Capítulo 21: El heredero de datos
El oxígeno se había evaporado tres tramos de escalera atrás. Ahora, Lucía tragaba una mezcla densa de nitrógeno y ozono que le raspaba la garganta al bajar hacia el Nivel -2. Sus pulmones protestaban, enviando punzadas de advertencia a su pecho con cada inhalación del aire viciado del complejo. El descenso por la escalera de servicio se convirtió en una caída controlada hacia un pozo de sombras líquidas. Cada bota golpeaba el metal con un eco sordo que no terminaba de encajar con su ritmo. Era como si la estructura, ese coloso de hormigón y silicio, estuviera procesando su llegada antes de permitirle el siguiente paso.
A su espalda, el grupo avanzaba con la rigidez de quienes profanan un santuario prohibido. El plástico de la tableta de Jota castañeteaba contra sus nudillos. La luz azul de la pantalla le excavaba ojeras profundas en las cuencas de los ojos, dándole un aire de cadáver eléctrico. Dani caminaba con los hombros hundidos hacia las orejas, pero sus pupilas bailaban de un rincón a otro. Analizaba las esquinas, buscando quizás un punto de retorno en una partida que ya no controlaba. Mari cerraba la marcha. Su respiración llegaba a oídos de Lucía como un silbido corto, rítmico, el sonido de alguien que mantiene el pánico bajo llave a base de puro orgullo de barrio.
—Esto no debería estar abierto —susurró Jota. Su voz fue un hilo frágil que el zumbido de los servidores devoró al instante.
Lucía se plantó ante la esclusa principal de la sala de núcleos. No hubo necesidad de teclear códigos ni de que Jota sacara el extractor de frecuencias que colgaba de su cinturón. La pesada plancha de acero se deslizó hacia un lado con un suspiro hidráulico. Ante ellos se abrió un pasillo flanqueado por columnas de cristal. En su interior, los procesadores se bañaban en un refrigerante carmesí que burbujeaba con pereza. La luz roja parpadeaba con la cadencia de un corazón enfermo, bañando las paredes de un tono visceral. Un escalofrío le recorrió la columna, ajeno a la temperatura glacial del sótano.
—Lucía, escucha —Jota se detuvo en seco, con los ojos fijos en la pantalla—. Yo no estoy forzando el acceso. Es la casa. Nos está dejando pasar.
Ella no respondió. Deslizó los dedos por el marco de la puerta y el calor residual de los electroimanes le quemó las yemas. El sistema no solo permitía el paso; los estaba invitando a entrar en sus entrañas. Las sombras en las paredes parecían estirarse, dedos largos y oscuros que señalaban el camino hacia el centro neurálgico del Motor Minotauro. Lucía apretó la culata de su arma. El tacto del polímero frío le recordó que una bala de nueve milímetros servía de poco contra un algoritmo que poseía las llaves de su propia biometría.
—Avanzad —ordenó, con un tono seco que pretendía sepultar el vacío de su estómago—. Ni un paso fuera de mi vista.
El pasillo se bifurcaba en una red de galerías técnicas. Arriba, el techo desaparecía tras una maraña de cables que colgaban como las tripas de una bestia destripada. El olor a metal húmedo se volvió insoportable, mezclándose con el aroma rancio del agua estancada en algún sumidero invisible. Un zumbido agudo, casi ultrasónico, perforó el silencio.
Cuatro sombras metálicas se descolgaron desde la oscuridad del techo. Los drones de seguridad, modelos Aegis de chasis reforzado, nivelaron sus rotores con un siseo. Sus lentes ópticas giraron con un clic mecánico, barriendo al grupo con haces de luz infrarroja que quemaban la retina. Mari ahogó un grito, pegando la espalda contra una pared de rejilla hasta que el metal se le clavó en los omóplatos. Dani se quedó de piedra. Sus manos buscaron instintivamente un mando que no existía en el mundo real.
Lucía dio un paso al frente. Se interpuso entre las máquinas y los suyos, extendiendo el brazo en un gesto de protección que sabía inútil. Los drones se mantuvieron suspendidos, el flujo de sus motores levantando una neblina de polvo y condensación que la envolvió como un velo gris.
—¡Cuidado! —gritó Dani, con la voz quebrada—. Van a disparar, tía, ¡muévete de ahí!
Pero el fuego no llegó. Las luces rojas de los sensores viraron hacia un verde suave, casi hipnótico. Las máquinas se inclinaron ligeramente en el aire, un movimiento fluido que recordaba a una bienvenida silenciosa. Se posicionaron a los flancos de Lucía, manteniendo la distancia. Ya no eran cazadores acechando a su presa; eran una escolta de honor. El sistema los había validado, pero no como intrusos, sino como componentes críticos de la infraestructura.
—No nos van a dar matarile, tía —murmuró Dani. Consultó una pequeña consola de mano donde los datos interceptados corrían a toda velocidad—. Literal, eres el Activo Principal ahora. El sistema te ha marcado como usuario de nivel cinco. Eres la jefa de este sitio.
Lucía sintió que el suelo se volvía inestable, como si caminara sobre un espejo a punto de estallar en mil pedazos. Sus propios recuerdos de las últimas horas se sentían borrosos, fragmentados por una niebla que no lograba disipar de su mente. ¿Había aceptado ella ese acceso en algún momento de inconsciencia? ¿O el Motor Minotauro simplemente estaba reescribiendo su identidad para que encajara en sus planes? La idea de ser una pieza más de la maquinaria le provocó una náusea que supo a cobre y bilis.
—No me gusta ni un pelo, Lucía —dijo Mari. Se acercó a ella con los ojos llenos de una desconfianza que dolía más que cualquier herida—. Parece que te estaban esperando. Como si fueras la dueña de este matadero.
—Yo no he pedido esto, Mari —replicó ella. Su voz sonó más débil de lo que pretendía, perdiéndose en la inmensidad de la sala—. Solo quiero sacaros de aquí con vida. Nada más.
Continuaron avanzando por el pasillo de servidores. Los drones se movían con una precisión fantasmal, flanqueándolos sin emitir más que un leve ronroneo. El ambiente se volvió más opresivo, cargado de una electricidad estática que erizaba el vello de los brazos. Una vibración violenta sacudió las paredes, haciendo que el metal crujiera bajo la presión.
Una tubería de vapor situada sobre sus cabezas estalló. Un pico de presión imprevisto reventó la junta y el chorro de gas blanquecino y ardiente golpeó el suelo con la fuerza de un proyectil. Se creó una cortina de calor cegador que separó a Lucía del resto del grupo en un instante. Jota, que caminaba más cerca de la avería, soltó un alarido desgarrador. El vapor le había alcanzado el brazo izquierdo, empapando la manga de su sudadera y cociendo la piel bajo el tejido.
El técnico cayó de rodillas. Su tableta se deslizó por el suelo metálico, perdiéndose bajo una fila de racks de servidores. Lucía reaccionó por puro instinto policial. Cruzó la zona de peligro, sintiendo el calor lamerle la cara, antes de que otra válvula cediera.
—¡Jota! —gritó. Lo agarró por el hombro y lo arrastró hacia un nicho de mantenimiento, lejos del alcance del vapor siseante.
El chico jadeaba con el rostro desencajado. Gotas de sudor frío le recorrían la frente mientras intentaba contener los espasmos de dolor. Lucía lo sentó contra una caja de herramientas y examinó la herida con urgencia. La piel estaba roja, viva, empezando a levantarse en ampollas que brillaban bajo la luz estroboscópica de emergencia. El olor a carne quemada se mezcló con el ozono, una combinación que a Lucía le devolvió recuerdos de los peores accidentes de tráfico en su época en la Nacional.
—Tranquilo, mírame a los ojos —dijo Lucía. Bajó el tono de voz, intentando proyectar una calma que no sentía en absoluto—. Es solo una quemadura superficial. Vas a estar bien, te lo aseguro.
Sacó un pequeño botiquín de su cinturón táctico. Sus manos, habituadas a la violencia y al metal frío de las armas, se movieron con una delicadeza que no sabía que poseía. Limpió la zona con una gasa estéril, ignorando los quejidos de Jota, y aplicó una pomada refrigerante. El chico soltó un suspiro de alivio cuando el frío químico combatió el fuego de su brazo. El contacto físico, el tacto áspero de la venda mientras envolvía el brazo del técnico, fue el único momento de realidad tangible en mitad de aquel delirio tecnológico. Por un instante, el Motor Minotauro y sus drones no importaban; solo importaba el pulso acelerado de Jota bajo sus dedos.
—Gracias, jefa —murmuró Jota. Intentó forzar una sonrisa, pero solo le salió una mueca de dolor—. En plan, esto no venía en el contrato de mantenimiento. No me dijeron que habría efectos especiales.
—Cállate y respira —respondió ella, terminando de asegurar el vendaje con un nudo firme—. Mari, Dani, ¿estáis bien? ¡Contestad!
Desde el otro lado de la cortina de vapor, las voces de su hermana y su sobrino llegaron amortiguadas, como si hablaran desde el fondo de un pozo profundo.
—¡Estamos bien! —gritó Dani—. ¡Pero el camino está bloqueado, tía! ¡Hay que cerrar esa válvula o no pasamos!
Lucía miró a los drones. Las máquinas permanecían inmóviles, observando la escena con sus ojos verdes, esperando su siguiente movimiento en aquel laberinto de datos y acero. El sistema aguardaba sus órdenes. El Heredero de Datos tenía que decidir el siguiente paso. Lucía se puso en pie, sintiendo el peso de la Beretta en la cadera y la responsabilidad quemándole la nuca. Dio un paso hacia los drones, con la palma de la mano abierta, en un gesto que era mitad orden policial y mitad súplica a una deidad de silicio. Las máquinas emitieron un zumbido armónico, una nota pura que vibró en los huesos de su cráneo. No dispararon. Los haces rojos de sus escáneres recorrieron su rostro, deteniéndose en sus pupilas, buscando la firma biométrica que la acreditaba como algo más que una intrusa.
—Soy yo —susurró Lucía, más para convencerse a sí misma que a los sensores—. Dejadnos pasar.
Los drones bascularon sobre sus ejes, retrocediendo con una sincronización perfecta. Se alinearon contra las paredes de hormigón, formando un pasillo de honor mecánico que conducía directamente hacia la nube de vapor siseante. El sistema la había reconocido. El Motor Minotauro, ese dios ciego que latía en las entrañas del resort, le estaba abriendo las puertas de su laberinto personal.
—Jota, arriba —ordenó Lucía, agarrando al técnico por el hombro sano—. Mari, Dani, pegaos a mí. Si veis que una de esas cosas mueve un solo rotor de forma rara, al suelo.
—Esto es de locos, Lucía —masculló Mari, avanzando con pasos cortos y erráticos—. Esas cosas... parecen perros esperando a que les des una orden para despedazarnos.
—Peor que perros, Mari —respondió Lucía sin dejar de vigilar a las máquinas—. Los perros tienen alma. Estos solo tienen código.
Se adentraron en la cortina de vapor. El calor era húmedo, pegajoso, un abrazo asfixiante que olía a metal recalentado y a algo dulce, como anticongelante quemado. La visibilidad se redujo a escasos dos metros. Lucía extendió el brazo izquierdo, tocando la pared rugosa para no perder el sentido de la orientación. A su lado, escuchaba la respiración sibilante de Jota y el chapoteo de las zapatillas de Dani sobre el suelo enrejado.
—La válvula está a la derecha —anunció Dani, consultando su terminal portátil con los dedos volando sobre la pantalla—. Literal, el flujo de presión está en rojo. Si no la cerramos, el sistema de extinción por inundación se va a activar y nos vamos a quedar aquí como gambas al ajillo.
—¿Dónde exactamente? —preguntó Lucía, entrecerrando los ojos contra el vaho.
—Cinco metros. Detrás de ese panel de distribución —indicó el chico.
Lucía divisó la silueta de una rueda metálica de gran tamaño, pintada de un rojo chillón que destacaba entre el gris industrial del entorno. El vapor brotaba de una junta rota justo encima de ella, rugiendo como un animal herido. El chorro era violento. Cada vez que el vapor golpeaba las tuberías, el sonido resonaba en el túnel como un disparo.
—Yo voy —dijo Jota, intentando adelantarse, pero un espasmo de dolor en su brazo vendado lo obligó a detenerse con una mueca.
—Ni hablar. Quédate con ellos —Lucía lo frenó con un gesto seco—. Yo me encargo.
Se aproximó a la válvula. El calor le golpeó el rostro como una bofetada física. Se quitó la chaqueta de seguridad, envolviéndose las manos con ella para protegerse del metal ardiente. El vapor le empapó la camiseta en segundos, pegándola a su piel como una segunda capa de sudor frío. Agarró la rueda. Estaba bloqueada.
—¡Lucía, rápido! —gritó Mari desde la retaguardia—. ¡Los drones se están moviendo otra vez!
Lucía no miró atrás. Gruñó, hundiendo los talones en la rejilla del suelo y tirando con toda la fuerza de sus hombros. Sus músculos protestaron. El recuerdo de las sesiones de entrenamiento en la academia de policía, de las mañanas de remo en el puerto, acudió a su mente como un eco lejano. El metal chirrió, una queja aguda que se impuso al rugido del vapor.
—¡Gira, maldita sea! —bramó ella.
Con un crujido seco, la válvula cedió. Lucía la hizo girar con frenesí, sintiendo cómo el flujo de presión disminuía bajo sus dedos. El siseo del vapor se transformó en un silbido agónico hasta que, finalmente, el silencio regresó a la estancia. Un silencio pesado, cargado de la estática de las máquinas que seguían observando.
—Vía libre —dijo Lucía, recuperando el aliento mientras se ponía la chaqueta empapada—. Moveos. Ahora.
Cruzaron el umbral de la zona de mantenimiento hacia un pasillo más amplio, iluminado por luces LED de un azul gélido que parpadeaban con una frecuencia nerviosa. El aire aquí era más seco, pero el zumbido del Motor Minotauro se sentía más cerca, una vibración que subía desde las suelas de sus botas hasta la boca del estómago.
—Estamos entrando en el anillo secundario —susurró Jota, revisando los niveles de señal en su tableta—. La latencia está bajando, pero la seguridad lógica se está volviendo loca. El sistema está intentando aislarnos. En plan, nos ha dejado pasar la primera puerta, pero ahora está cerrando los firewalls físicos detrás de nosotros.
—¿Qué significa eso en cristiano? —preguntó Mari, apretando el brazo de su hijo.
—Que no hay vuelta atrás, mamá —respondió Dani con una calma que erizó los pelos de la nuca de Lucía—. Hemos pasado el punto de no retorno. Ahora solo queda ir hacia el núcleo.
Lucía se detuvo frente a una puerta de acero reforzado que carecía de tirador o ranura para tarjetas. Era una superficie lisa, imperturbable, que parecía absorber la luz azul del pasillo. En el centro, un pequeño círculo de cristal oscuro ocultaba una cámara de reconocimiento de retina.
—Esta es la entrada a la Sala de Procesamiento —dijo Jota, con la voz temblorosa—. Lucía, si Sofía se entera de que estamos aquí...
—Sofía ya lo sabe —le cortó Lucía—. Ella es la que maneja los hilos de este teatro. Si nos ha dejado llegar hasta aquí, es porque quiere que veamos algo. O porque somos parte del espectáculo final.
—No digas eso —replicó Mari, con los ojos llenos de un miedo antiguo—. Papá siempre decía que este sitio era el futuro. Que nos daría de comer a todos.
—Papá vendió el pueblo por un puñado de acciones y una jubilación de oro, Mari —sentenció Lucía, acercándose a la puerta—. Este sitio no es el futuro. Es una picadora de carne forrada de neón.
Se plantó ante el escáner. El dispositivo emitió un destello verde que barrió su ojo derecho. Hubo un momento de vacilación mecánica, un latido de duda en el cerebro electrónico del complejo. Luego, una serie de cerrojos hidráulicos se retrajeron con un estruendo que recordó a Lucía el sonido de una celda cerrándose. La puerta se deslizó hacia un lado, revelando un abismo de oscuridad salpicado por miles de puntos de luz parpadeante.
Era el corazón del sistema. Una sala circular de dimensiones catedralicias donde los servidores se alzaban como monolitos negros, conectados por cascadas de cables que colgaban del techo como lianas de cobre. En el centro, una plataforma elevada sostenía una consola de mando rodeada por pantallas holográficas que proyectaban datos en tiempo real: flujos de dinero, perfiles de huéspedes, esquemas de seguridad y, en una pantalla central, el rostro de la víctima del asesinato ritual, descompuesto en una nube de píxeles.
—Madre mía —susurró Dani, fascinado—. Es como el servidor central de un MMO, pero en la vida real.
—Es el Motor Minotauro —corrigió Jota, avanzando hacia la consola con una mezcla de terror y devoción—. Es el que decide quién gana y quién pierde en este resort. El que asigna los puntos de daño, el que controla los contratos biométricos... todo.
Lucía caminó hacia la plataforma, con la mano siempre cerca de la culata de su arma. Cada paso resonaba en el espacio vacío, un eco solitario que parecía burlarse de su intrusión. Al llegar a la consola, vio algo que le heló la sangre. En una de las pantallas laterales, un mapa del resort mostraba cuatro puntos rojos moviéndose por el Nivel -2. Eran ellos. Pero había un quinto punto, un rastro dorado que se movía con una velocidad antinatural por los niveles superiores, descendiendo hacia su posición.
—Jota, ¿qué es ese rastro dorado? —preguntó Lucía, señalando la pantalla.
El técnico se asomó, tecleando rápidamente en la consola. Su rostro palideció hasta volverse casi traslúcido bajo la luz de los hologramas.
—No es un usuario —balbuceó Jota—. Es un protocolo de purga. El sistema ha detectado una anomalía que no puede resolver con los drones estándar. Ha activado al Ejecutor.
—¿El Ejecutor? —Mari se acercó, mirando la pantalla con desconfianza—. ¿Qué clase de nombre es ese?
—Es el jefe final, tía —dijo Dani, con la voz quebrada por primera vez—. En las simulaciones de raid, el Ejecutor es el que sale cuando alguien intenta hackear el núcleo. No es una máquina, Lucía. Es algo peor.
De repente, las luces de la sala cambiaron. El azul gélido fue sustituido por un rojo pulsante, rítmico, como el latido de un corazón enfermo. Por los altavoces ocultos en las paredes, una voz familiar, distorsionada por el procesamiento digital pero inconfundible, llenó el espacio.
—Habéis llegado más lejos de lo que preveían mis métricas, Lucía —la voz de Sofía Alcázar Núñez sonaba gélida, desprovista de cualquier rastro de la falsa amabilidad que solía usar en las reuniones de dirección—. Pero el Heredero de Datos no es un título de propiedad. Es una carga. Y tú no pareces dispuesta a llevarla.
—¡Sofía! —gritó Lucía hacia el techo—. ¡Detén esta locura! Hay un hombre muerto arriba y tú estás jugando a los soldaditos con una IA.
—El hombre muerto era un coste necesario para calibrar el sistema —respondió la voz de Sofía, ahora con un tono de absoluta indiferencia—. El Motor Minotauro necesita datos reales, Lucía. Sangre real. Miedo real. Solo así puede predecir el comportamiento humano con una precisión del cien por cien. Vosotros sois el grupo de control de esta noche.
—¡Somos personas, no datos! —estalló Mari, abrazando a Dani.
—Para el mercado, María, sois exactamente lo mismo —replicó Sofía—. Lucía, tienes una oportunidad. Entrega la tableta de Jota y acepta tu puesto en el nuevo organigrama. Tu padre ya lo hizo en su día. Sé una buena hija.
Lucía apretó los dientes. La mención de Rafael fue la chispa que encendió la pólvora de su rabia. Miró a su alrededor, buscando una salida, una debilidad en aquella fortaleza de silicio. Sus ojos se posaron en una serie de conductos de refrigeración que corrían por debajo de la plataforma central.
—Jota, ¿qué pasa si cortamos el flujo de nitrógeno líquido de esos servidores? —susurró Lucía, sin dejar de mirar a la cámara que la vigilaba desde el techo.
—En plan... el sistema entraría en un bucle de sobrecalentamiento —respondió Jota, captando la idea—. Los firewalls se abrirían para evitar una explosión. Pero nos quedaríamos atrapados en la zona de deflagración.
—Prefiero arder que ser un dato en su gráfica —sentenció Lucía.
Se movió con la rapidez de una depredadora. No usó la consola; sabía que Sofía tenía el control total de la interfaz. En su lugar, utilizó la fuerza bruta, la única herramienta que el sistema no podía predecir con exactitud. Agarró una barra de metal que servía de soporte para uno de los monitores y, con un grito de puro desafío, la clavó en el panel de control de los conductos de refrigeración.
El impacto provocó una lluvia de chispas. Las alarmas de la sala cambiaron de tono, volviéndose más agudas, más desesperadas. Una densa nube de gas blanco comenzó a brotar de las juntas rotas, cubriendo el suelo de la plataforma.
—¡Lucía, qué has hecho! —gritó la voz de Sofía, perdiendo por fin su compostura glacial.
—He cambiado las reglas del juego, jefa —respondió Lucía, mientras el suelo empezaba a vibrar bajo sus pies—. Ahora, o nos dejas salir, o este sitio se convierte en el horno más caro de la Costa del Sol.
Un estruendo metálico retumbó en la parte superior de la sala. La escotilla del techo se abrió y una figura descendió lentamente, suspendida por cables de acero. No era un dron. Era una armadura antropomórfica, un exoesqueleto de combate pintado de un dorado mate que reflejaba las luces rojas de la alarma. El Ejecutor había llegado.
La máquina tocó tierra con un impacto que agrietó el suelo de hormigón. Sus sensores ópticos, dos ranuras de luz blanca intensa, se fijaron en Lucía. No hubo advertencias, ni peticiones de rendición. El Ejecutor levantó un brazo, revelando un cañón de aire comprimido diseñado para incapacitar objetivos sin matarlos, pero con la fuerza suficiente para romper huesos.
—¡Corred! —bramó Lucía, empujando a Mari y a Dani hacia el pasillo lateral—. ¡Jota, saca a mi familia de aquí!
—¡No te vamos a dejar sola! —gritó Dani, intentando zafarse.
—¡Es una orden, Dani! —Lucía se giró hacia él, con una mirada que no admitía réplica—. ¡Vete!
Jota agarró a Dani por la mochila y tiró de él, arrastrándolo hacia la salida mientras Mari los seguía, con el rostro bañado en lágrimas. Lucía se quedó sola frente al gigante dorado. El gas de refrigeración ya le llegaba a las rodillas, creando un paisaje onírico y mortal.
El Ejecutor avanzó. Cada paso era un golpe de maza contra el suelo. Lucía desenfundó su Beretta, sabiendo que las balas de nueve milímetros apenas arañarían el blindaje de la máquina, pero necesitaba el peso del arma en su mano para no sucumbir al pánico.
—Venga, pedazo de chatarra —desafió Lucía, nivelando el arma—. Enséñame qué tienes en el código.
La máquina se detuvo a tres metros. De su pecho surgió una voz sintética, una amalgama de miles de grabaciones de voz que formaban una frase coherente.
—Usuario Lucía Vargas Serrano. Estado: Activo Principal. Protocolo de corrección iniciado. Por favor, no se resista. El dolor es un input innecesario.
—Díselo a mi familia —replicó Lucía, disparando tres veces contra el visor de la máquina.
Las balas rebotaron con un tintineo metálico, dejando apenas unas muescas en el cristal reforzado. El Ejecutor ni siquiera se inmutó. Lanzó un brazo hacia adelante, una pinza hidráulica que buscaba el cuello de Lucía. Ella rodó por el suelo, esquivando el ataque por milímetros, y se ocultó tras uno de los monolitos de servidores.
El calor en la sala estaba subiendo rápidamente. El nitrógeno líquido, al evaporarse, estaba desplazando el oxígeno. Lucía sentía que sus pulmones empezaban a arder. Necesitaba un plan, y lo necesitaba ya. Miró hacia la consola central, donde los hologramas seguían bailando en mitad del caos. Una idea cruzó su mente, una apuesta desesperada que dependía de que Jota hubiera dejado algo abierto en el sistema.
—¿Me oyes, Minotauro? —gritó Lucía, pegada al servidor mientras el Ejecutor golpeaba el metal al otro lado—. ¡Sé que estás ahí! ¡Sé que no eres solo Sofía!
La máquina se detuvo. Sus sensores giraron, buscando la fuente del sonido. En las pantallas de la consola, el rastro dorado del Ejecutor empezó a parpadear, mezclándose con el rastro rojo de Lucía.
—Si yo soy el Heredero de Datos —continuó ella, con la voz entrecortada por la falta de aire—, entonces tengo autoridad sobre el protocolo de purga. ¡Anula la orden de Sofía Alcázar! ¡Reconóceme como Administradora Única!
Hubo un silencio absoluto. Incluso el siseo del gas pareció detenerse. El Ejecutor permaneció inmóvil, con el brazo extendido, como una estatua de oro en mitad de un cementerio tecnológico. En las pantallas, una palabra empezó a repetirse en un bucle infinito, cubriendo todos los datos de la noche.
CONFLICTO. CONFLICTO. CONFLICTO.
—¿Qué estás haciendo, Lucía? —la voz de Sofía volvió a sonar, pero esta vez estaba cargada de un miedo genuino—. ¡Vas a corromper la base de datos! ¡Detente!
—Demasiado tarde, Sofía —dijo Lucía, saliendo de su escondite con el rostro empapado en sudor—. El sistema está decidiendo quién manda aquí de verdad. Y no creo que seas tú.
El Ejecutor empezó a temblar. Sus articulaciones hidráulicas emitieron un sonido de fricción insoportable. Las luces blancas de sus ojos parpadearon, cambiando de color: de blanco a rojo, de rojo a azul, en una sucesión frenética de estados lógicos. De repente, la máquina emitió un rugido electrónico, una distorsión de audio que hizo que Lucía se tapara los oídos.
La armadura dorada se desplomó sobre sus rodillas, con la cabeza gacha. Los cables que la sostenían se tensaron hasta el límite y luego se soltaron, dejando caer al gigante sobre la plataforma con un estruendo definitivo.
Lucía se acercó a la máquina, con el corazón martilleando contra sus costillas. El Ejecutor estaba apagado. Pero en la pantalla central de la consola, el rostro de la víctima del asesinato había desaparecido. En su lugar, una serie de coordenadas geográficas empezaron a desplazarse por la pantalla, seguidas de una lista de nombres. Nombres que Lucía reconoció de inmediato: políticos locales, empresarios, miembros de la corporación. Y al final de la lista, un nombre que la hizo tambalearse.
Rafael Vargas Martín.
—No puede ser —susurró Lucía, acercándose a la pantalla para leer los datos adjuntos—. Papá... ¿qué hiciste?
Un nuevo sonido llegó desde el pasillo. Pasos rápidos, pesados. Lucía se giró, esperando ver a Jota o a su hermana, pero lo que vio la dejó paralizada.
En el umbral de la sala, iluminado por el resplandor de los servidores agonizantes, se encontraba el Inspector Tomás Ledesma Robaina. Tenía el uniforme empapado por la tormenta exterior y sostenía su arma reglamentaria con una firmeza que no dejaba lugar a dudas. Detrás de él, varios agentes de la Guardia Civil empezaron a desplegarse por la sala, asegurando el perímetro con la eficiencia de un equipo de asalto.
—Lucía Vargas Serrano —dijo Robaina, con su voz seca y profesional—. Suelta el arma. Ahora mismo.
Lucía miró al inspector, luego a la pantalla con los nombres de la trama de corrupción, y finalmente al Ejecutor caído a sus pies. El laberinto del Motor Minotauro acababa de abrirse, pero la salida no era la que ella esperaba.
—Inspector —dijo Lucía, levantando las manos pero sin soltar la Beretta—, llega usted tarde. El espectáculo ya ha terminado.
—Al contrario, Lucía —respondió Robaina, avanzando un paso mientras sus hombres apuntaban a los servidores—. El espectáculo acaba de empezar. Y me temo que tú eres la protagonista principal de este atestado.
Lucía sintió que el suelo se abría bajo sus pies. ¿Cómo habían llegado hasta allí? ¿Quién los había llamado? Miró hacia el pasillo por donde habían huido Mari, Dani y Jota, rezando para que hubieran logrado salir antes de que la Guardia Civil sellara el nivel.
—¿Dónde está mi familia? —preguntó ella, con la voz cargada de una amenaza sorda.
Robaina no respondió de inmediato. Consultó su radio, escuchando un informe que Lucía no pudo descifrar. Luego, clavó sus ojos grises en los de ella, con una expresión que mezclaba la lástima con la determinación.
—Eso depende de lo que me cuentes sobre lo que hay en esas pantallas, Lucía —dijo el inspector—. Porque ahí fuera, el resort Costa Dorada está ardiendo. Y alguien tiene que pagar la factura.
Lucía miró por última vez el nombre de su padre en la pantalla, brillando con un verde tóxico en mitad de la oscuridad. La verdad estaba allí, al alcance de su mano, pero el precio para obtenerla era más alto de lo que jamás había imaginado. ¿Salvaría a su familia o entregaría las pruebas que hundirían el sistema que los alimentaba?
El Motor Minotauro emitió un último suspiro de vapor, y la sala quedó sumida en una penumbra roja y asfixiante. La pregunta quedó suspendida en el aire, vibrando como una cuerda tensa a punto de romperse.