvo que apoyarse en la mesa para no desplomarse. Sus piernas se sentían como arena mojada. La presión de la Corona era una marea constante que intentaba ahogar cualquier chispa de individualidad. Pero ahora, con el fragmento oculto, la lucha ya no era solo externa. Era un duelo entre su miedo y su necesidad de recuperar su humanidad.
Pasó el resto de la tarde sumergido en el trabajo, evitando cualquier contacto innecesario. Dieguito regresó un par de veces, trayendo noticias de los muelles y pequeñas piezas de contrabando que Mateo necesitaba para sus reparaciones privadas. El chico parecía haber olvidado la tensión de la noche anterior, o quizás había decidido que era más seguro no darle importancia.
—Don Mateo, ¿se ha enterado de lo de la aristócrata? —preguntó Dieguito mientras limpiaba unas pinzas—. Dicen que Valentina María Belgrano y Liniers ha regresado a la corte. Mi madre asegura que esa mujer guarda más secretos que un reloj de siete complicaciones.
Mateo levantó la vista, interesado a pesar de su cautela. Valentina era una figura legendaria en los círculos de la resistencia silenciosa, una mujer que lo había perdido todo pero que seguía moviéndose entre las sombras del poder con la elegancia de una pantera.
—No prestes atención a los chismes de pasillo, Diego —dijo Mateo, aunque su mente ya estaba trazando posibles conexiones—. La gente como ella habita un mundo que no nos pertenece.
—Pues yo creo que ella sabe algo sobre el Banco —insistió el muchacho, bajando la voz hasta convertirla en un susurro—. Dicen que busca algo que le arrebataron a su padre. Algo que no era un simple recuerdo de infancia.
Mateo no respondió, pero la idea de que otros estuvieran buscando sus propios fragmentos le infundió una extraña sensación de camaradería y peligro. No estaba solo, pero eso también significaba que el Banco estaría más vigilado que nunca. Al caer la noche, cerró el taller con una sensación de agotamiento absoluto. Se retiró a su pequeña habitación, un espacio espartano que solo albergaba una cama, una mesa y una estantería repleta de manuales técnicos.
Se sentó en el borde del colchón y extrajo el fragmento de reflejo. La luz de la luna entraba por la pequeña ventana, bañando el cristal en un resplandor plateado. La mujer del jardín volvió a aparecer, y esta vez parecía estar llamándolo con una urgencia que Mateo sentía en sus propios huesos.
—¿Quién eres? —repitió con voz rota—. ¿Eres mi madre? ¿Alguien a quien amé en otra vida?
El cristal no respondió con palabras, sino con una oleada de emoción que lo golpeó como una marea física. Era una mezcla de pérdida, amor y una esperanza desesperada que le llenó los ojos de lágrimas. Mateo cerró los párpados, dejando que la sensación lo inundara. Por un instante, el taller, la Corona y la Guardia desaparecieron. Solo existían él y esa mujer, unidos por un hilo de luz que nadie podía cortar.
Pero el momento se desvaneció. El frío del cristal volvió a imponerse, recordándole la realidad. Estaba solo en un reino que lo consideraría un criminal por el simple hecho de querer recordar. Infiltrarse en el Banco de Reflejos era una misión suicida, un salto al vacío sin red de seguridad.
—Pero no tengo otra opción —susurró, guardando el fragmento con un cuidado casi religioso—. Sin mis recuerdos, ya estoy muerto. Solo soy un reloj que marca una hora que no es la suya.
Se acostó, pero el sueño fue un territorio hostil. Cada vez que cerraba los ojos, veía los engranajes del Banco de Reflejos girando, triturando las almas de los ciudadanos para alimentar la paz de la Corona. Veía a Doña Beatriz observándolo desde su trono de cristal, con esa mirada maternal y gélida que prometía seguridad a cambio de la identidad.
Despertó antes de que el sol hiciera su aparición. El aire en la habitación era gélido y olía a metal. Mateo se vistió con sus ropas de trabajo y se preparó para otro día de fingida perfección. Pero mientras se ajustaba el cinturón, sintió el peso del cristal contra su cadera. Ya no era una carga; era una brújula que apuntaba hacia la verdad.
Salió al taller y se dirigió al gran reloj de péndulo. Lo observó durante un largo rato, escuchando su tic-tac constante. Era una máquina hermosa, una obra maestra de la técnica, pero también era una mentira bellamente construida.
—Hoy no —dijo Mateo, mirando hacia la puerta—. Hoy el tiempo va a empezar a correr de verdad.
Salió a la calle, donde la niebla matutina envolvía los edificios como una mortaja de seda. El silencio era absoluto, roto solo por el tañido lejano de las campanas que marcaban el inicio de la jornada oficial. Mateo caminó con paso firme, su mente ya trabajando en el plan para la próxima fase de su infiltración. Sabía que necesitaba aliados. Pensó en Paco, su mentor, que ocultaba su dolor tras una máscara de cinismo. Pensó en Rafa, el hombre de lealtad inquebrantable que buscaba venganza. Y pensó en Lulú, la mujer de mirada vivaz que luchaba por despertar a su hermana.
Ellos eran las piezas de un mecanismo mayor que, si se ajustaba correctamente, podría hacer saltar por los aires la arquitectura de olvido de Doña Beatriz. Mateo tenía que ser el áncora, el punto de equilibrio que mantuviera la energía bajo control hasta el momento preciso. Al llegar a la plaza central, se detuvo frente a la estatua de la Perfección. Era una figura de mármol blanco, sin rostro, que representaba el ideal de la Corona.
—Tu paz se acaba —murmuró para sí mismo.
En ese momento, una sombra se movió entre las columnas del palacio. Mateo se tensó, pero la figura no se acercó. Solo lo observó durante un segundo antes de desaparecer en la oscuridad. Era una presencia familiar, alguien que lo había estado siguiendo o que esperaba el mismo momento que él. Mateo no se dejó intimidar. Siguió su camino, sintiendo que el aire empezaba a vibrar con una energía nueva. El peso del cristal ya no le cerraba la garganta; ahora le daba la fuerza necesaria para romper el silencio.
Al entrar de nuevo en su taller, notó algo extraño. Sobre su mesa de trabajo, junto al cuenco de guiso vacío, había una pequeña nota doblada. No tenía firma, solo un sello de cera negra con la forma de un espejo roto. Mateo sintió que el corazón se le detenía. Abrió el papel con dedos temblorosos.
«El cristal que guardas no es solo un recuerdo. Es una llave. Y hay quienes matarían por tenerla. Ten cuidado, relojero. El tiempo no es lo único que se puede robar».
Mateo miró a su alrededor, pero el taller estaba desierto. La nota era una advertencia o una amenaza, pero confirmaba una cosa: su secreto ya no era solo suyo. El juego había comenzado y las apuestas eran más altas de lo que había imaginado. Cerró la mano sobre la nota, arrugándola hasta que el papel le lastimó la palma. El miedo regresó, pero no lo paralizó; lo hizo estar más alerta, más vivo. Se dirigió a su banco de trabajo y empezó a desmontar el cronómetro real con una velocidad furiosa. Tenía que estar preparado. El Banco de Reflejos lo esperaba, y él no pensaba llegar con las manos vacías. El sol terminó de subir y la ciudad de la perfección se sumergió en su rutina, pero en el taller de Mateo, el orden ya no era la prioridad. La prioridad era la verdad, y la verdad siempre encontraba la forma de salir a la luz, sin importar cuántos engranajes intentaran ocultarla.