Capítulo 20: El desguace del Minotauro
El túnel de mantenimiento 4-B olía a una mezcla rancia de humedad estancada y ozono quemado. En seguida lucía Vargas Serrano ajustó la correa de su linterna táctica mientras el suelo vibraba bajo sus botas con una frecuencia sorda y constante. Aquella vibración no era natural; era el latido de una máquina que respiraba a través de los muros de hormigón. Al final sus dedos, entumecidos por el frío industrial de los niveles inferiores, palparon los pequeños auriculares de corto alcance que acababa de repartir. El metal de los dispositivos se sentía como hielo contra su piel, un recordatorio de que cada paso hacia el núcleo era un paso fuera de la legalidad que una vez juró defender. A su espalda, el grupo parecía una procesión de sombras proyectadas contra la piedra húmeda. Gradualmente jaime Roldán Cifuentes, a quien todos llamaban Jota, jugueteaba con los cables de su tableta rugerizada, con los ojos saltando de una pantalla a otra como si buscara un refugio digital. Mari, su hermana, mantenía una mano firme sobre el hombro de Dani, su hijo. Pronto el chico no apartaba la vista de su propio dispositivo, aunque sus nudillos blancos delataban que aquello no era una partida de *raid* convencional. Lucía los observó un segundo y sintió una punzada de culpa que intentó ahogar con la frialdad del deber. —Escuchadme bien —dijo Lucía, bajando la voz hasta convertirla en un susurro de mando—. A partir de este punto, el sistema nos considera una infección. Más tarde no habrá avisos ni protocolos de cortesía. Si nos pillan, no habrá finiquito, solo una celda en el mejor de los casos. Una vez más mari soltó un bufido que resonó en el pasillo estrecho. —¿Y cuándo hemos tenido nosotros algo parecido a un finiquito, Lucía? —preguntó Mari con una amargura que cortaba el aire—. Llevamos años pagando este resort con la espalda doblada. Luego si hay que romperlo, se rompe. —No es solo romperlo, Mari —intervino Dani, sin levantar la vista de la pantalla—. Hay que desinstalarlo. Adentro si dejamos un solo nodo activo, el Motor Minotauro se regenerará. Es como un jefe final con tres fases de vida. Pero jota asintió frenéticamente, haciendo que sus gafas resbalaran por el puente de su nariz. —Dani tiene razón —confirmó Jota—. El sistema es un organismo distribuido. En cambio, lucía, tú conoces los perímetros físicos, pero yo necesito que me lleves a los puntos de inyección. Si no entramos en el núcleo, Sofía Alcázar Núñez nos borrará del mapa antes de que amanezca. Además, lucía asintió y señaló hacia el fondo del túnel, donde una neblina artificial empezaba a filtrarse desde las rejillas de ventilación. El aire se sentía pesado, casi líquido, como si caminaran por el fondo de un acuario oxidado. De nuevo avanzaron en silencio, con los sentidos alerta ante cualquier siseo que no fuera el de las tuberías de condensación. Lucía lideraba la marcha, moviéndose con la memoria muscular de quien ha patrullado esos mismos pasillos mil veces, aunque ahora lo hiciera como una intrusa en su propio reino. Ahora llegaron al sector de refrigeración, una estancia vasta donde las hileras de servidores se alzaban como monolitos negros bañados por una luz estroboscópica azulada. El frío aquí era una presencia física que mordía los pulmones. Aún así lucía se detuvo ante la esclusa principal, una mole de acero reforzado que custodiaba el acceso al siguiente nivel. Colocó la mano sobre el escáner biométrico, pero se detuvo antes de que el láser rojo barriera su piel. Sabía que, en el momento en que su huella tocara el cristal, una alerta saltaría en el despacho de Sofía. —El sistema va a pedir una validación de nivel cinco —murmuró Lucía, mirando a Jota—. Si lo hago, sabrán exactamente dónde estamos. —Hazlo —respondió Jota, conectando un cable puente al panel lateral—. Con cuidado yo me encargo de camuflar la señal de retorno. Creerán que es un falso positivo del sensor de humedad. Allí pero tienes que mantener la presión constante. Lucía apretó la palma contra el lector. El siseo del aire comprimido llenó la sala mientras los cierres hidráulicos comenzaban a girar con un chirrido metálico que erizaba el vello de la nuca. De repente, una luz roja comenzó a parpadear en el techo y un zumbido de alta frecuencia hizo que Dani se llevara las manos a los oídos. El sistema no se había tragado el anzuelo por completo. —¡Jota, la puerta se está sellando! —gritó Mari, señalando cómo las planchas de acero empezaban a descender lentamente. —¡Estoy en ello! —exclamó Jota, con los dedos volando sobre el teclado—. ¡Es un protocolo de contención de biomasa! ¡Lucía, no quites la mano o nos quedaremos atrapados en esta nevera! Lucía sintió cómo el escáner se calentaba bajo su palma, una temperatura antinatural que amenazaba con quemarle la piel. A estas alturas el Motor Minotauro estaba intentando rechazar su acceso, reconociéndola como una anomalía en su flujo de datos. A través del cristal del escáner, vio su propio reflejo distorsionado, una máscara de determinación y miedo que apenas reconocía. Era como mirarse en un espejo roto donde cada pedazo contaba una mentira diferente sobre quién era ella realmente. —¡Ya está! —bramó Jota. Mientras tanto, un golpe seco retumbó en la estructura y la puerta se detuvo a escasos centímetros del suelo, dejando un hueco suficiente para pasar. Lucía retiró la mano, que ahora lucía una marca roja y circular, y empujó a Dani hacia el otro lado. Pasaron uno a uno, deslizándose por el metal frío mientras el siseo del sistema de seguridad parecía una burla a sus espaldas. Una vez al otro lado, se encontraron en un pasillo de servicio mucho más antiguo, donde las paredes de hormigón visto mostraban las cicatrices de las filtraciones de agua salada. El silencio que siguió fue casi más aterrador que el ruido anterior. Lucía apoyó la espalda contra el muro, intentando recuperar el aliento. Afuera el sabor a café amargo y rancio que llevaba horas en su boca se mezcló con el regusto metálico del miedo. Fue entonces cuando algo rozó su bota. Se tensó, llevando la mano a la defensa que colgaba de su cinturón, pero se detuvo al ver un par de ojos amarillos que brillaban en la penumbra. Era un gato callejero, un animal escuálido y con una oreja partida que todos en el personal conocían como «Cojo». Entonces el felino se movía con una elegancia que desafiaba la fealdad del entorno, ignorando los cables que colgaban del techo como lianas eléctricas. Cojo se acercó a Lucía y frotó su lomo contra sus pantalones de uniforme, emitiendo un ronroneo vibrante que se sentía como una pequeña descarga de vida orgánica en medio de tanta frialdad tecnológica. —¿Qué hace este bicho aquí abajo? —preguntó Mari, suavizando el tono de su voz. —Sobrevivir —respondió Lucía, agachándose para acariciar el pelaje áspero del animal—. Es el único que conoce estos túneles mejor que yo. Sacó un trozo de cecina de su ración de emergencia y se lo ofreció al gato. Cerca cojo lo aceptó con un maullido corto y se alejó hacia una sombra, desapareciendo entre las tuberías. Aquel breve momento de ternura pareció actuar como un pararrayos emocional para el grupo. En silencio la tensión en los hombros de Dani disminuyó un poco y Mari dejó de apretar los puños. Incluso en aquel vertedero de datos y ambiciones corporativas, algo seguía vivo por su propia cuenta, sin pedir permiso al sistema. —Sigamos —ordenó Lucía, recuperando la verticalidad—. El núcleo está a menos de doscientos metros. Pero el Motor Minotauro no iba a permitirles un avance sencillo. A medida que avanzaban por el pasillo principal que conducía a la antecámara del núcleo, las paredes de hormigón empezaron a brillar. De repente no era una luz física, sino una proyección de alta definición que utilizaba la porosidad de la piedra como pantalla. Lucía se detuvo en seco al ver cómo una serie de gráficos y cifras empezaban a flotar sobre sus cabezas, moviéndose al ritmo de sus pasos. Eran datos. Sus datos. «Lucía Vargas Serrano. Hasta ahora probabilidad de reincidencia criminal: 74%. Valor de mercado como activo de seguridad: En declive. Coste de eliminación: Inferior a indemnización por despido». —No miréis a las paredes —advirtió Lucía, aunque sus propios ojos traicionaban su orden. —Mira esto, mamá —susurró Dani, señalando una sección del muro donde su propio rostro aparecía pixelado—. Dice que mi 'potencial de productividad' es nulo si no me someto al programa de biometría. Justo entonces me tasa en puntos, como si fuera un objeto de una tienda de juegos. Mari se detuvo, con la cara roja de una rabia que amenazaba con estallar. Sin embargo, en la pared, junto a su nombre, aparecía un gráfico de salud que detallaba sus niveles de hemoglobina y una predicción de desgaste articular para los próximos cinco años. El sistema la estaba desguazando por adelantado, convirtiendo su cuerpo en una estadística de pérdidas y ganancias para la corporación. —¡Hijos de puta! —gritó Mari, lanzando un puñetazo contra la proyección—. ¡No soy un número de serie! —Eso es lo que quiere la IA —dijo Lucía, agarrando a su hermana por los hombros—. Quiere que nos sintamos pequeños. De inmediato quiere que creamos que ya nos han ganado porque nos conocen mejor que nosotros mismos. Después pero escuchadme bien: no sois números, sois la gente que va a apagar esta mierda. Esos datos son solo sombras en la pared. No obstante, jota, que estaba analizando la proyección con una mezcla de horror y fascinación técnica, asintió sin apartar la vista de los códigos que subyacían a las imágenes. —Es una guerra psicológica, un algoritmo de desmoralización —explicó Jota—. El sistema está usando nuestra propia biometría para atacarnos. Arriba lucía, tenemos que movernos rápido. Si el Motor Minotauro completa el perfil de estrés del grupo, activará las contramedidas físicas. Lentamente aceleraron el paso, ignorando las voces sintéticas que empezaban a susurrar sus nombres desde los altavoces ocultos. Las proyecciones se volvieron más agresivas, mostrando imágenes de su pasado, de la casa vieja en el barrio, de los errores que cada uno guardaba en el sótano de su memoria. Así que lucía vio la cara de su padre, Rafael Vargas Martín, multiplicada en las paredes, con una expresión de decepción que le atravesó el pecho como una lanza de hielo. El aire se enrareció, volviéndose tan denso que cada inspiración era un esfuerzo consciente. Finalmente, llegaron a la esclusa final. Era una puerta acorazada, distinta a todas las demás, con un acabado en negro mate que parecía absorber la luz de sus linternas. No había teclados ni escáneres de retina. Solo una ranura física, un anacronismo de seguridad que requería algo más que códigos digitales. Lucía sacó de su bolsillo la llave que había robado del despacho de Sofía, un objeto pesado y frío que se sentía como una condena en su mano. —Aquí es donde el juego se vuelve real —dijo Lucía, acercándose a la cerradura. Un zumbido de alta frecuencia empezó a emanar de la puerta, un sonido tan agudo que hacía vibrar los dientes. Primero jota se acercó con un detector de voltaje y retrocedió de inmediato. —Está electrificada —advirtió Jota—. Un sistema de inducción. Si metes la llave sin anular el campo, te freirás los nervios antes de que gire la cerradura. —¿Puedes anularlo? —preguntó Lucía, sintiendo el sabor metálico del miedo en la base de la lengua. Jota miró el panel de acceso, buscando una entrada de datos, pero solo encontró una placa de latón grabada con un sello que Lucía reconoció al instante. Era el escudo del ayuntamiento de hacía dos décadas, el mismo que figuraba en los documentos que su padre guardaba bajo llave. Debajo del escudo, una firma digital brillaba con un suave tono ámbar. «Autorización de emergencia: R. Vargas Martín». Lucía sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Aun así no era solo que su padre hubiera firmado la concesión del suelo; él había diseñado, o al menos autorizado, el protocolo de acceso al corazón de la máquina. La traición familiar no era un error administrativo del pasado, era el cimiento sobre el cual se alzaba el Motor Minotauro. Su padre no solo había vendido el suelo del pueblo, había vendido la llave de sus propias vidas a una corporación que ahora los trataba como ganado digital. —Mi padre. él lo sabía —murmuró Lucía, con la voz quebrada—. Sabía que este lugar necesitaría un sacrificio constante para funcionar. —Lucía, no tenemos tiempo para esto —le urgió Mari, aunque sus ojos también estaban fijos en la firma—. Esa puerta es lo único que nos separa de acabar con esto. Si él puso esa firma ahí, es porque esperaba que alguien como tú llegara a usarla. Esta vez o quizá era su forma de asegurarse de que nadie más pudiera entrar. Dani se acercó a la placa y pasó los dedos cerca de la firma, sin llegar a tocarla. —Es un código de validación por parentesco —observó el chico, con la perspicacia de quien ha pasado demasiadas horas descifrando mecánicas ocultas—. El sistema no solo pide la llave, pide que quien la use tenga una firma genética compatible con el autorizador. Por eso Sofía te quería a ti, Lucía. No solo por ser la jefa de seguridad, sino porque eres la única que puede abrir esta puerta sin disparar el reseteo total. Lucía miró la llave y luego la firma de su padre. El resorte de su determinación se comprimió al máximo, transformando la culpa en una rabia gélida y dirigida. Aquella era la trampa final de Rafael, o quizá su único y retorcido camino hacia la redención. Si entraba, no habría vuelta atrás. Se convertiría en la mano que ejecutaba la sentencia contra el legado de su propia sangre. —Jota, prepárate para el inyectar el virus en cuanto la puerta se abra —ordenó Lucía, con una voz que no admitía réplica—. Mari, Dani, quedaos detrás de mí. Si algo sale mal, corred hacia el túnel 4-B y no miréis atrás. —No nos vamos a ir, Lucía —respondió Mari, colocándose a su lado—. Hemos venido juntos a este desguace y saldremos juntos. Lucía asintió, agradeciendo el peso de la lealtad de su hermana. Introdujo la llave en la ranura. El zumbido de alta frecuencia aumentó hasta volverse insoportable, un grito electrónico que parecía salir de las entrañas de la tierra. Sintió una descarga estática que le erizó el vello de los brazos, pero no retrocedió. Giró la llave con un movimiento seco y decidido. El mecanismo interno de la puerta crujió, un sonido de engranajes antiguos que encajaban en su sitio después de años de silencio. La esclusa empezó a abrirse, revelando un resplandor rojo que bañó sus rostros sudorosos. El aire que salió del interior era cálido y olía intensamente a hierro, un aroma que Lucía conocía demasiado bien. No era el olor del metal, sino el de la sangre. —Bienvenidos al corazón del Minotauro —susurró Jota, con el rostro pálido bajo la luz roja. Lo que vieron al otro lado desafiaba cualquier lógica técnica que Lucía hubiera imaginado. La sala era una catedral de servidores, pero entre los racks de computación se entrelazaban tubos transparentes por los que circulaba un fluido espeso y carmesí. El sistema no solo procesaba datos; estaba físicamente alimentado por el recurso biológico que habían estado drenando de los huéspedes y de los trabajadores. Finalmente el Motor Minotauro era un organismo híbrido, una quimera de silicio y plasma que latía con una luz rítmica y obscena. En el centro de la estancia, una torre de servidores más alta que las demás se alzaba como un altar. Por fin en su base, una consola de mando mostraba una cuenta atrás que parpadeaba en ámbar. El sistema estaba iniciando el protocolo de borrado de pruebas. Tenían menos de diez minutos antes de que todo el registro del asesinato del VIP y de los contratos ilegales desapareciera para siempre en el olvido digital. —¡Dani, a la consola secundaria! —gritó Lucía, señalando una terminal lateral—. ¡Jota, empieza la inyección! ¡Mari, vigila la puerta, no tardarán en enviar drones de respuesta! El equipo se desplegó con la precisión de una unidad de asalto. Lucía se situó en el centro de la sala, con la mano en su arma, escudriñando las sombras que se proyectaban entre los servidores. El silencio era ahora absoluto, roto solo por el burbujeo del fluido en los tubos y el tecleo frenético de Jota y Dani. Era una calma tensa, la antesala de la tormenta definitiva. De repente, las pantallas de la sala se encendieron al unísono, mostrando el rostro de Sofía Alcázar Núñez. No era una grabación; era una transmisión en directo desde el centro de mando superior. Su expresión era de una calma glacial, una máscara de cortesía corporativa que no llegaba a ocultar el desprecio en sus ojos. —Lucía, siempre supe que tenías una inclinación por el autosabotaje —dijo Sofía, su voz resonando en la sala con una claridad aterradora—. Pero implicar a tu familia. Eso es un nuevo nivel de irresponsabilidad, incluso para ti. —Se acabó, Sofía —respondió Lucía, mirando directamente a la cámara—. Hemos visto las tripas de tu juguete. Sabemos de qué se alimenta. Sofía soltó una risa corta, carente de cualquier rastro de humor. —¿Crees que esto es mío? —preguntó Sofía, inclinando la cabeza—. Yo solo soy la gestora de un activo regional. El Motor Minotauro es la única razón por la que esta costa no es un desierto económico. Si lo apagas, condenarás a miles de personas a la miseria que tu padre intentó evitar. ¿De verdad quieres ser la heroína que traiga el hambre a su propio barrio? Lucía sintió que las palabras de Sofía buscaban las grietas de su resolución, como el agua que se filtra por el hormigón viejo. Pero entonces miró a Mari y a Dani, que seguían trabajando a pesar de la amenaza. Vio la marca del escáner en su propia mano y recordó el olor a sangre en la Villa 4. —Prefiero el hambre a la esclavitud, Sofía —sentenció Lucía—. Y prefiero la verdad a tu progreso de matadero. —Una lástima —dijo Sofía, y su imagen desapareció de las pantallas—. Iniciando protocolo de defensa activa. Que tengáis una buena noche, agentes. Un sonido de motores eléctricos llenó la sala. Del techo empezaron a descender drones de combate, sus sensores láser buscando objetivos en la penumbra roja. Lucía desenfundó su arma y se colocó delante de Dani, sintiendo cómo la adrenalina le quemaba las venas. El primer haz de luz roja barrió el suelo, deteniéndose justo en sus botas. —¡Jota, dime que tienes algo! —gritó Lucía, apuntando al dron más cercano. —¡Casi está! —respondió Jota, con el sudor chorreándole por la frente—. ¡Pero el sistema está desviando la energía a los escudos del núcleo! ¡Necesito que alguien corte el flujo manual de los tubos de refrigeración! Lucía miró hacia la parte superior de la sala, donde una serie de válvulas manuales brillaban bajo la luz estroboscópica. Estaban situadas en una pasarela metálica que parecía sacada de una pesadilla industrial. Para llegar allí, tendría que cruzar la línea de fuego de los drones. —Yo iré —dijo Mari, dando un paso adelante. —¡No, Mari! —la detuvo Lucía—. Es demasiado peligroso. —Tú eres la que sabe disparar, Lucía —replicó Mari, con una determinación que no le había visto nunca—. Tú cúbreme. Yo sé cómo funcionan las tuberías, llevo toda la vida arreglando las del chiringuito. Sin esperar respuesta, Mari echó a correr hacia la escalera de caracol que subía a la pasarela. Lucía apretó el gatillo, abriendo fuego contra el primer dron que intentó interceptarla. El estallido de la detonación retumbó en la sala, seguido por el sonido del metal chocando contra el suelo. Pero había más. Muchos más. El aire se llenó de chispas y del olor a pólvora y ozono. Lucía se movía entre los servidores, usando los racks como cobertura mientras mantenía a raya a las máquinas. Cada vez que un dron caía, otro ocupaba su lugar, como si el Motor Minotauro tuviera una reserva infinita de defensores. En lo alto, vio a Mari alcanzando la primera válvula, luchando con el metal oxidado mientras los láseres buscaban su espalda. —¡Vamos, Mari! —susurró Lucía, disparando de nuevo. La válvula giró finalmente con un gemido metálico y un chorro de vapor frío inundó la parte superior de la sala. El ritmo de los latidos del núcleo cambió, volviéndose errático, más lento. Las luces rojas empezaron a parpadear con violencia y el zumbido de los servidores descendió de tono. El sistema estaba sufriendo. —¡Lo tengo! —gritó Dani desde su terminal—. ¡He entrado en el directorio raíz! ¡Lucía, hay archivos aquí con tu nombre y el de tu padre! ¡Están vinculados a una cuenta de depósito en el extranjero! Lucía no tuvo tiempo de procesar la información. Un dron de mayor tamaño, equipado con un cañón de pulsos, emergió de una trampilla en el suelo. El aire se cargó de electricidad estática y Lucía sintió que la columna se le convertía en una barra de hielo. Rápidamente el dron apuntó directamente hacia la pasarela donde estaba Mari. —¡Mari, abajo! —bramó Lucía, lanzándose hacia adelante para intentar atraer la atención de la máquina. El cañón de pulsos disparó, pero no hacia Mari. Abajo el proyectil de energía impactó en uno de los tubos de sangre que alimentaban el núcleo, provocando una explosión de fluido carmesí que bañó la sala. El líquido caliente y pegajoso cubrió los servidores, provocando cortocircuitos instantáneos que llenaron el aire de chispas y humo negro. Y el Motor Minotauro emitió un alarido electrónico, un sonido de agonía que hizo vibrar las paredes de hormigón. En medio del caos, Lucía vio cómo la cuenta atrás en la consola central se detenía. Los drones cayeron al suelo como marionetas a las que les hubieran cortado los hilos. El silencio volvió a la sala, pero esta vez era un silencio de muerte, roto solo por el goteo rítmico de la sangre cayendo desde los tubos rotos. Lucía corrió hacia la escalera y ayudó a Mari a bajar. Su hermana estaba cubierta de hollín y sangre, pero respiraba con fuerza. Se abrazaron un segundo, un contacto humano necesario en medio de aquel desastre tecnológico. Luego se acercaron a Jota y Dani, que seguían fijos en sus pantallas. —¿Lo habéis conseguido? —preguntó Lucía, limpiándose la cara con la manga del uniforme. Jota levantó la vista, con una expresión de incredulidad. —El virus se ha propagado por toda la red del resort —dijo Jota—. No solo hemos detenido el reseteo, hemos abierto todos los archivos encriptados. Mañana, cada periódico de este país tendrá acceso a los contratos de Sofía y a los registros de biometría. —Pero hay algo más, tita —dijo Dani, señalando un archivo que seguía parpadeando en la pantalla—. El contrato de tu padre. No era solo una venta. Era una póliza de seguro. Si el sistema se apagaba de forma violenta, como acabamos de hacer, se activaba un protocolo de envío automático a la fiscalía anticorrupción. Él sabía que algún día alguien vendría a apagar la luz. Lucía miró el archivo. La firma de Rafael Vargas Martín brillaba ahora con un tono verde esmeralda, el color de la validación final. Sintió un nudo en la garganta que no supo si era de alivio o de una tristeza profunda. Su padre había sido un corrupto, un hombre que vendió a su gente, pero también había dejado una trampa puesta para sí mismo y para la corporación, una última jugada de ajedrez que solo su hija podía completar. —¿Estamos a salvo? —preguntó Mari, mirando hacia la puerta por donde habían entrado. Lucía guardó su arma y miró a su alrededor. El Motor Minotauro estaba muerto, sus servidores chamuscados y sus tubos de sangre vacíos. Pero sabía que el sistema era más grande que una sala subterránea. La corporación no se quedaría de brazos cruzados mientras sus secretos se aireaban en la red. —Por ahora sí —respondió Lucía, aunque su voz carecía de convicción—. Pero hemos encendido un fuego que no se va a apagar fácilmente. Tenemos que salir de aquí antes de que lleguen los equipos de limpieza de la matriz. Recogieron sus cosas y se dirigieron hacia la salida. Al pasar por el pasillo de servicio, Lucía buscó con la vista a Cojo, pero el gato había desaparecido. Solo quedaba el trozo de cecina en el suelo, intacto. Un escalofrío le recorrió la espalda. Mientras subían por los túneles hacia la superficie, Lucía no podía dejar de pensar en la firma de su padre. ¿Había sido un acto de redención o una última forma de control sobre ella? ¿Era ella la heroína de la historia o simplemente la pieza final que el sistema necesitaba para completar su propio ciclo de destrucción y renovación? Las sombras en las paredes parecían reírse de sus dudas, moviéndose al ritmo de sus pasos cansados. Cuando finalmente emergieron al aire libre, la tormenta había amainado, dejando tras de sí un cielo gris plomizo que empezaba a clarear por el este. El resort Costa Dorada se alzaba a sus espaldas, una mole de cristal y acero que ahora parecía un cadáver exquisito bajo la luz del amanecer. Lucía respiró el aire salado del mar, intentando limpiar sus pulmones del olor a ozono y sangre. —¿Y ahora qué, Lucía? —preguntó Mari, mirando hacia el barrio de bloques viejos que se extendía más allá del perímetro del resort. Aquí lucía miró hacia el mar, donde las primeras luces del día empezaban a reflejarse en el agua como pedazos de un espejo roto. —Ahora —dijo Lucía, con una voz que sonaba extraña en sus propios oídos—, vamos a ver quién sobrevive a la verdad. Pero mientras caminaban hacia el coche de Mari, Lucía sintió una vibración en su muñeca. Miró su pulsera de seguridad, la que se suponía que estaba desactivada. Una pequeña luz roja parpadeó una vez, dos veces, y luego se apagó. El sistema había muerto, pero algo en su interior le decía que el Minotauro siempre guardaba un último aliento para aquellos que se atrevían a entrar en su laberinto. ¿Era el fin del juego o simplemente el inicio de un nivel mucho más peligroso?