Capítulo 13: Los intereses pagados en carne
El mercado matutino del Distrito Ámbar se disolvió en un caos temporal sin previo aviso. Un instante, Elara caminaba junto a Cassian entre los puestos perfumados de especias y, al siguiente, el propio aire se abrió en dos: futuros que ella había robado parpadeando hasta existir como aceite sobre el agua. Una mujer gritó cuando la risa de su hijo resonó desde tres direcciones a la vez. El carro de un mercader titiló entre intacto y hecho añicos, una y otra vez; el chasquido de la madera al romperse se repetía en bucles tartamudos. Y, a través de todo ello, cada segundo prestado se arrancaba de la posibilidad y se exhibía en el presente. La deuda que ella había llevado en secreto ahora aullaba su presencia para todos los que la rodeaban. Las rodillas se le doblaron. El eco estaba cobrando lo que ella debía, y el Distrito Ámbar estaba pagando los intereses.
Los mercaderes de especias voceaban canela y cardamomo cuando el aire se torció. Elara recordó el olor a canela quemada de algún lugar—de algún cuando—distinto. Un futuro que ahora no existiría jamás porque ella había tomado esos minutos, los había gastado, los debía de vuelta con intereses compuestos en carne y hueso. El aroma la golpeó como un puño.
—¿Qué está pasando? —Un vendedor se aferró al delantal, mirando el espacio donde había estado su puesto. Donde estaría. Donde parpadeaba entre estados.
—¡El aire… está hablando!
La propia voz de Elara le respondió desde tres segundos por delante, palabras que aún no había dicho desbordándose de la nada:
—Atrás. Todos, atrás, aléjense del…
—…centro —terminó su voz presente, y la superposición le hizo latir el cráneo.
La mano de Cassian encontró su codo.
—Quédate conmigo, Elara.
Ella no pudo contestar. La distorsión temporal se onduló hacia afuera desde su posición como una piedra arrojada al agua… excepto que ella era la piedra y las ondas eran tiempo robado exigiendo el pago. El rostro de un hombre alternó entre juventud y vejez en el lapso de una respiración. La cesta de la compra de una mujer existía y no existía, estaba y no estaba, y las verduras dentro chillaban mientras se pudrían y se despudrían en ciclos entrecortados.
—Yo hice esto —las palabras le rasparon la garganta—. Cada momento que tomé… está volviendo todo…
—Concéntrate en mí —la presión de Cassian se endureció—. Mírame.
Ella no podía. Imágenes fantasmales, en cascada alrededor de ellos, tiraban de su vista, de su mente, de esa parte de ella que había metido la mano en el mañana y había robado lo que no era suyo. Se vio a sí misma envejecida y muriendo en una cama que no reconocía. Vio a Cassian coronado en un trono que se alzaba vacío, el rostro ahuecado por algo que no era victoria. Vio el Distrito Ámbar desmoronarse hasta volverse polvo, luego reconstruirse, luego desmoronarse otra vez. Cada visión era un recibo. Un registro. Los adoquines bajo sus pies parpadeaban entre el presente y futuros robados, y el peso de cada segundo le presionaba los huesos.
La risa de un niño resonó desde todas partes a la vez. El estómago de Elara se encogió. Conocía aquel sonido; lo conocería, lo había conocido, lo estaba conociendo a través de tres momentos separados que colapsaban en un único ahora insoportable. El eco temporal arrastró el futuro al presente y la obligó a presenciar el precio de su robo.
La multitud estaba presa del pánico. La gente corría en todas direcciones; algunos se desvanecían y reaparecían cuando la distorsión los atrapaba en su red. El brazo de un hombre parpadeó entre roto y entero. El grito de una mujer se enroscó sobre sí mismo, el sonido alimentándose de su propio eco hasta convertirse en un coro de terror.
—¡Muévanse! —gritó Cassian a los civiles que huían—. ¡Despejen la plaza! ¡Vayan a las calles exteriores!
Su voz atravesó el caos con la autoridad de quien está acostumbrado a mandar. Parte de la multitud obedeció, derramándose hacia los límites del distrito. Otros seguían atrapados en la distorsión temporal, con sus futuros y pasados sangrando entre sí de formas que hicieron que se le humedecieran los ojos a Elara. Intentó alcanzar el eco, atraerlo de vuelta a su interior, donde pertenecía. Un relámpago le subió por la columna. La visión se le duplicó, se le triplicó, y le mostró el mercado tal como había sido, tal como sería, tal como era: tres realidades apiladas unas sobre otras como transparencias sobre una mesa de luz. La boca se le llenó de sabor a cobre.
—¡Elara! —La voz de Cassian le llegó desde muy lejos—. Elara, no luches contra esto…
Pero luchar era lo único que sabía hacer. Había luchado por sobrevivir a la purga del Archivo. Luchado por dominar su habilidad cuando se manifestó por primera vez. Luchado por mantener a Cassian con vida durante tres intentos de asesinato. No sabía rendirse. El eco creció. Y Elara vio su propio rostro reflejado en un fantasma temporal: mayor, ajado, con los ojos vacíos por el tiempo prestado. La visión quedó suspendida en el aire durante tres latidos antes de disolverse en estática.
*En eso me convertiré*, pensó. *Eso es lo que ya soy.*
La plaza del mercado se inclinó. Las piernas le fallaron.
Cassian la atrapó antes de que golpeara los adoquines. Sus manos se cerraron alrededor de sus brazos, y ella sintió cómo se le tensaba el cuerpo ante lo que encontró. La delgadez. La forma en que los huesos le quedaban demasiado cerca de la superficie. Las décadas que se habían tallado en su carne mientras él no miraba.
—No… —empezó ella, pero la voz no le obedeció.
—Te tengo. —Ya se estaba moviendo, medio cargándola hacia un portal—. Te tengo. No luches contra ello; deja que pase.
—Todos lo están viendo. —Las palabras le salieron quebradas—. Lo que soy. Lo que he hecho.
—Que lo vean.
La distorsión temporal le arañó la mente, arrastrando más futuros hacia el presente. Vio una versión de sí misma de pie sobre el cuerpo de Cassian. Vio otra versión en la que estaba sentada en el trono. Vio una tercera en la que el trono los consumía a ambos, con sus conciencias alimentando el hambre antigua que había devorado al panteón original. Cada visión exigía lo suyo.
El hombro de Cassian chocó contra una puerta y la obligó a abrirse. La arrastró hacia el interior, fuera de la plaza, hasta un nicho estrecho donde el eco temporal se desvaneció hasta quedar en un susurro. La piedra áspera le presionó la espalda. Su abrigo de viaje bloqueaba el caos; sus brazos creaban un refugio al que los futuros robados no podían alcanzar. Ella temblaba. ¿Cuándo había empezado a temblar?
—El eco… —consiguió decir.
—Está pasando. —Su voz era baja, urgente—. Ya se está apagando. Estás a salvo.
No estaba a salvo. No volvería a estarlo jamás. Lo que debía estaba llegando a su vencimiento, y no le quedaba nada con qué pagarlo salvo ella misma.
El umbral olía a polvo y piedra vieja. Elara se apoyó en él, agradecida por la presión sólida en la columna. Cassian se quedó cerca—demasiado cerca, no lo bastante—, con las manos aún en sus hombros como si esperara que volviera a venirse abajo. Tal vez tenía razón al esperarlo. Desde luego, ella no se fiaba de sus piernas.
—Mírame. —Su pulgar le rozó la sien, y ella vio cómo su mirada se detenía en el gris de la raíz de su cabello. Vio cómo se le tensaba la mandíbula—. ¿Cuánto tiempo llevas ocultándomelo?
—No lo estaba ocultando. —El agotamiento en su voz la sorprendió—. Solo esperaba que no importara.
—No importa. —Sus dedos recorrieron las nuevas líneas alrededor de sus ojos sin vacilar—. No del modo en que tú crees.
Quiso creerle. El calor que se filtraba a través del abrigo, la presión constante de sus manos, el hecho de que no hubiera dado un paso atrás aunque la evidencia de su deterioro estuviera a la vista… todo apuntaba a algo que le daba miedo nombrar. Pero Cassian era un aspirante. Quería el trono. Y ella era la herramienta que podía ayudarlo a conseguirlo.
—Me necesitas funcional —dijo—. Eso es todo lo que es esto.
Algo centelleó en su rostro.
—¿Eso es lo que crees?
—Creo que te has pasado la vida entera aprendiendo a decir lo que la gente necesita oír. —Su voz salió más dura de lo que pretendía—. Creo que se te da muy bien.
—Elara. —Dijo su nombre como si le costara algo—. He mentido a príncipes. He mentido a sacerdotes. Me he plantado ante los fragmentos que quedan del séquito divino y les he dicho exactamente lo que querían creer.
Sus manos se deslizaron hacia abajo para apresar las de ella, alzándolas entre ambos.
—No te estoy mintiendo.
Sus manos se veían mal en las de él. Demasiado delgadas. Demasiado envejecidas. Los nudillos hinchados por el daño interno que se había infligido en su último préstamo. Tres meses atrás tenía veintisiete años. No sabía qué cifra asignarse ahora.
—Tu búsqueda —dijo—. El trono. Todo por lo que has trabajado…
—No significa nada si tú no estás ahí para verlo. —Su voz se quebró en la última palabra.
Ella lo miró fijamente. Él nunca se había quebrado. Ni una sola vez en todos los meses que lo conocía. Cassian era control y cálculo, palabras suaves y salidas aún más suaves. No se quebraba.
—No te estoy mintiendo —repitió él—. Pero no sé de qué otra forma decirlo. No sé qué palabras te convencerían. —Su pulgar recorrió las líneas de la palma de ella, las que antes no habían estado allí—. No eres una herramienta. No eres un medio para un fin. Tú eres…
Se detuvo. Ella esperó.
—Eres la única persona en esta ciudad que sabe lo que soy —dijo por fin—. Y sigues aquí. ¿De verdad crees que eso no significa nada para mí?
El eco temporal se había desvanecido por completo ya. Ella podía oír los gritos de la plaza, el caos de la gente intentando entender qué había pasado. Pero allí, en aquel umbral estrecho, con las manos de Cassian rodeando las suyas y su abrigo bloqueando el frío, sintió algo que no había sentido en meses. A salvo. Elegida. Como si perteneciera a algo más grande que su propia supervivencia.
—Me estoy muriendo —dijo ella—. Lo sabes. Cada vez que tomo prestado, envejezco. Lo que debo está por vencerse, y no me quedan suficientes años para pagarlo.
Él apretó el agarre.
—Entonces encontramos otra manera.
—Puede que no haya otra manera.
—Siempre hay otra manera. —Su certeza era absoluta—. No me pasé años luchando por un trono que mata a cualquiera que se sienta en él solo para perderte por culpa de un libro de cuentas que puede saldarse en otras monedas.
Ella parpadeó.
—¿Qué?
Pero él ya negaba con la cabeza.
—Luego. Cuando estés más fuerte. Cuando el eco haya pasado del todo. —Le alzó una de las manos hasta la boca y le presionó los labios contra los nudillos. El gesto era anticuado, cortesano, completamente fuera de lugar frente al caos que acababa de estallar a su alrededor—. Ahora mismo necesito que confíes en mí. ¿Puedes hacerlo?
Ella no lo sabía. Quería. Y ese querer la aterrorizaba casi tanto como el eco.
—Lo intentaré —dijo.
Su sonrisa fue pequeña, cansada, real.
—Eso basta por ahora.
Se quedaron en el umbral hasta que los gritos de la plaza empezaron a apagarse. Elara observó cómo las últimas trazas del eco temporal se disolvían en la nada. Los futuros fantasmales que había robado parpadearon una vez, dos, y luego se fueron, dejando atrás solo el momento presente, nítido y frío y completamente ordinario.
El mercado era un desastre. Carros volcados. Puestos derrumbados. Gente sentada sobre los adoquines, mirando a la nada, intentando procesar lo que habían presenciado. Podía ver el miedo en sus caras, la confusión. No entendían lo que había ocurrido. Pero lo recordarían. The Archivist que lo había provocado. La mujer que había sangrado tiempo en sus calles.
—Tenemos que movernos —dijo Cassian en voz baja—. Antes de que a alguien se le ocurra hacer preguntas que no podemos responder.
Tenía razón. Ella sabía que tenía razón. Pero no conseguía que las piernas le obedecieran.
—Dame un momento.
—No tienes momentos. —Su voz era suave, pero firme—. El libro de cuentas sigue cobrando. Cada segundo que pasas aquí es un segundo que estás tomando prestado de otra parte.
Ella lo miró con brusquedad.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque te he estado observando. —Sostuvo su mirada sin pestañear—. Porque he visto lo que te cuesta. Porque cada vez que usas esa habilidad, puedo ver cómo se te desprenden los años. —Se le tensó la mandíbula—. He estado tratando de encontrar la manera de decirte que me doy cuenta. Que importa. Que tú importas.
Se le cerró la garganta.
—Vamos. —La incorporó, sujetándola cuando ella se tambaleó—. Tenemos que llegar al Prime Vellum antes de que la coalición cierre el distrito de archivos. ¿Puedes caminar?
Podía caminar. Tenía que caminar. La alternativa era quedarse sentada allí mientras el libro mayor cobraba el resto de lo que debía, pedazo a pedazo, hasta que no quedara nada.
—Puedo caminar.
Él le mantuvo el brazo alrededor mientras atravesaban la plaza. La poca gente que quedaba les dejó un amplio espacio, con los ojos demasiado enterados. Habían visto lo que ella era. Habían visto los futuros fantasmales sangrando en su presente, el daño temporal que había causado. Lo que debía ya no era privado. Estaba escrito en el miedo de sus rostros, en la destrucción del mercado, en las canas que le surcaban el cabello y en las líneas que le tallaban la cara.
Había pensado que podría ocultarlo. Había pensado que podría manejarlo, controlarlo, pagarlo en pequeños plazos que nadie notaría. Se había equivocado. El Distrito Ámbar había pagado hoy los intereses. Pero el principal seguía pendiente. Y Elara no tenía ni idea de cuántos años le quedaban para pagarlo.
Las calles se estrecharon conforme se alejaban de la plaza. Cassian la mantuvo cerca, el brazo como un peso firme alrededor de su cintura. Ella podía sentir la tensión en su cuerpo, la disponibilidad enroscada de un hombre que espera un ataque. El ultimátum de la coalición pendía sobre ellos como una cuchilla. Tres días para renunciar a su reclamación o enfrentarse a sus fuerzas combinadas. Tres días para hallar una prueba en el Prime Vellum de que el trono consumía a todos los que se sentaban en él. Tres días para resquebrajar la alianza antes de que los destruyera.
—¿Lo recordarán? —preguntó ella—. La gente de la plaza. ¿Recordarán lo que vieron?
—Partes. —Cassian la guio alrededor de un carro roto—. Los ecos temporales dejan rastros, pero a la mente le cuesta aferrarse a ellos. Recordarán el miedo. El caos. Quizá recuerden que tú estabas en el centro.
—Pero no los detalles.
—No con claridad. —Bajó la mirada hacia ella—. Serás la mujer que provocó el disturbio. Los pormenores se difuminarán.
Un consuelo pequeño. La conocerían como peligrosa en cualquier caso.
Doblaron una esquina y el distrito de archivos se alzó ante ellos, con sus torres recortadas contra el cielo de la mañana. El Prime Vellum estaba alojado en la aguja central, tras resguardos que ni siquiera los reclamantes podían traspasar sin invitación. Pero Elara no era una reclamante. Era una archivista. Y las archivistas tenían sus propias maneras de entrar.
—Habrá guardias —dijo Cassian—. La coalición habrá apostado vigilantes.
—Lo sé.
—¿Puedes tomar prestado? ¿Si necesitamos pasar sin que nos vean?
La pregunta quedó suspendida entre ambos. Ella sintió el peso de la misma, sus implicaciones. Él le estaba pidiendo que asumiera más. Que se envejeciera todavía más. Que pagara su paso con trozos de su propio futuro.
—Puedo —dijo ella—. Pero no sé cuánto queda por tomar.
Su brazo se tensó alrededor de ella.
—Entonces encontraremos otra manera.
—Puede que no haya otra manera.
—Siempre hay otra manera —repitió, y ella oyó el eco de sus palabras anteriores—. Solo tenemos que encontrarla.
Quiso discutir. Quiso señalar que su optimismo era un lujo que ella no podía permitirse, que cada préstamo la empujaba más cerca del borde, que el eco en la plaza había sido una advertencia que no podía ignorar. Pero él la miraba como si valiera la pena salvarla. Como si sus años importaran más que su trono. Y estaba tan cansada de cargar con esto sola.
—Vamos —dijo.
Avanzaron juntos hacia el archivo, con el peso de lo que no dijeron apretando contra ellos como una tercera presencia. Detrás, el Distrito Ámbar fue recomponiéndose despacio. Los carros que habían quedado destrozados. Los puestos que se habían derrumbado. La gente a la que había atrapado el fuego cruzado temporal. Pero algunas cosas no podían recomponerse. Elara sintió cómo lo que debía se le asentaba en los huesos, pesado y paciente. Esperaría. Cobraría. Y cuando llegara el vencimiento, ella pagaría. Fuera cual fuese el precio.